Libertades perdidas
Víctor Corcoba Herrero
Los poderes se han apoderado
del corazón y nos han dejado sin alma. Cada día es más difícil llevar
consigo libertades ganadas. Pongo en duda el derecho de hacer todo lo que
las leyes permiten. Pongamos en cuestión, la falta real de acogida y ayuda
social a mujeres en dificultades por su maternidad (abortar le crea menos
problemas), los tratos inhumanos o degradantes que reciben miles de
personas a diario. Nadie es libre si no es dueño de sí mismo, si la opción
al derecho a la vida, la que uno quiera realizarse, no se protege de
corazón a corazón. Cuántas veces se nos poda el poder de decisión, obramos
de una forma contraria a la que pensamos y hacemos lo que no quisiéramos
hacer. En tantas ocasiones nos falta esa fuerza de mayoría interna y de
maduración en la verdad, que la libertad se ha convertido en una historia
de amor imposible, por más que se nos llene la boca de valores de
libertad, justicia, igualdad y aceptación de pluralidades.
También la libertad de ideas
se pone en cuarentena. La libre comunicación de pensamientos y opiniones
se censura, hasta considerarse lógico que los poderes políticos y
económicos nos muevan a su antojo. Otro de los grandes señoríos
destruidos, es la capacidad de reflexionar uno mismo, como soledad lo hace
con el silencio, tan rebuscado por los bardos. Miles de miles de veces,
más veces de las debidas, los poderes públicos se saltan a la torera
libertades ideológicas y religiosas de ciudadanos, intimidades personales
o familiares. Ahí tienen el ejemplo tan bochornoso de la libertad de
enseñanza, a disposición del político de turno. La libertad de los padres
en la educación de sus hijos es un derecho que en algunas comunidades
autónomas -sobre todo la andaluza- roza la opresión, cuando es un derecho
reconocido en las Declaraciones internacionales de los derechos humanos.
Es cierto que cualquier
ciudadano podrá recabar la tutela de las libertades anteriores -me dirá
algún lector-, tanto ante los Tribunales ordinarios, como a través del
recurso de amparo del Tribunal Constitucional. Precisamente, la memoria
del 2003 del citado Tribunal, es fedataria del notable incremento de la
demanda de justicia constitucional. A mi juicio, cuando uno acude tanto a
los jueces a pedir arbitraje o veredicto, hasta el colapso total, es que
algo no marcha bien. Cuando, además, se trata de pedir protección por la
pérdida de las garantías de libertades, debiera preocupar, aún más si
cabe, a todos aquellos grupos o asociaciones, sin distinción alguna, que
concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular. Ya me
dirán lo difícil que es rectificar entuertos en una atmósfera que todo lo
judicializa, cuando asimismo, algunos de esos colectivos, pretenden que la
justicia no sea única para toda España, mostrándose altaneros e incapaces
de consensuar postura alguna.
Uno que sueña ser un
predicador de libertades, piensa que su ejercicio no es obrar a despecho,
sino vivir según conciencia, sin tantos servilismos, ni tantas
autosuficiencias, que lo de sacar pecho como hace alguna tropa de
políticos, quita razón y desvanece independencias. Si la libertad es una
sensación que dijo Cela, tengo la impresión de estar atado y la presión de
ser abatido, por querer ser libre en una jaula enjaulada de sumisos.
¿Dónde están los poetas para romper las cadenas? Que vengan en amparo,
deseo alcanzar la libertad perdida. El recurso me niego a presentarlo, por
si cuando se resuelva, ya he muerto.
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