Ese raro animal que es la persona humana

Roberto Fernández Iglesias - Periódico HOY, Quito, Ecuador

Si los seres humanos sólo fuéramos animales, habríamos desaparecido hace muchísimo tiempo. Porque desde el punto de vista corporal estamos mal dotados. 

Si los seres humanos sólo fuéramos animales, habríamos desaparecido hace muchísimo tiempo. Porque desde el punto de vista corporal estamos mal dotados. Nuestra piel desprotegida, nuestros dientes, el olfato, o los demás sentidos son inferiores, si los comparamos con los de las otras especies del reino animal. Carecemos de las defensas físicas que ellos tienen y la implacable ley del más fuerte, que prevalece en la naturaleza, nos habría eliminado del planeta. Pero seguimos en el mundo y lo dominamos. Esto explica, como dice el P. Bochenski en su introducción al pensamiento filosófico, porque somos unos animales raros, que tenemos un plus que se diversifica en cinco notables cualidades: técnica, tradición, progreso, pensamiento y reflexión. Estas rarezas que menciona J.M. Bochenski son innegables y no son otra cosa que la manifestación de un alma espiritual dotada de facultades superiores: memoria, inteligencia y voluntad.
Gracias a ellas tenemos una historia humana por cuyas grietas vislumbramos los dramas de la vida cotidiana. Como animales, biológicamente no hemos cambiado gran cosa en los últimos cien mil años. Pero a diferencia de ellos, siempre iguales, nuestra alma nos va haciendo distintos, distinguidos, diferentes. Cada generación transmite a sus hijos idéntica biología. Pero cada generación les enseña incontables cosas nuevas que no forman parte de la materia ni del cuerpo, sino que son la expresión de una dimensión diferente. Es la vida del espíritu con el que se trasciende, con el que se busca siempre más.
San Alberto Magno, el gran profesor de Santo Tomás, decía: “El hombre está en medio de la creación, entre la materia y el espíritu, entre el tiempo y la eternidad”. Hermosa descripción que da mucho para pensar. Y también para sentir el pulso de nuestra existencia. Debe haber una proporción en el universo entre la materia inerte y la vida, entre ésta y el espíritu, entre lo pasajero y lo definitivo. Porque debemos reconocer que el mundo material nos atrae, pero no nos llena.
Que el tiempo nos seduce, pero no nos alcanza para tanto propósito para tanto deseo como llevamos en el alma.
Somos capaces de más Y esto hay que considerarlo en serio más desde la filosofía y la religión que desde las ciencias y la tecnología. El hombre no es unidimensional. Es pluridimensional. Quizá es lo que sentía San Agustín cuando escribía: “Nos creaste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”.
Publicado en “HOY”, Quito, Ecuador. Domingo 28 de julio de 2002.

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