Ganar medallas
Walter Turnbull
Nos preocupamos mucho por no ganar
medallas, que se han convertido en símbolo del prestigio del país.
Hace unas semanas pasó
por México como mensajera de paz la antorcha olímpica que ha de dar la
vuelta al mundo antes de llegar a Atenas. Es emocionante. Y más si
añadimos el hermoso testimonio de Sandra Jiménez, ejemplar muchacha que
mereció la oportunidad de llevar la antorcha un tramo del recorrido ...por
un mundo mejor, por un mundo sin guerras, sin violencia (...) representar
los valores olímpicos: el juego limpio, la amistad, la unión (...) un gran
mensaje de paz y armonía en el mundo... en palabras de ella misma.
Según nos han contado, los
juegos eran una celebración, una convivencia, una fiesta, y las guerras se
interrumpían para que los juegos se pudieran llevar a cabo. Ese hermoso
sentido se ha conservado hasta nuestros días y hasta se ha exaltado como
una reacción ante este mundo violento y conflictivo. Los juegos han de ser
una convivencia entre atletas de diferentes países y culturas, como un
bello simulacro de la deseada convivencia entre países y culturas.
Llegado el momento, los
atletas se lanzan al campo. Ahí culminan años de entrenamiento, de
disciplina, de sacrificio, toda una vida invertida en la persecución de
ese glorioso momento: ver aparecer la mejor calificación, escuchar el
aplauso, subir al podio, ver ondear la bandera del país y escuchar el
himno nacional. Todo un acervo de facultades, esfuerzo y técnica; el éxito
de toda una vida pendiente de un momento de suerte, del biorritmo, de un
paso 5 centímetros más largo de la cuenta, de un instante de
desequilibrio, de un juez localista, de una lesión... La apoteosis y la
tragedia también conviven y se alternan.
Y los mexicanos rompemos en
lamentaciones: “Doscientos atletas en la olimpiada y sólo dos medallas.
Los gringos se llevan una medalla por cada 5 atletas, nosotros nos
llevamos una por cada 100. Cada medalla nos cuesta tantos y cuantos miles
de dólares. Es que la grilla dentro del comité, es que la mentalidad del
mexicano, es que la mala alimentación, es que los métodos arcaicos de
entrenamiento, es que la falta de presupuesto... Tenemos que hacer algo
por el deporte nacional, para que México obtenga más medallas.
A cambio de algunos en los
que teníamos puestas nuestras esperanzas y que lamentablemente sufrieron
algún percance, Soraya Jiménez inesperadamente alcanza una medalla de oro.
¡Viva México! Al menos no nos fuimos en cero. “Ha sido el momento más
feliz de mi vida, representar a mi país y poner por alto su nombre”. Y el
honor de la comitiva mexicana pende de la medalla de la pesista o del
clavadista o del marchista, y el honor de México también. El atleta se
juega la vida y el país se cuelga las medallas.
Como si el que un atleta
gane medallas hiciera algo por la sociedad. Como si el hambre, la
injusticia o la deuda externa se redujeran por tener más medallas de oro.
Como si, por tener más medallas de oro, todos los mexicanos tuviéramos más
áreas verdes, más campos deportivos, más tiempo para la sana recreación,
mejor acceso a la salud.
Y es que las medallas se han
convertido en armas de la guerra ideológica. Si gano más medallas
significa que mi sistema es más bueno, que mi gobierno funciona mejor. Y
las grandes tiranías se enfrascan en la conquista de medallas como si en
eso les fuera la vida. Y la lista de países con más medallas se parece
mucho a la lista de países con más violaciones a los derechos humanos.
Estados Unidos no es una excepción, más bien es un estilo diferente. Los
atletas se convierten en soldados y los juegos en batallas.
Fea cosa es que nuestro país
gane menos medallas de las que podría si no fuera por la corrupción, el
desorden, el favoritismo... pero más feo es que nos preocupemos tanto por
una banalidad como son las medallas, en una guerra para la que no tenemos
armas.
El deporte mexicano tendrá
éxito cuando todos los mexicanos puedan aspirar a practicar algún deporte;
por la salud, por la convivencia, por la recreación, por fomentar el
espíritu del juego limpio y el esfuerzo.
Los juegos olímpicos serán
un éxito cuando dejen de ser guerras ideológicas y vuelvan a ser motivo de
celebración, de unidad, de amistad, de convivencia; cuando, otra vez, las
guerras se suspendan para asistir a los juegos; cuando vuelvan a ser, como
dice Sandra Jiménez, un gran mensaje de paz y de armonía en el mundo.
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