Querido Papa

Jaime Septién

Gracias por tu testimonio, por tus palabras, por tu presencia. Como siempre, gracias por recordarnos, con Santo Juan Diego, indígena y laico, que el llamado a la santidad es universal. 

 Quiero ser la voz de muchos mexicanos: ¡gracias! Gracias por tu testimonio, por tus palabras, por tu presencia. Como siempre, gracias por recordarnos, con Santo Juan Diego, indígena y laico, que el llamado a la santidad es universal. Cuando nos has invitado a ser como Juan Diego, nos has invitado a vivir la opción radical y misionera de Cristo: negarnos a nosotros mismos, tomar la Cruz, seguir su huella. ¡Qué falta nos hace a los mexicanos reconocernos en nuestra identidad humilde, conciliadora, civilizadora y amorosa! ¡Nuestra identidad católica!
¿Te habrán escuchado los líderes políticos? ¿Habremos escuchado todos la belleza que resuena en las palabras dichas en la lectura del Evangelio de la canonización de Juan Dieguito: que Dios revela la Verdad a los que se hacen como niños, a los humildes de corazón? La fuerza de tu magisterio, basada en la entrega absoluta al Evangelio: tu fuerza misionera, ¿cabe en nuestra agenda personal, social, política, familiar? Nada más alejado. Trabajamos por nosotros, para nosotros, en función de nosotros. Hacer comunidad se nos da muy poco. No confiamos en nuestra identidad indígena y católica. Hemos visto nuestra fuerza como una debilidad. ¿Cuándo nos vamos a parecer a Juan Diego?
Tú, Juan Pablo ll, dignísimo sucesor de Pedro, nos enseñas que sólo Dios es poderoso; que a Él sólo los humildes dan gloria. Y que de los humildes es la paz, el perdón y la fidelidad al mensaje de Cristo. México está en camino -apenas en camino- de levantar cabeza. La herencia que ha dejado en nosotros un ominoso pasado político de negación de los valores de nuestra cultura, nos deja ver muy borrosamente la grandeza de nuestros orígenes indígenas (10 millones); la fortaleza de nuestros pobres (50 millones, de los que 10 millones son indígenas) y la fecundidad del cristianismo. Cuando queremos rebajar a alguien le decimos “¡eres un indio!”; “¡eres un muerto de hambre!” o “¡eres un mocho!”. Ahora tú, queridísmo Papa, nos llamas a recuperar -desde Juan Diego- nuestra cuna, y proyectarla a manera de esperanza hacia el futuro. Es el gran desafío. Pero no es el imposible desafío. En este momento decisivo de la historia de México, cuando un santo eleva a otro santo a los altares, nuestra fidelidad a Cristo a través de María de Guadalupe, nos va a salvar, nos va a dar la luz de la gente, que es Cristo.
¡Gracias, santidad, por recordarle a México que Dios nos ama! ¡Gracias por recordarnos que “no hizo nada igual por otras naciones”!

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