El ideal quijotesco como identidad
Víctor Corcoba Herrero
El soñador don Quijote siempre estuvo entre nosotros, acompañado de su
práctico escudero Sancho; ambos caballeros andantes enraizados a nuestra
cultura más honda. Tanto es así, que son parte nuestra, los llevamos
consigo, como si fuesen de la familia. Todos estamos representados en sus
almas, en el pensamiento célebre que nos ha donado, para pensar profundo y
soñar alto. Bienvenidos, pues, los cultos de aniversario. Un tipo
universalista y errante como él, después de su IV Centenario de vida,
merece bautismo de recuerdos, confirmación de memorias, penitencia de
impenitente, mesa de brindis, y hasta unción devota, por saber retirarse a
tiempo de batallas inútiles, confesando al confesor: “No huye el que se
retira; por que has de saber, amigo Sancho, que me he retirado, no huido;
y en esto he imitado a muchos valientes, que se han guardado para tiempos
mejores, y de esto están las historias llenas”.
Nuestro don Quijote de la Mancha es patrimonio universal y hacienda de
valores, referente y referencia, de todo tiempo y para todas las edades;
obra emblemática de la literatura y uno de los textos más traducidos en el
mundo. A su lado, se descubre la verdad, el valor en su medida, la
esperanza trascendente, porque el hombre es el único ser que posee
historia y que la hace con sus lances y deslices. El famoso hidalgo, de
los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor,
se lanzó en busca de nuevos mundos y se armó de caballero, para digerir
todo tipo de sensaciones, tanto las mieles de las aventuras como las
hieles de las desventuras. Su vida es una creación continua y una
recreación de libertades. No se resigna a soportar una realidad negativa,
levanta vuelo a cada caída y prosigue el camino.
Hora es de decir, porque la justicia lo pide, que don Quijote no se
resigna a sufrir la historia. Se sabe llamado a realizarla, a darle vida,
injertando en ella la fuerza de su corazón, que le hace capaz de dominar
horizontes de españolidad. Esta actitud del caballero de la triste figura,
siempre activa ante la vida, demanda todo tipo de resistencias estéticas,
también la espiritual, a través de sus trascendentes mensajes éticos. Sus
movimientos fraternizan y sus corrientes, lejos de atizar desaires,
armonizan. Nadie queda excluido en la obra cervantina. Tal insigne padre
de la criatura, Cervantes, fusiona lo culto y lo popular, desde una visión
de encuentros y reencuentros, a lomos de Rocinante, siempre dispuesto a
“desfacer agravios, enderezar entuertos y proteger doncellas”.
En todos los ámbitos, suelen citarse a menudo frases lapidarias de Miguel
de Cervantes. Siempre ha estado vivo. Su ingenio educa para toda la
eternidad, y su agudeza reeduca en perpetuidad. Don Quijote es una persona
agradecida, considera que “la ingratitud es hija de la soberbia”.
La enseñanza no puede venir más a dedo para los tiempos presentes. Hacen
falta un batallón de personas honradas y rectas, capaces de reconocer
humildemente todo el patrimonio de bien que ha recibido cada cual,
poniéndolo a disposición de los demás. Ciertamente, los tiempos que
vivimos no favorecen a darse sin letra de cambio. La atmósfera del
capitalismo que nos domina, con su viento de esclavitud, es tan ancha como
la Castilla que vio el justo don Quijote. Su laberinto de injusticias ha
aportado grandes beneficios a unos y pobreza a otros. Nos ha endemoniado
el ansia del dinero cual víboras rastreras. El hombre postmoderno necesita
de un idealista para retornar a la verdad y a los valores, a la esperanza
y a la lucha por ser persona.
La
doctrina del Quijote, más que adoctrinar, adiestra para la vida. Tampoco
ha perdido actualidad su instrucción. Necesitamos luchar por ideales
quijotescos, salvar al mundo de nuestras caídas, lejos de nuestras cuitas,
transformarlo en una rueda de gozos, goces de libertades; y en un monte,
manto de bondades. Quizás precisemos también la furia del caballero,
revolverse frente a los obstáculos, aunque nos engañen las barreras y nos
desengañen los hombres. El sentimiento de rectitud de don Quijote en
defensa de los débiles y contra los poderosos, insta a un diálogo
compartido para salir adelante, respetando y valorando la pluralidad y la
diferencia de culturas, pero tendiendo siempre a unir, no a dividir; que
el dividendo de la paz, es igual al divisor del amor, por el cociente de
la entrega, sin dejar resto alguno para sí.
Donarse todo en todos, quita penas y no parte. Por ello, aunar la
dimensión cultural del evento con el desarrollo sostenible de distintas
regiones, de toda España, porque él españolizaba, es como seguir los pasos
del ingenioso trotador de espacios.
Desde luego,
todos llevamos algo de este ilustre tan querido,
dispuesto a encauzar desde la ecuanimidad el cauce de las sinrazones. Si
ayer eran molinos de viento los trepas en pie de guerra, hoy son potentes
aspas de egoísmo, imponentes torturadores e impertinentes charlatanes de
feria, los que nos acosan y acusan. Es menester, por consiguiente, que
todas las autoridades de todos los gobiernos, posean autoridad moral
creíble, que digan basta al hambre, a la guerra, a las mafias, a las
grandes corrupciones. Lo demás son pamplinas en vinagre.
Es
cierto que don Quijote camina por la piel de toro, está hecho de la misma
epidermis, pero faltaríamos a la verdad si no dijésemos que marcha más
sólo que la una. Lee mucho y anda más, muy pocos secundan sus ideales,
alzan su valor, realzan su antorcha de ideas, enaltecen su voz neutral,
tan fuerte como un rompeolas y tan amorosa como una ola. El IV Centenario
-¡albricias!- invita a acompañarle y a dejarnos acompañar.
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