Cuando en Toronto miles de jóvenes veáis la figura blanca y encorvada
de Juan Pablo II, mirad la flor limpia que Dios nos ha puesto en medio del
asfalto, quedaros con su sonrisa limpia, quedaros con sus arrugas de vida
entregada, quedaros con su bendición temblorosa, quedaros con Dios.
En ocasiones no deja de admirarme el ver alguna pequeña flor en
medio del asfalto de una carretera. Es como si la naturaleza ahogada
quisiera hacerse un sitio casi inverosímil entre el cemento y
proclamase a voz en grito: ! Estoy aquí, no me tapéis!
Adaptando a nuestra sociedad la Parábola del sembrador, me
permitiría añadir un cuarto destino a la semilla de Dios. Y ese
sería la semilla que cae en tierra fértil, pero que antes de que la
dejemos brotar, la ahogamos y tapamos entre cemento y asfalto, de tal
manera que hacemos casi imposible el que vea la luz. Los hombre somos
especialistas en arruinar la naturaleza y no nos damos cuenta que al
hacerlo nos estamos arruinando nosotros mismos. Y ciertamente somos
tambien especialistas en ahogar el más pequeño brote de vida
espiritual. Es preferible tapar esa planta, ahogar una futura flor.
Eso ya no se lleva, eso está pasado de moda, eso no se adapta a los
tiempos que vivimos, oiremos con frecuencia. Y así entre el humo de
los coches ni siquiera distinguiremos la semilla que late en la tierra
y que anhela salir.
Pero he aquí que la naturaleza es más sabia y la vida no renuncia
a la lucha y pugna por salir adelante. Por eso nacen niños con un
"diu" colgado de cualquier parte o por eso brotan flores en
el asfalto. Y ciertamente, los hombres y mujeres de esta época, hemos
tenido, no la suerte sino el inmenso don de Dios, de contar con la
más hermosa flor que hayamos podido imaginar. Pero curiosamente, no
todos la ven, porque muchos tienen prisa, ni todos la aprecian y
muchos, incluso, la confunden con un cardo o con una mala hierba que
merece ahogarse y morir bajo algun neumático. Esa flor maravillosa se
llama Juan Pablo II.
Resulta curioso que se oigan voces, no ya fuera sino también dentro
de la Iglesia, pidiendo una "jubilación anticipada" para
nuestro anciano pontífice. ¿Qué puede hacer un Papa en el estado en
el que está? ¿No sería más humano dejarle descansar en una
residencia o en un hospital y que disfrute los días que Dios le
quiera dar de un más que merecido descanso? ¿No es más lógico
pasar el bastón de Pedro a alguien más joven, en mejores
condiciones? Estas preguntas son muy lógicas y humanamente
comprensibles, pero cuando nos movemos por los derroteros de la fe
todo cambia.
A menudo nos olvidamos o preferimos simplemente ignorar que
Jesucristo nació pobre, en un pesebre rodeado de animales, en una
familia humilde. El eligió vivir toda su vida sin ningún tipo de
lujo, ni ostentación. Dios eligió el regazo vacío, limpio y
sencillo de María para inundarlo de gracia, para bañarlo de su Amor
infinito. Y eligió para su hijo la ignominia, el insulto, el rechazo
de todos. ¿Quién podría pensar que entre un reguero de sangre, que
bajo los pies destrozados, que apenas si sostenían un pesado madero
latía con fuerza la Salvación del hombre? Pero cuanto más se
humillaba nuestro Señor, cuantas más veces caía y rodaba por el
suelo más nos acercábamos a la Salvación. Cuantos más latigazos,
cuantos más escupitajos, cuantos más insultos, cuanto más desprecio
El solo podía responder de una manera: con más Amor, con más
perdón.
Dios eligió lo pobre, lo miserable de este mundo para bendecirlo.
Dios vino para atraer hacia el a los pecadores. Dios prefirió que se
le acercasen los niños, los de corazón todavía limpio y nos los
puso en medio como ejemplo de vida. Dios eligió unos discípulos
ignorantes, brutos, torpes, que no entendieron nada de su mensaje. Y
con unos humildes pescadores de Galilea quiso anunciar al mundo su
mensaje para demostrarnos que no es el vaso sino su contenido lo que
necesitamos beber, para anunciarnos que la fuerza está en su mensaje
y no en el pobrecillo que intenta transmitirlo lo mejor que puede.
Cuando recuerdo que a finales de 1978 salió elegido Juan Pablo II,
no puedo olvidarme de los nuevos aires, del nuevo golpe de frescor que
inundó a la Iglesia. Su vida ha derrochado entrega a un pueblo
sediento de Dios, aunque muchos lo quieran disfrazar de otros mil
nombres y formas. En sus 97 viajes al extranjero en 23 años de
Pontificado ha podido batir más records que ningún futbolista
veterano con la selección de su país. Y en cada viaje un mensaje
claro, rotundo, pero también una mano tendida al que piensa distinto,
al que no cree en Cristo.
Cuando miro por la televisión al Papa o veo alguna de sus últimas
fotos confieso que tengo unas ganas locas de gritar: !!!Ahora creo
más que nunca en él!!! Y cuanto más agachado, y cuanto más
tembloroso, y cuanto más se arrastre mucho más voy a creer en él
porque Dios le está llenando más y más. Humanamente ha gastado su
sangre, cada viaje suyo, como antes lo hiciera San Pablo, es un pedazo
de vida que se ha dejado en la cuneta.
Por eso, cuando en Toronto miles de jóvenes veáis la figura blanca
y encorvada de Juan Pablo II, mirad la flor limpia que Dios nos ha
puesto en medio del asfalto, quedaros con su sonrisa limpia, quedaros
con sus arrugas de vida entregada, quedaros con su bendición
temblorosa, quedaros con Dios.
Por eso, también se, que la flor más bonita la tenemos en el
asfalto y aunque muera no importa, porque otra volverá a brotar de la
semilla plantada en la tierra.