Intriga escolar
Mikel Agirregabiria Agirre
La misteriosa e inolvidable anécdota de un
injusto suspenso.
Las narraciones sobre
asuntos escolares suelen pertenecer a géneros literarios muy variados, que
oscilan entre la lírica, la épica, la novela, el ensayo, el periodismo o
la didáctica. Pero este relato corto puede ser la excepción, porque
combina la novela policíaca con una dramática epopeya verídica.
Aquel fue el caso más
sorprendente y extraño de mi historia docente, tanto que tardé más de dos
décadas en resolverlo. Con ayuda de algunas pistas, espero que los
lectores descubran el secreto que escondían sus protagonistas en apenas
tres minutos.
Por aquella época, yo
todavía era un desmañado profesor de veinticinco años que enseñaba
“Didáctica de la Ciencia” a futuros maestros en su último año de carrera
universitaria. Eran clases multitudinarias, con mayoría de mujeres entre
el alumnado, pero por mi parte me preocupaba de conocer los nombres de mis
más de 300 alumnos anuales. Todos muy jóvenes, con apenas veinte años
cumplidos, que estaban ansiosos por terminar sus estudios y ejercer el
magisterio en sus propias aulas.
Ella destacaba notablemente
en su grupo. Su interés, su entusiasmo, su encanto, toda ella sobresalía,
incluso en aquella dinámica clase de desbordante juventud idealista.
Durante aquella breve asignatura cuatrimestral, que concluía con su
diplomatura en junio, su belleza pareció evolucionar, serenarse y brillar
aún más con el transcurso de las semanas.
El examen final que les
impuse fue muy riguroso, porque todavía yo era un inepto profesor que
valoraba excesivamente mi materia, si bien consideraba las notas
parciales, y la actitud ante los trabajos realizados durante el curso.
Ella presentó un examen absurdo, donde las primeras preguntas estaban
excelentemente respondidas, y el resto sin cumplimentar siquiera. Un
resultado que permitía aprobar... o suspender. La convoqué para
preguntarle porqué no había terminado aquel insuficiente examen. Hube de
suspenderla, a mi pesar, porque insólitamente ella no aceptó que la
aprobase ante su precario resultado en la prueba escrita. No pude
entenderlo, pero accedí a su exigencia de reclamar el suspenso por
faltarle unas décimas a su nota promedio. Lo interpreté entonces
erróneamente, como una loable pasión por una justicia malentendida sólo
matemáticamente. En la convocatoria de septiembre aprobó con
sobresaliente. Verla nuevamente fue una delicia: toda su persona, con su
amplio vestido veraniego, despedía un halo deslumbrante de ilusión y
felicidad.
Pasaron los años. Supe que
era profesora, pero no volví a encontrarme con ella. Me trasladé a la
administración educativa y recorrí cientos de centros. Habían transcurrido
más de veinte años, cuando en una visita a una pequeña escuela la vi
nuevamente. Estaba exactamente igual de juvenil y resplandeciente. No
podía creerlo. La llamé por su nombre, pensando que el tiempo se había
detenido. Me contestó que no era ella, sino su hija. Le expliqué cuál fue
el único suspenso que no quise imponer y del que siempre me arrepentí.
Ella, con la misma dulzura de su madre, me aclaró que ella fue la causa de
aquella enigmática petición, porque su madre prefirió quedarse unos meses
más en la universidad sin volver a casa hasta su nacimiento.
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