Escándalos

Prisciliano Hernández Chávez

Los medios de comunicación -TV, Cine, etc.- con frecuencia propician un ambiente sexista e infrahumano, violatorio de la dignidad y del respeto que se merece todo ser humano por el simple hecho de serlo; a veces son inductores de daños a los menores y a los sencillos.

 
Todo atentado contra la persona humana es lamentable sin importar raza, credo o clase social; los infringidos contra menores son particularmente dolorosos por su indefensión y vulnerabilidad. En el nivel de fe y de teología católica su explicación radical -más allá de las responsabilidades personales y sociales- estriba en la herida trascendental causada por el pecado original originante en la raza adamítica. Los daños afectan a todos, peor que las consecuencias de la bomba atómica en dicho de Mons. Fulton J. Sheen; sólo se excluye a la Panaguía -la Toda Santa, como la llaman nuestros hermanos orientales-, la Inmaculada Virgen María, la Purísima por antonomasia.
La Iglesia no es un gremio de fariseos rasgavestiduras, ni de cátaros de cuello estirado; es la prolongación de Cristo en la historia, oferente de la misericordia y el perdón de Dios; pero también es una institución de leyes, para que pueda conservarse el orden entre sus miembros y así mantener el misterio de comunión, pues ubi homo, ibi societas y si societas ibi lex, cuyo espíritu de fondo es la justicia expresada con sus limitaciones, en la positivación jurídica.
De los VII libros del Código del Derecho Canónico vigente, el VI trata de las sanciones en la Iglesia y el VII mismo de los procesos. En el canon 1395 §2 habla del clérigo que debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical...
El Estado posee su capacidad para legislar, juzgar y punir los delitos según sus procedimientos y estilos propios. La Iglesia respetará siempre el fuero civil, en tanto y en cuanto sus leyes y procesos sean objetivamente justos, conforme a la dignidad de la persona humana y no según el capricho del tirano o la ideología en turno .
La expresión «nadie está por encima de la ley» puede convertirse -bajo cierto aspecto y en algún caso- en un verso satánico -para decirlo con expresión de Rushdie-, en el uso que hace de ésta el Dr. Leoluca Orlando, ex alcade de Palermo. Así se han justificado grandes injusticias contra la humanidad e incluso se han realizado persecuciones contra la Iglesia. Ahí está Calles, que aplica una Constitución en algunos artículos violatoria de la libertad religiosa, o la declaración legalista de la Suprema Corte de Estados Unidos contra el migrante Castro; por ser ilegal, no le pagarán su derecho al retiro y, a partir de él, a los que se encuentren en la misma situación.
Ignorar el fuero de la conciencia es atentar contra la persona humana en lo que tiene de más sagrado. Es penoso constatar que juristas eminentes manifiesten posturas obsoletas. Deberían reconocer la objeción de conciencia, el derecho al silencio y promover su adecuada positivación jurídica. Confundir el derecho al silencio con el encubrimiento es ignorar la filosofía de la persona y su axiología. La persona ha de ser respetada; las leyes, la educación, la economía, etc., han de estar a su servicio y no viceversa.
En el seminario mejor y más distinguido de la historia, cuyo rector era nada menos que Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios -consustancial según la divinidad con el Padre y el Espíritu Santo-, Hijo de Hombre, según la humanidad, el Mesías de Dios y Cristo de nuestra fe, hubo dos Judas: el uno, Tadeo, santo, y el otro, Iscariote, el traidor, a quien el Señor trató con benevolencia y misericordia hasta el último momento y del cual dijo por su cerrazón autoexcluyente que más le valiera a ese hombre no haber nacido (Mt 26,23-25), y excluido por sí mismo de la amnistía divina.
Jesús dijo a sus discípulos: «Es inevitable que haya ocasiones de pecado; pero !ay de quien las provoque! Más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo tiraran al mar, antes que ser ocasión de pecado para uno de estos pequeños» (Lc 17, 1-2). Dar escándalo es algo verdaderamente espantoso. San Pablo, en la Carta a los Romanos, nos previene: «Todos conocen cómo ustedes han aceptado la fe, y me alegro; pero quiero que sean ingeniosos para hacer el bien y no se manchen haciendo el mal» (16,19). Un comportamiento escandaloso pone en peligro la salud y la salvación de los demás. Son pertinentes también las recomendaciones de la Carta a los Hebreos: «Fomenten la paz con todos y la santidad, sin la cual ninguno verá al Señor. Preocúpense de que nadie quede privado de la gracia de Dios. Que ninguna planta venenosa crezca entre ustedes, los dañe y contamine a muchos...» (12, 14-15).
Los medios de comunicación -TV, Cine, etc.- con frecuencia propician un ambiente sexista e infrahumano, violatorio de la dignidad y del respeto que se merece todo ser humano por el simple hecho de serlo; a veces son inductores de daños a los menores y a los sencillos. Han demostrado hasta la saciedad que no les interesa la ética o moral alguna, salvo el mercadeo farisaico, para desgracia de la sociedad inerme; muchas veces no son parte de la solución, sino del enrarecimiento.
Los pequeños y los sencillos son responsabilidad de todos; también de los medios. Somos responsables de crear un ambiente limpio para que no se vean afectados en el proceso de maduración psicológica, espiritual y moral; los niños dañados de ayer, pueden ser los criminales de hoy.
Los casos dados a conocer recientemente por la prensa son en verdad lamentables, y deben ser sancionados con humildad, prudencia y firmeza.
Ante los escándalos que sacuden al mundo hemos de tener el ánimo de Virgilio: alios vidi ventos aliasque procellas (vi otros vientos y otras tempestades), y asumir el consejo de san Juan: «Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la fuerza victoriosa que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1Jn 5,4-5).

 

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