Matrimonio: unión de hombre y mujer
José Ingnacio Munilla
¿Vamos a aceptar sin más debate que las
uniones homosexuales hayan de ser equiparadas al matrimonio? En mi
opinión, sería grave que ocurriese.
No
sabemos por qué será, pero es un hecho que un determinado tipo de noticias
corren mucho más que sus contrarias. Por ejemplo, todos nos enteramos de
que Massachusetts había sido el primer estado de USA en legalizar el
matrimonio de homosexuales. Será bastante más difícil que llegue a
nuestros oídos la aprobación en Australia de una nueva Ley de Matrimonio,
en el que éste es definido como la unión entre el hombre y la mujer.
El
anuncio de la nueva ley ha sido hecho por el primer ministro y líder
liberal, John Howard, que gobierna en coalición con el Partido Nacional.
Lo mejor del caso es que quien forma la oposición, el Partido Laborista,
ha mostrado también su acuerdo con esta decisión. El gobierno ha anunciado
además una segunda reforma para prohibir que las parejas homosexuales
adopten niños en el extranjero.
¿Es
Australia un país de costumbres puritanas? Nada más lejos de la realidad.
Baste recordar que Sydney pasa por ser la ciudad del mundo con mayor
número de homosexuales, después de San Francisco. La razón de un estilo
tan diferente de plantear la política familiar hemos de buscarla
simplemente en la mayor racionalidad en el ejercicio de la política.
En
España, por el contrario, todo parece indicar que veremos aprobada en la
presente legislatura la reforma anunciada por el ministro de justicia,
Juan Fernando López, en el sentido de modificar la legislación civil
introduciendo el matrimonio homosexual. Y entre nosotros, nadie parece
atreverse a moverse de la foto para decir lo obvio: Si todo es equiparable
al matrimonio, entonces, en realidad, el matrimonio se reduce a la nada.
"Distinguir" no es lo mismo que "discriminar". Lo lógico es dar un trato
distinto a las cosas que son diferentes.
Tenemos que convencernos, de una vez por todas, de que la defensa de los
derechos de las minorías no tiene por qué conducirnos al olvido de los
"principios". El "matrimonio homosexual" es una pretensión injustificable.
Si perdemos de vista que el matrimonio es la unión del hombre y la mujer,
reconocida y tutelada por el estado por ser el vínculo desde el que se
regenera la sociedad, caeremos inevitablemente en numerosas aberraciones y
agravios comparativos. Puestos a ser innovadores, no se entiende por qué
no se han de admitir bajo la misma figura jurídica de "familia" otro tipo
de convivencias sin relación sexual. ¿A qué soltero no le gustaría que su
convivencia con un hermano o un amigo tuviese las mismas ventajas fiscales
y económicas que las de un matrimonio?
Pero
es que la finalidad del matrimonio no puede ser una mera protección
jurídica de unas relaciones sexuales, como en la práctica pretenden los
colectivos gays; sino que lo que tutela el matrimonio es un estilo de vida
en el que el amor que se expresa en la entrega sexual es fuente del
recambio generacional y motor de la educación de los hijos. De ahí que, si
dos homosexuales quieren proteger su relación en un marco legal, la
equiparación con el matrimonio no es el camino correcto. Para ello se
puede recurrir a otras vías, y siempre con el cuidado debido de no crear
agravios comparativos con otros sectores de la sociedad que tienen los
mismos derechos que los homosexuales.
Demostrando un sentido común muy superior al nuestro, el Gobierno
Australiano ha presentado un tercer proyecto de ley por el que se autoriza
que cualquier persona pueda acceder a la pensión de aquella otra de la que
dependa económicamente, aunque no sea su cónyuge. De este modo la
trasmisión de ciertos derechos económicos se aplicaría también a las
parejas homosexuales; pero no sólo a ellos, sino a otro tipo de
convivencias: amigos, hermanos, etc... Bien es cierto que el sistema
social australiano está basado principalmente en la contratación de fondos
privados de pensiones, por ello cabe una reforma de este estilo, sin que
suponga quiebra para nadie. Difícilmente resistiría nuestro fondo público
de pensiones una reforma de este calibre. Ahora bien, en estricta
justicia, cabe exigir que nos incluyan a todos en las ventajas económicas
que reivindican para sí los colectivos gays, o que nos quedemos como
estamos.
Y no
quisiera ni mucho menos dar la impresión de que estamos ante un mero
problema económico. Muy al contrario, la aprobación de esa reforma del
Código Civil supondría una profunda crisis de nuestros principios. Si
olvidamos algo tan obvio como que el matrimonio es la unión del hombre y
la mujer, corremos el peligro de dilapidar un tesoro moral que el corpus
jurídico legal ha tutelado durante siglos. El progresismo reinante esconde
bajo su disfraz de liberalismo una profunda crisis de pensamiento. De
hecho, el discernimiento sobre el bien común está siendo sustituido por el
puro practicismo. Acaso, el redescubrimiento de las raíces cristianas de
nuestra cultura tiene más importancia de lo que algún teólogo se cree;
especialmente cuando asistimos a un progresivo oscurecimiento de los
fundamentos básicos de nuestra sociedad. Y añádase a esta crisis, la falta
de libertad para expresar lo que pensamos, por influjo de la dictadura que
ejerce lo políticamente correcto. ¿Vamos a aceptar sin más debate que las
uniones homosexuales hayan de ser equiparadas al matrimonio? En mi
opinión, sería grave que ocurriese; pero más grave todavía sería que
tuviese lugar sin un fuerte debate social. Sería signo de un encefalograma
plano.
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