Diario de un profesor: El día final
Mikel Agirregabiria Agirre
A la atención de mis queridos alumnos y
alumnas.
¡Cómo
retumba una clase vacía! No hay jornada más cruel, más destemplada. Cuando
hoy la última alumna se ha despedido, se me ha hecho un nudo en la
garganta. Ellos se van, no retornarán hasta pasados casi tres meses, o
quizás ya nunca. ¿Volverán todos? Sólo una madre o un padre podrían
comprender este sobrecogimiento, propio de cuando los hijos se van de
viaje y sientes el desgarramiento del alejamiento. ¿Cómo cambiarán y cómo
seguirán siempre siendo "ellos"?
¿Persistirán fieles a su destino? Nada causa más zozobra que esta
pregunta. Pero hay que dejarles marchar, sólo ellos pueden recorrer su
camino. En la travesía de su vida, el educador sólo es un caminante que
les acompaña durante un trayecto inicial. Ellos quizá aún no pueden
comprender la trascendencia de las decisiones que adopten, de las opciones
que elijan. Pero el docente debe dejarlos ya a su libre albedrío. Les ha
preparado, confía en ellos, sabe de su capacidad... pero le queda un
inapagable temor por su suerte.
En
este día quisiera creer en los ángeles de la guarda, para convertirme en
su ángel custodio. Escoltarles, acompañarles, servirles en la prodigiosa
odisea vital que les espera, aconsejarles en todas las encrucijadas en las
que se encontrarán. No es posible, ni oportuno, ni conveniente.
Para
darles "su vida propia", hay que cortar ese sutil cordón umbilical que te
ha enlazado sublimemente con cada uno de ellos. Cada fin de curso se
produce ese instante, al tiempo festivo para el alumnado -aunque también
con un punto de desasosiego para los más emotivos-, y para el profesorado
vocacional, un momento desolador, trágico, solemne y… esperanzador.
El día
/ Final / Ha llegado. / Ahí van. / El mundo les espera. / Ellos crecerán.
/ Moverán el universo. / Son mis alumnos. / Son mis hijos. / Viviré a
través de ellos.
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