Si los seres humanos sólo fuéramos animales, habríamos desaparecido
hace muchísimo tiempo. Porque desde el punto de vista corporal estamos mal
dotados.
Si los seres humanos sólo fuéramos animales, habríamos
desaparecido hace muchísimo tiempo. Porque desde el punto de vista
corporal estamos mal dotados. Nuestra piel desprotegida, nuestros
dientes, el olfato, o los demás sentidos son inferiores, si los
comparamos con los de las otras especies del reino animal. Carecemos
de las defensas físicas que ellos tienen y la implacable ley del
más fuerte, que prevalece en la naturaleza, nos habría eliminado
del planeta. Pero seguimos en el mundo y lo dominamos. Esto explica,
como dice el P. Bochenski en su introducción al pensamiento
filosófico, porque somos unos animales raros, que tenemos un plus
que se diversifica en cinco notables cualidades: técnica,
tradición, progreso, pensamiento y reflexión. Estas rarezas que
menciona J.M. Bochenski son innegables y no son otra cosa que la
manifestación de un alma espiritual dotada de facultades
superiores: memoria, inteligencia y voluntad.
Gracias a ellas tenemos una historia humana por cuyas grietas
vislumbramos los dramas de la vida cotidiana. Como animales,
biológicamente no hemos cambiado gran cosa en los últimos cien mil
años. Pero a diferencia de ellos, siempre iguales, nuestra alma nos
va haciendo distintos, distinguidos, diferentes. Cada generación
transmite a sus hijos idéntica biología. Pero cada generación les
enseña incontables cosas nuevas que no forman parte de la materia
ni del cuerpo, sino que son la expresión de una dimensión
diferente. Es la vida del espíritu con el que se trasciende, con el
que se busca siempre más.
San Alberto Magno, el gran profesor de Santo Tomás, decía: “El
hombre está en medio de la creación, entre la materia y el
espíritu, entre el tiempo y la eternidad”. Hermosa descripción
que da mucho para pensar. Y también para sentir el pulso de nuestra
existencia. Debe haber una proporción en el universo entre la
materia inerte y la vida, entre ésta y el espíritu, entre lo
pasajero y lo definitivo. Porque debemos reconocer que el mundo
material nos atrae, pero no nos llena.
Que el tiempo nos seduce, pero no nos alcanza para tanto
propósito para tanto deseo como llevamos en el alma.
Somos capaces de más Y esto hay que considerarlo en serio más
desde la filosofía y la religión que desde las ciencias y la
tecnología. El hombre no es unidimensional. Es pluridimensional.
Quizá es lo que sentía San Agustín cuando escribía: “Nos
creaste, Señor, para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta
que descanse en Ti”.
Publicado en “HOY”, Quito, Ecuador. Domingo 28 de julio de
2002.