- Hace unos días mantuve un encuentro con un grupo de mujeres del
centro de cultura popular del Barrio del Progreso, en Murcia.
Hablamos sobre los medios de comunicación y la familia, la imagen
de la mujer en aquéllos y los estilos de vida que practicamos. Al
final llegábamos a una conclusión clara: de lo que nos ocurre, no
podemos siempre culpar a otros. Todos tenemos una gran
responsabilidad en lo que nos sucede, ya sea en nuestra casa, en
nuestras relaciones de pareja, con nuestros hijos, con los padres o
los abuelos. También en nuestro bloque, comunidad de vecinos,
barrio, pueblo, región, país y continente entero. Esto es, que “los
otros” pueden tener culpa en una porción determinada de lo que
acontece, pero no hay que esconder la cabeza como los avestruces a
la hora de asumir responsabilidades.
- En el diálogo con estas mujeres luchadoras, inconformistas a la
hora de resignarse a jugar el papel de espectadoras de Ana Rosa
Quintana o María Teresa Campos, aparecieron las informaciones
relativas a la crisis argentina. Y como suele suceder en estos temas
de política internacional, casi nadie acierta a saber realmente
qué es lo que hay detrás de las “caceroladas”, los asaltos a
las tiendas, las acusaciones de corrupción y la sucesión de
presidentes de la República. Reconozco que no es fácil explicar en
una crónica televisiva de un minuto el origen de una situación de
colapso económico como ésta, pero sospecho que las razones son
otras. Sobre todo si tenemos en cuenta que una buena parte de los
medios que nos hacen llegar las informaciones están en manos de
empresas que, eso sí está claro, tienen una gran responsabilidad
en la crisis. Por acción o por omisión. Empresas que inspiran a
pie juntillas las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI),
que consisten en aplicar planes de ajuste estructural a la crisis
que se arrastraba desde los años 60, favorecida por una sucesión
de gobiernos corruptos.
- Las claves de estos planes han sido la disminución del gasto
público, las condiciones en que se acordaron las privatizaciones de
las empresas públicas y un sistema monetario que igualó el valor
del peso al dólar y que favoreció el aumento de importaciones y la
disminución de las exportaciones. Estas circunstancias han generado
un aumento de la pobreza que alcanza a 14 millones de personas sobre
una población de 36 millones de habitantes. Imagínese el lector
que una familia de cuatro miembros ingresa menos de 250 euros al
mes. Pero es que hay 5 millones que están por debajo del umbral de
la pobreza, esto es, que una familia no alcanza los 125 euros al
mes. Las condiciones en las que se pactaron las privatizaciones han
generado que en veinticinco años el paro ha pasado del 3% al 20%,
al igual que el 90% de la banca y el 40% de la industria están en
manos del capital internacional. ¿Les suena el papel de algunas
empresas y bancos españoles?
- Por si esto fuera poco, la deuda externa se ha hecho insostenible.
Ha crecido en veinticinco años de 7.875 a 147.881 millones de
dólares, lo que ha supuesto que sólo con los intereses se ha
pagado veinticinco veces la deuda contraída inicialmente. Por
tanto, una buena parte de la riqueza y del dinero generado está
claro dónde han ido: de las empresas privatizadas a sus “hermanas”
del Norte. Han aumentado constantemente los préstamos y, por ende,
la deuda externa, mientras que la situación social en constante
deterioro está condenando a gran parte de la población a la
pobreza. Y lo que es peor, a la desesperanza en que la situación
puede cambiar y que la responsabilidad está en el sistema
democrático que genera políticas y gobernantes económicos
corruptos.
- ¿Y qué podemos hacer? Siempre es esta la eterna pregunta que nos
formulamos cuando conocemos con mayor amplitud una realidad como la
descrita. Viene al caso esa afirmación de que “nuestra acción
local tiene su fuerza en lo global y puede transformar muchas cosas”.
Para empezar, no resignarnos a denunciar este modelo económico que
genera injusticia, desigualdad, desesperanza, tristeza y, por qué
no, muerte física y ciudadana. Argentina pide conseguir una
capacidad económica que permita poner en marcha iniciativas
productivas, la liberación real del comercio, que las empresas
productivas y de servicios eviten los despidos y generen empleo para
potenciar la capacidad económica de las familias, el abaratamiento
del precio de los fármacos y la negociación de la deuda externa.
En fin, que además de llorar por Argentina, también podemos “mojarnos”
este fin de semana con las colectas que se van a realizar en todas
las parroquias de España, o en las cuentas abiertas por Cáritas en
bancos y cajas de ahorro. El desafío consiste en asegurar una
globalización en la solidaridad sin dejar a nadie al margen.
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