Mientras que en nuestra cultura del bienestar, la jubilación se añora
como una dispensa de nuestra propia entrega y sacrificio; el testimonio del
Papa nos recuerda a todos, que la vida es un proyecto apasionante que ha de
ser vivido en intensidad, de principio a fin.
Juan Pablo II ha afrontado en este viaje una especie de
"test" sobre su capacidad para llevar adelante las tareas
inherentes al papado. Era inevitable que la atención mediática se
centrase en su salud, tras los rumores que surgieron con motivo de
su anterior viaje a Azerbaiyán y Bulgaria.
La acogida entusiasta que el Papa ha recibo tanto por los jóvenes
en Toronto, como por los devotos del indio Juan Diego en Guadalupe o
de Pedro Betancur en Guatemala; parece ser la mejor respuesta a las
dudas planteadas sobre el sentido y la conveniencia de prolongar su
pontificado, a pesar del deterioro físico que arrastra.
Si queremos entender algo de esta cuestión, no podemos perder de
vista que la función encomendada por Jesucristo al sucesor de
Pedro, no es otra que la de "confirmarnos en la fe", tal y
como se narra en el evangelio de S.Juan 21,15. Eso es lo
fundamental, y no cabe pensar que esa tarea haya de ser ejercida, en
todo momento y circunstancia, al mismo ritmo imprimido hace 24 años
por el todavía joven Karol Wojtyla. En mi opinión, la decrepitud
propia de la vejez y la tarea del sucesor de Pedro, no son en
absoluto incompatibles. Merece la pena que nos detengamos a
examinarlo:
a) Tarea de gobierno: A buen seguro que muchos habremos pensado
que la vejez del Papa conlleva el peligro de un "vacío de
autoridad"; por la misma regla de tres por la que la ausencia
de la figura del padre no suele ser compensada, sin más, por la del
abuelo. Sin embargo, no cabe aplicar a la Iglesia esta metáfora de
la vida familiar, ya que la autoridad del obispo de Roma está
compartida con los demás obispos, y en el seno de la Iglesia se
aplica más que en ninguna otra institución el principio de
subsidiariedad. La imagen de un papa anciano no evoca precisamente
la alegoría del pequeño hogar en el que se vive la angustia de la
inminente orfandad; sino la del clan familiar en el que se coordina
y complementa la energía y el vigor de los padres más jóvenes con
el peso moral del anciano padre.
En definitiva, hay distintas formas de ejercer la autoridad; pero
sin duda alguna la más eficaz es la que se basa y se funde con la
autoridad moral. Afortunadamente, de esto último, anda muy sobrado
Juan Pablo II al final de su pontificado.
b) La tarea magisterial: No parece que en este momento el Papa
fuese capaz de publicar encíclicas y documentos magisteriales al
ritmo que lo ha hecho hasta ahora (baste recordar el inmenso trabajo
que supuso la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica).
Pero, ¿es acaso necesario? La riqueza de este pontificado en las
enseñanzas sobre fe y moral, llegándose a recopilar un cuerpo
magisterial sin precedentes, bien aconseja un "tiempo
muerto" para una lectura y estudio más detenido de todo lo
ofrecido hasta ahora. Posiblemente, el principal problema ante el
que se enfrenta la Iglesia no es el rechazo, sino más bien el
desconocimiento de los principios de fe y moral en su profundidad.
c) El testimonio personal: Todos recordamos todavía cómo hace
pocos años se escuchaba con frecuencia el famoso tópico de
"¡cómo vive el Papa!". Sin embargo, en la medida en que
se deterioraba la salud de Juan Pablo II, dejaron de oírse ese tipo
de comentarios. Y, finalmente, esa circunstancia, ha hecho caer en
cuenta a los ojos de muchos, que su papado había sido desde el
principio una inmolación de toda su persona. Por ello, y si tenemos
en cuenta que "las palabras convencen, pero el testimonio
arrastra"; quizás sea este momento de desgaste físico, el
"zenit" del ejercicio de su ministerio pastoral.
Mientras que en nuestra cultura del bienestar, la jubilación se
añora como una dispensa de nuestra propia entrega y sacrificio; el
testimonio del Papa nos recuerda a todos, que la vida es un proyecto
apasionante que ha de ser vivido en intensidad, de principio a fin.
Una cosa es que nos jubilemos de un oficio, pero otra muy distinta
es que dimitamos de aquello a lo que hemos sido vocacionados por
Dios en la vida. El Papa nos confirma en la fe en este momento,
testimoniando ante el mundo entero cómo se entrega la propia vida;
o, dicho de un modo más teológico: su figura doliente no es sino
un recuerdo de que Cristo no bajó de la cruz en el momento de la
prueba.