Un hombre de los de antes
Pedro J. Navarro
Aparecen personas que, por una u otra razón, han marcado
acontecimientos, formas de ser, opciones profesionales o simplemente vitales…
Ángel Ruiz Camps, ese entrañable ser que un día se cruzó en mi vida de
estudiante.
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- En la historia de vida de cada uno aparecen personas que, por una
u otra razón, han marcado acontecimientos, formas de ser, opciones
profesionales o simplemente vitales… En la mía hay una
determinante: mi padre. Pero también aparece una de tapadillo,
detrás de la cortina de la decisión de ser de una manera concreta
periodista, vamos, como era él. Sí, se trata de Ángel Ruiz Camps,
ese entrañable ser que un día se cruzó en mi vida de estudiante
en Madrid, haciendo mis pinitos en estas páginas de la revista
heredera de aquel “¡Tú!” de finales de los 40, periódico en
el que Ángel hizo los suyos. Al cumplirse el 27 de marzo un año
desde que se marchó con el Padre, siguen en mi memoria muy vivas
las escenas que compartimos, de manera intermitente, y que se
remontan al comienzo de los 80.
- Agazapado tras esas gafas que usaba sólo para escrutar palabras,
expresiones o erratas, sentidos y orientaciones, este periodista de
mesa -que por cierto, para ser bueno, hay que demostrarlo también,
ya que no sólo valen los de calle o los de guerra- emanaba bondad
por los cuatro costados. El Ángel de esa risa irónica por haber
encontrado una errata en la ‘fe de erratas’ de El País, o
cuando leía la crónica de un discurso del Rey en un acto oficial
“en este Palacio de Oriente”, indicándole que el nombre del
edificio era el de Palacio Real, “vamos, menudo Borbón que nos ha
tocado, eso sí, en otro tiempo glorioso Palacio Nacional”.
- Ese menudo periodista, cuyo único problema era el de considerarse
“un niño pijo del barrio de Salamanca, pero qué le vamos a hacer”,
madridista hasta las cejas, que relativizaba cualquier derrota del
equipo merengue con las goleadas históricas al Barcelona en los
años 40 y 50. A mí me llegó a afianzarme más en mi afición por
el Madrid, al desmitificar de que se tratase del equipo del
Régimen, “porque el único problema era que el verdadero equipo
de Franco, el Atlético Aviación -hoy Atlético de Madrid- no
ganaba nada, y el Dictador decidió colocar a un alférez
provisional, Santiago Bernabéu, al frente del club para apropiarse
de su historia y de sus triunfos”.
Conversador impenitente. Especial y perfeccionista hasta las cejas.
Algo hipocondríaco. Goloso de pasteles borrachos a los que él
llamada “beoditos”. Enamorado de su “foquita” y respetuoso
con los que fueron pasando por la vida de la HOAC, aunque no
coincidiera en muchas ocasiones en sus planteamientos, Ángel Ruiz
Camps ha sido un periodista católico y obrero hasta el último
momento de su vida terrena. Una doble fidelidad que siempre, repito,
siempre, ha sabido mantener en los sucesivos cometidos a los que
tuvo que hacer frente. Fidelidad a la Iglesia, pese a las
incomprensiones de sus hombres e instituciones. Fidelidad al mundo
obrero, pese a las contradicciones de sus dirigentes y
organizaciones. Al igual que quien suscribe, le debía a su padre el
hecho de que un día apareciera en los sonoros pasillos de Alfonso
XI.
Ángel fue el modelo de hombre de otra época. Ilustrado, culto,
amante del arte, la buena literatura y la música, era capaz de
cabalgar a lomos de un corcel imaginario escuchando las óperas de
Wagner como de corregir una crónica del último conflicto del metal
en Vizcaya. Ángel era “de la vieja escuela”, es decir, de los
que se dejaban la piel en lo que creían. Por encima de modas, ‘moderneces’
o globalizaciones varias. Si en el cielo le han dado el encargo de
la dirección de “El diario celestial” se atreverá a corregirle
a San Pedro sus exabruptos lingüísticos. Eso sí, con tacto, con
clase, de forma correcta, como un clásico es capaz de hacer de
manera natural. Sin forzar la máquina, pero no ocultando la verdad.
Por encima de todo, siendo fiel.
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