México sin Guadalupe no es México

Adolfo Carreto - AVMradio

Dice el arzobispo primado de México,  que México sin Santa María de Guadalupe no es México. Creo que tiene razón. Me di cuenta hace treinta años, cuando tuve la enorme suerte de andar por allí.

Dice el cardenal Norberto Rivera, arzobispo
mexicano, que México, sin Santa maría de Guadalupe, no es
México. Creo que tiene razón. Me di cuenta hace treinta
años, cuando tuve la enorme suerte de andar por allí. La
Virgen de Guadalupe da identidad a México y a los
mexicanos, los cohesiona, es su ilusión, su documento de
identidad, el no poder transitar por la vida sin el
acompañamiento de la Virgen. Hay creencias en los pueblos,
en todos, que van degradándose, perdiendo consistencia con
el tiempo; otras, en cambio, se afianzan, ganan más
cuerpo, más solera, se degustan mejor en el paladar. Esto
de las Vírgenes patronas es un fenómeno de cohesión
nacional de la más fuerte raigambre.
En México el fenómeno de la Guadalupe va unido al
del indígena Juan Diego, desde dentro de muy poco San Juan
Diego, el primer indígena americano que llega al honor de
los altares. Esta carrera hacia la canonización del indio
que un día vio estampado y entre flores el cuerpo de la
Madre de Dios con semblante al menos de mestiza en su
poncho no ha sido nada fácil, entre otras razones porque
se cuestionaba no solamente su santidad sino, y lo que es
más grave, su existencia física. Vamos, que hay quien
opina que lo del indio Juan es una leyenda intrascendente
que no se compagina con el cientificismo de hoy día.
A las autoridades eclesiásticas les disgusta
sobremanera estos supuestos. Para el cardenal Rivera, Juan
Diego no solamente existió sino que existe, y en él ?se
muestra un modelo de santidad muy distinto al que puede
llevar un religioso, una religiosa, un sacerdote, un
obispo, que afortunadamente en nuestro continente se ha
avanzado en proponer modelos de santidad para estos
estados de vida. Pero hay pocos laicos que se propongan
como modelos de santidad?. Y en esto comulgo totalmente
con el señor cardenal. A la Iglesia, a la hora de
canonizar se le ha ido la mano hacia el renglón de curas y
monjas, y ha descuidado al batallón de esos seres anónimos
de a pie que son todo un modelo para llevar adelante a su
familia, para mediar en los conflictos domésticos, para
sacrificarse hasta el extremo cuando el sueldo no llega,
para comprender sin fanatismo otras culturas y otras
creencias sin renunciar a la propia, que es, al parecer,
el gran mérito de este San Juan Diego indígena y
comprensivo.
Y todo esto en un país oficial y constitucionalmente
laico, en el que los políticos y funcionarios públicos
tienen que dejar a un lado su derecho natural a la
práctica de la libertad religiosa porque ?según la
Constitución no pueden, como tales, participar en los
actos de la religión a la que pertenecen?, según precisa
el señor cardenal. El Papa canonizará a Juan Diego, y en
buena hora. Pienso que le implorará el milagro de que en
México no solamente repiquen las campanas a diario como lo
hacían ya hace treinta años sino de que el señor
presidente, quien sea, pueda arrodillarse sin traumas
legales ante la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe.

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