Santo Tomás, la política y el Bien Común

Roberto Fernández Iglesias - Periódico HOY, Quito, Ecuador

La política es parte esencial de la condición humana y desde Aristóteles el ser humano ha sido definido como ‘animal político’.

La política es parte esencial de la condición humana y desde Aristóteles el ser humano ha sido definido como ‘animal político’. De ahí la intocable dignidad de esta dimensión humana.
Para esta escuela filosófica, el cuidado primero tiene que ser bueno y alcanza su perfección personal mediante la ética que le permite al individuo dominar sus pasiones y ser señor de sí mismo. Después está la economía, que es el arte de gobernar la casa, o sea conseguir el bienestar de la familia. Y finalmente está la política, que gobierna la ciudad guiándola hacia el bien común. En el sistema aristotélico estos tres niveles están bien concatenados y no se pueden obviar. Solo el que ha sabido gobernarse a sí mismo podrá crear una familia. Y solo el que haya administrado bien su casa podrá gobernar las cosas públicas.
De manera que la política viene a ser la ambición de los mejores, de aquellos que han comprendido el bien común es más que el bien personal o familiar, y que servir a la sociedad es algo muy diferente que servirse de la sociedad.
Este orden tan racional fue asumido en la Edad Media por Santo Tomás de Aquino, quien interpretó siempre el poder político como un instrumento al servicio del bien común; y al distinguir el orden natural del orden sobrenatural superó el césaropapismo agustiniano dando equilibrio y autonomía a las realidades terrenas y articulándolas justamente con las promesas celestiales. Doctrina que tendrá influjo de largo aliento y que, remozada por Francisco de Vitoria en el siglo XVI, iluminó a los juristas españoles. Ginés de Sepúlveda y su Democrates alter, que acusaban a los indios de ‘esclavos por naturaleza’ serán barridos por un Bartolomé de Las Casas que argumentó con la pasión del Evangelio en su apologética Historia de Indias que “los indios son libres y señores de sus reinos porque, mucho antes de que llegaran los españoles, habían dado prueba de saberse gobernar a sí mismos, a sus casas y a sus ciudades”.
Toda esta preciosa arquitectura del poder al servicio del bien común vino a soslayarse en el Renacimiento con una obra que servirá de programa a muchos gobernantes: El príncipe, de Nicolás de Maquiavelo. Aquí ya no se habla del arte de gobernar sino del arte de mantenerse en el poder, sin importar la moralidad de los medios. Desde entonces padecemos ese malentendido de la política actual, el poder por el poder con la consiguiente desintegración de la sociedad actual. No me refiero sólo a nuestro país, sino también a la realidad mundial.
Pero a la Política se la ha llamado también ‘el arte de lo posible’. Me gusta la expresión de un estudio nacional que le llama “el arte de hacer posible lo deseable” y que encuentra falta de ética y de estética a la política actual. Pues lo deseable en estos momentos para todos es volver a la política del bien común y al propósito de que en nuestra nación tan querida el poder pueda restituir su credibilidad con personas capaces de rectitud.
 
Publicado en “HOY”, domingo 21 de julio de 2002, Quito Ecuador

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