Un chocolate caliente para los mendigos de la plaza

Antonio Modernell Mateus

Grupo de laicado dominicano da comida a 70 personas en el Centro de Quito

QUITO, junio 30 de junio de 2002.- Martes 20:00. Pilar Olmos, abogada, de 37 años, se instala, con una olla grande, en la esquina de las calles Bolívar y Flores, en el centro histórico de Quito. La acompañan, con guitarra, cinco aspirantes para sacerdotes dominicos. De los rincones de la plaza de Santo Domingo, por el portal del Colegio Sagrados Corazones del Centro, donde en el día están las cachineras; desde atrás de la parada del trole, por el arco de la Loma... salen mendigos, limosneras y pordioseros.
Treinta personas se sientan en las gradas (otras noches llegan hasta 70). Algunos sólo usan camiseta a pesar del frío; otros confeccionaron sacos y capuchas de plástico.
Son las 20:30. Pilar les pide que se quiten los sombreros y las gorras porque es la hora de la oración. Ellos obedecen: “Padre Nuestro que estás en el cielo...”. Ella hace lo mismo desde hace tres años como miembro del Laicado Dominicano (grupo que se dedica a la labor social con el apoyo de la comunidad de dominicos y de un voluntario que financia la compra de los alimentos).
Mientras empieza a servirles chocolate caliente y un pan, los borrachitos cantan, se levantan y aplauden como si estuviesen en un acto de alabanza.
Comienza la repartición. Los mendigos sacan tarrinas, jarros y botellas ocultos debajo de su ropa o de las fundas. “El chocolate te quita el frío, por eso es tan rico”, grita Sergio Vallejo, de 43 años.
Antonia de las Mercedes Chuquitacu, de 46 años, fue la primera llegar. Pilar Olmos es su confidente: “Fui alcohólica durante 11 años, pero dejé la bebida”. Pilar ingresó a Antonia en un centro de rehabilitación. Ahora ella se dedica a trabajar recogiendo cartón.
Dos mujeres, que aparentan tener más de 50 años, se acercan despacio y se sientan sin que el resto las note. Pilar las conoce: “Andrea y Joselin, ¿por qué llegan tarde? Ellas no hablan, muestran sus recipientes, les sirven y beben apuradas.
Los comensales agradecen y se van. Uno a uno empiezan a desaparecer. Son las 20:50. Los seminaristas dejan de cantar. Uno de ellos, Mauricio Ruiz, de 27 años, sabe por qué realiza esta labor: “Ellos son los marginados, los más humildes... ahí está el rostro de Jesús”.

 

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