Gracias por tu testimonio, por tus palabras, por tu presencia. Como
siempre, gracias por recordarnos, con Santo Juan Diego, indígena y laico,
que el llamado a la santidad es universal.
Quiero ser la voz de muchos mexicanos: ¡gracias! Gracias por
tu testimonio, por tus palabras, por tu presencia. Como siempre,
gracias por recordarnos, con Santo Juan Diego, indígena y laico, que
el llamado a la santidad es universal. Cuando nos has invitado a ser
como Juan Diego, nos has invitado a vivir la opción radical y
misionera de Cristo: negarnos a nosotros mismos, tomar la Cruz, seguir
su huella. ¡Qué falta nos hace a los mexicanos reconocernos en
nuestra identidad humilde, conciliadora, civilizadora y amorosa!
¡Nuestra identidad católica!
¿Te habrán escuchado los líderes políticos? ¿Habremos escuchado
todos la belleza que resuena en las palabras dichas en la lectura del
Evangelio de la canonización de Juan Dieguito: que Dios revela la
Verdad a los que se hacen como niños, a los humildes de corazón? La
fuerza de tu magisterio, basada en la entrega absoluta al Evangelio:
tu fuerza misionera, ¿cabe en nuestra agenda personal, social,
política, familiar? Nada más alejado. Trabajamos por nosotros, para
nosotros, en función de nosotros. Hacer comunidad se nos da muy poco.
No confiamos en nuestra identidad indígena y católica. Hemos visto
nuestra fuerza como una debilidad. ¿Cuándo nos vamos a parecer a
Juan Diego?
Tú, Juan Pablo ll, dignísimo sucesor de Pedro, nos enseñas que
sólo Dios es poderoso; que a Él sólo los humildes dan gloria. Y que
de los humildes es la paz, el perdón y la fidelidad al mensaje de
Cristo. México está en camino -apenas en camino- de levantar cabeza.
La herencia que ha dejado en nosotros un ominoso pasado político de
negación de los valores de nuestra cultura, nos deja ver muy
borrosamente la grandeza de nuestros orígenes indígenas (10
millones); la fortaleza de nuestros pobres (50 millones, de los que 10
millones son indígenas) y la fecundidad del cristianismo. Cuando
queremos rebajar a alguien le decimos “¡eres un indio!”; “¡eres
un muerto de hambre!” o “¡eres un mocho!”. Ahora tú,
queridísmo Papa, nos llamas a recuperar -desde Juan Diego- nuestra
cuna, y proyectarla a manera de esperanza hacia el futuro. Es el gran
desafío. Pero no es el imposible desafío. En este momento decisivo
de la historia de México, cuando un santo eleva a otro santo a los
altares, nuestra fidelidad a Cristo a través de María de Guadalupe,
nos va a salvar, nos va a dar la luz de la gente, que es Cristo.
¡Gracias, santidad, por recordarle a México que Dios nos ama!
¡Gracias por recordarnos que “no hizo nada igual por otras naciones”!