La política es parte esencial de la condición humana y desde
Aristóteles el ser humano ha sido definido como ‘animal político’.
La política es parte esencial de la condición humana y desde
Aristóteles el ser humano ha sido definido como ‘animal político’.
De ahí la intocable dignidad de esta dimensión humana.
Para esta escuela filosófica, el cuidado primero tiene que ser
bueno y alcanza su perfección personal mediante la ética que le
permite al individuo dominar sus pasiones y ser señor de sí mismo.
Después está la economía, que es el arte de gobernar la casa, o
sea conseguir el bienestar de la familia. Y finalmente está la
política, que gobierna la ciudad guiándola hacia el bien común.
En el sistema aristotélico estos tres niveles están bien
concatenados y no se pueden obviar. Solo el que ha sabido gobernarse
a sí mismo podrá crear una familia. Y solo el que haya
administrado bien su casa podrá gobernar las cosas públicas.
De manera que la política viene a ser la ambición de los
mejores, de aquellos que han comprendido el bien común es más que
el bien personal o familiar, y que servir a la sociedad es algo muy
diferente que servirse de la sociedad.
Este orden tan racional fue asumido en la Edad Media por Santo
Tomás de Aquino, quien interpretó siempre el poder político como
un instrumento al servicio del bien común; y al distinguir el orden
natural del orden sobrenatural superó el césaropapismo agustiniano
dando equilibrio y autonomía a las realidades terrenas y
articulándolas justamente con las promesas celestiales. Doctrina
que tendrá influjo de largo aliento y que, remozada por Francisco
de Vitoria en el siglo XVI, iluminó a los juristas españoles.
Ginés de Sepúlveda y su Democrates alter, que acusaban a los
indios de ‘esclavos por naturaleza’ serán barridos por un
Bartolomé de Las Casas que argumentó con la pasión del Evangelio
en su apologética Historia de Indias que “los indios son libres y
señores de sus reinos porque, mucho antes de que llegaran los
españoles, habían dado prueba de saberse gobernar a sí mismos, a
sus casas y a sus ciudades”.
Toda esta preciosa arquitectura del poder al servicio del bien
común vino a soslayarse en el Renacimiento con una obra que
servirá de programa a muchos gobernantes: El príncipe, de Nicolás
de Maquiavelo. Aquí ya no se habla del arte de gobernar sino del
arte de mantenerse en el poder, sin importar la moralidad de los
medios. Desde entonces padecemos ese malentendido de la política
actual, el poder por el poder con la consiguiente desintegración de
la sociedad actual. No me refiero sólo a nuestro país, sino
también a la realidad mundial.
Pero a la Política se la ha llamado también ‘el arte de lo
posible’. Me gusta la expresión de un estudio nacional que le
llama “el arte de hacer posible lo deseable” y que encuentra
falta de ética y de estética a la política actual. Pues lo
deseable en estos momentos para todos es volver a la política del
bien común y al propósito de que en nuestra nación tan querida el
poder pueda restituir su credibilidad con personas capaces de
rectitud.
Publicado en “HOY”, domingo 21 de julio de 2002, Quito Ecuador