¡Que se rebelen los jóvenes!

Eduardo Hayen Cuarón

Que los jóvenes vivan inquietos, pero menos deprimidos. Que sean muy rebeldes y le prendan fuego a la tierra, antes que pierdan lo propio de ellos que es la pasión y el entusiasmo.

¿Qué será de nuestros niños y jóvenes si ceden a vivir en depresión? Han de ser rebeldes a la mediocridad existencial para vivir resucitados con Cristo.
Se ha dicho que un número creciente de niños y jóvenes sufren el mal de la depresión. La noticia es, sin duda, inquietante. Es más fácil comprender que un adulto entre en el túnel de la tristeza al sufrir los golpes y desencantos de la vida. Pero, ¿cómo explicarnos que un niño o un joven puedan vivir en una depresión permanente? ¿No debe ser la infancia una etapa llena de vida, juego, amor y educación? Y la juventud, ¿no debiera ser una etapa de pasión por la vida, llena de proyectos audaces y de expediciones a la conquista de grandes ideales?
Una de las más nefastas herramientas educativas a la que recurren los padres es la televisión. En muchos hogares, este aparato desempeña las funciones de la nana o la nodriza. Frente a él pasan los niños horas y horas, mamando cientos de escenas de violencia sin que los papás digan "basta". Las caricaturas que hoy ven los niños dejaron de ser aquellas historias ingenuas de travesuras, para convertirse en cuentos de guerra y hasta de suicidio. Y con un bombardeo persistente de imágenes violentas, ¿qué niño no terminará creyendo que el mundo es un lugar siniestro para vivir? Si a ello agregamos los escasos abrazos que reciben de sus papás o el poco tiempo que comparten juntos en familia, el chamaco terminará por vivir en una angustiosa soledad.
¿Y los jóvenes? Muchos viven como ovejas pastoreadas por lo que les dicte su ambiente. En la noche son conducidos a los corrales de los bares, las discotecas o las fiestas rave en donde se sienten como en casa. Ahí tienen muy cerquita de sus manos toda clase de drogas y un clima que los invita a experimentar con toda clase de experiencias eróticas. Así comienzan a vivir como esclavos de adicciones de las que luego no será fácil salir. Y además se alimentan con aburridísimos programas como Big Brother acabando de inundar su alma de chatarra. En una atmósfera continua de mediocridad existencial, es natural que la vida desemboque en un tremendo hastío y aparezcan las sombras de la depresión y de la muerte en vida.
¿Qué será de nuestro mundo si los niños y los jóvenes ceden a la tentación de la desesperanza? ¿Quién seguirá llevando luz a la humanidad si ellos ya viven como derrotados? ¿Qué será cuando lleguen a la edad adulta si desde hoy viven como viejos?
Estamos celebrando la resurrección de Cristo y nos preguntamos por qué resucitó Jesús de entre los muertos. Resucitó porque él era la vida. Jesucristo ha sido el único hombre que vivió siendo hombre al máximo. Vivió su vida con tal plenitud y estaba tan vivo que era imposible que la muerte lo devorara. Los niños y los jóvenes necesitan que Alguien los sostenga y los resucite. Porque con sus solas fuerzas no podrán derrotar a la muerte. Jesús de Nazaret es el Resucitado, el único digno de ser modelo para ellos.
Este tiempo de resurrección debe ser un aliciente para que los jóvenes sean rebeldes. Uno de los episodios más estimulantes de la vida de Carol Wojtyla, ahora Juan Pablo II, fue cuando en sus años de juventud, se entregó con pasión al teatro para ayudar a conservar en el pueblo polaco, los ideales del espíritu humano y la cultura católica que los nazistas querían aplastar. Fue quizás su resistencia a la mediocridad existencial lo que lo llevó a combatir por los más grandes ideales. Wojtyla puso su rebeldía y el Espíritu Santo hizo el resto, hasta convertirlo en el sucesor de san Pedro.
Que los jóvenes vivan inquietos, pero menos deprimidos. Que sean muy rebeldes y le prendan fuego a la tierra, antes que pierdan lo propio de ellos que es la pasión y el entusiasmo. Hemos de ayudarles a descubrir a Jesucristo y su doctrina si queremos evitar una sociedad de vegetales.

 

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