La edad de la verdad
Mikel Agirregabiria Agirre
“Lost in translation” es toda una
prodigiosa exhibición de una relación de afecto basada en la comprensión y
el entendimiento, quizá más exactamente en una complementación
espiritual...
"Lost
in translation", otra película que nos revela el extravío de la soledad
humana creciente con la edad.
Unos,
los suizos, dicen que la edad no juega ningún papel excepto en los quesos;
otros, los franceses, que la edad es importante sólo en los caballos; y
terceros confirman que cada persona tiene la edad de su corazón (esto, en
sentido fisiológico no puede ser más cierto, excepto en los
trasplantados). Pero no olvidemos que Marcel Prevost decretó que "Nuestro
corazón tiene la edad de aquello que ama".
Para
los que hemos llegado a esa madurez en la que uno ya no se deja engañar
por sí mismo, esa edad en que todavía se es joven pero con mucho más
esfuerzo, hay relatos muy deprimentes, justamente por lo verosímiles y
descriptivos que se demuestran. Existen dos películas referenciales al
respecto, una de culto como "American Beauty" de 1999, y otra actualmente
en cartelera como "Lost in translation" de 2003.
Resulta muy recomendable para cualquier humano dotado de un ápice de
ternura, y especialmente para cuarentones en adelante, sentirse retratados
en "Lost in translation". La directora Sofia Coppola nos narra con
silencios hondos y miradas cómplices, como quizá sólo sabe hacerlo una
mujer que además es hija de Francis Ford Coppola, una historia de dos
seres perdidos en un mundo extraño.
Quizá
nuestra vida cotidiana no nos lleve al ininteligible Tokio, ni a movernos
en escenarios de millonarios hastiados de recibir regalos, pero muchos
sentimos en lo más hondo -ocasional o frecuentemente- que no comprendemos
nada de lo que sucede a nuestro alrededor, como si nos hablasen en japonés
unos personajes exóticos que deambulan frenéticamente por nuestras vidas.
En esas ocasiones, sólo cabe la huida... Pero no existe más evasión que la
fuga hacia otro ser humano…
Y
entonces es cuando el contraste entre la edad de la beldad y la edad de la
verdad resulta cruel y despiadado, si uno no puede creerse que en la edad
resida el misterio. La belleza insolente por su frescura y naturalidad de
Scarlett Johansson, remarca el patético descubrimiento de la vacuidad
vital del triunfador caduco encarnado por Bill Murray. Pero algo les une
(¿la orfandad de la humanidad, la hermandad en la infelicidad?) y les
alivia en una suerte de romance espiritual: la intimidad inocente entre
dos supervivientes que se aferran al mismo salvavidas de una fugaz amistad
imperecedera.
El
producto es toda una prodigiosa exhibición de una relación de afecto
basada en la comprensión y el entendimiento, quizá más exactamente en una
complementación espiritual, inverosímil pero sugestiva. No es una película
de acción, sino una obra maestra que se infiltra en el espectador con su
lánguido devenir de guión intimista, describiendo ese sentimiento
universal de la soledad, la decadencia y el paso del tiempo, de los que ni
la todopoderosa riqueza exime.
La
película parece defraudar durante su transcurso por la lentitud de la
historia con un final esperable como la vida misma, pero al encenderse las
luces y despertarnos a la realidad, algo profundo nos ha conmovido el alma
con dos conclusiones obvias: "La edad no protege del amor. Es el amor
quien nos protege de la edad".
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