Al cabo de la calle

Pedro J. Navarro

Un llanto y una esperanza por Argentina

Hace unos días mantuve un encuentro con un grupo de mujeres del centro de cultura popular del Barrio del Progreso, en Murcia. Hablamos sobre los medios de comunicación y la familia, la imagen de la mujer en aquéllos y los estilos de vida que practicamos. Al final llegábamos a una conclusión clara: de lo que nos ocurre, no podemos siempre culpar a otros. Todos tenemos una gran responsabilidad en lo que nos sucede, ya sea en nuestra casa, en nuestras relaciones de pareja, con nuestros hijos, con los padres o los abuelos. También en nuestro bloque, comunidad de vecinos, barrio, pueblo, región, país y continente entero. Esto es, que “los otros” pueden tener culpa en una porción determinada de lo que acontece, pero no hay que esconder la cabeza como los avestruces a la hora de asumir responsabilidades.
En el diálogo con estas mujeres luchadoras, inconformistas a la hora de resignarse a jugar el papel de espectadoras de Ana Rosa Quintana o María Teresa Campos, aparecieron las informaciones relativas a la crisis argentina. Y como suele suceder en estos temas de política internacional, casi nadie acierta a saber realmente qué es lo que hay detrás de las “caceroladas”, los asaltos a las tiendas, las acusaciones de corrupción y la sucesión de presidentes de la República. Reconozco que no es fácil explicar en una crónica televisiva de un minuto el origen de una situación de colapso económico como ésta, pero sospecho que las razones son otras. Sobre todo si tenemos en cuenta que una buena parte de los medios que nos hacen llegar las informaciones están en manos de empresas que, eso sí está claro, tienen una gran responsabilidad en la crisis. Por acción o por omisión. Empresas que inspiran a pie juntillas las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI), que consisten en aplicar planes de ajuste estructural a la crisis que se arrastraba desde los años 60, favorecida por una sucesión de gobiernos corruptos.
Las claves de estos planes han sido la disminución del gasto público, las condiciones en que se acordaron las privatizaciones de las empresas públicas y un sistema monetario que igualó el valor del peso al dólar y que favoreció el aumento de importaciones y la disminución de las exportaciones. Estas circunstancias han generado un aumento de la pobreza que alcanza a 14 millones de personas sobre una población de 36 millones de habitantes. Imagínese el lector que una familia de cuatro miembros ingresa menos de 250 euros al mes. Pero es que hay 5 millones que están por debajo del umbral de la pobreza, esto es, que una familia no alcanza los 125 euros al mes. Las condiciones en las que se pactaron las privatizaciones han generado que en veinticinco años el paro ha pasado del 3% al 20%, al igual que el 90% de la banca y el 40% de la industria están en manos del capital internacional. ¿Les suena el papel de algunas empresas y bancos españoles?
Por si esto fuera poco, la deuda externa se ha hecho insostenible. Ha crecido en veinticinco años de 7.875 a 147.881 millones de dólares, lo que ha supuesto que sólo con los intereses se ha pagado veinticinco veces la deuda contraída inicialmente. Por tanto, una buena parte de la riqueza y del dinero generado está claro dónde han ido: de las empresas privatizadas a sus “hermanas” del Norte. Han aumentado constantemente los préstamos y, por ende, la deuda externa, mientras que la situación social en constante deterioro está condenando a gran parte de la población a la pobreza. Y lo que es peor, a la desesperanza en que la situación puede cambiar y que la responsabilidad está en el sistema democrático que genera políticas y gobernantes económicos corruptos.
¿Y qué podemos hacer? Siempre es esta la eterna pregunta que nos formulamos cuando conocemos con mayor amplitud una realidad como la descrita. Viene al caso esa afirmación de que “nuestra acción local tiene su fuerza en lo global y puede transformar muchas cosas”. Para empezar, no resignarnos a denunciar este modelo económico que genera injusticia, desigualdad, desesperanza, tristeza y, por qué no, muerte física y ciudadana. Argentina pide conseguir una capacidad económica que permita poner en marcha iniciativas productivas, la liberación real del comercio, que las empresas productivas y de servicios eviten los despidos y generen empleo para potenciar la capacidad económica de las familias, el abaratamiento del precio de los fármacos y la negociación de la deuda externa.
En fin, que además de llorar por Argentina, también podemos “mojarnos” este fin de semana con las colectas que se van a realizar en todas las parroquias de España, o en las cuentas abiertas por Cáritas en bancos y cajas de ahorro. El desafío consiste en asegurar una globalización en la solidaridad sin dejar a nadie al margen.
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