Narrar la vida en la España europea
Víctor Corcoba Herrero
Se han perdido tantas
ilusiones, por más paraísos que nos vendan, que echamos humo por la boca.
La quema del ser humano se percibe en doquier atmósfera, a poco que nos
pongamos a vernos los unos con los otros. Los que trabajan tienen el
síndrome del estrés o del desgaste profesional. Los que no lo hacen tienen
el del aburrimiento. La tendencia al abatimiento depresivo está a la orden
del día. El uso de un lenguaje deshumanizado, cínico o sarcástico, nos
deja sin poesía que nos aliente (y alimente), que es como decir sin aire
para la vida.
Contaminada la atmósfera de
tantas viles irritantes, cuesta vivir a corazón abierto. Aparecen las
palpitaciones -y no son por el efecto del afecto al amor-, las
hipertensiones de tanto tensar ceños y cosechar cismas, las crisis
asmáticas por emborracharse de angustias, los dolores del alma, las
cefaleas y demás aditamentos de no pegar ojo. La quema nos afecta a toda
pastilla, por más pastillas que nos bebamos para apagar el fuego del que
somos portadores (y sufridores). Los cuerpos se ponen a prueba. Unos se
quedan como fideos, otros como botijos. Los corazones se paran en seco. El
frenazo nos irrita hasta el duodeno.
En vista de lo visto,
reivindico el derecho a ser yo, aunque me equivoque. La literatura puede
ayudarnos a ver la vida con distintos ojos, porque como ha escrito el
flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2004, Claudio Magris,
las letras nos narran, sin predicaciones, ni sermones, realidades vivas
que nos avivan por dentro. Refrendo su deseo, aquel que “tras cada
realidad, hay otras posibilidades que hay que liberar de la cárcel de lo
existente”. Jamás hemos estado tan encarcelados como en el momento
actual. Necesitamos romper rejas sin sentir culpabilidad, liberar
potencialidades sin violar los derechos de los demás, juzgar conductas
propias, pensamientos y emociones, por nosotros mismos. Ser, sobre todo en
el ser, para ser en los demás.
El lenguaje del futuro, para
que la quema disminuya, debe fugarse de pensamientos absolutos, como el
todo y la nada, de la descalificación, de conclusiones arbitrarias, de
etiquetas preconcebidas, de razonamientos emocionales. El mundo es una
llama difícil de achicar, porque los labios del ser humano se mueven por
el aire de los desaires. La sociedad debiera no estar encerrada en sí
misma, con los brazos de la autocomplacencia, acunada por el pensamiento
único.
Mal nos irá, por mucho que
se nos llene la boca de europeos, si no aceptamos la pluralidad y la
diferencia, si la prosperidad deja de repartirse entre los necesitados,
haciéndolo con total descaro y despilfarro vividores/bebedores de
políticas que le importa un rábano que la casta de pobres exista, (las
estadísticas de Cáritas debiera ponernos la carne de gallina), si el
universalismo lo achicamos en provincialismo o en serenatas de
autodeterminaciones absurdas, si miramos hacia otro lado ante los
problemas del mundo. Para colmo de males, cada día somos menos fiables y
más navajeros, más manipuladores y menos sensatos. Dicho lo cual, narrar
la vida hoy, se ha convertido en una farsa sin precedentes; tan chabacana
y grotesca, que el enredo es lo más parecido a una selva.
|