La Cruz divide y une

Antonio Díaz Tortajada

La cruz es misterio que envuelve nuestra vida, sabiduría que ilumina y clave que da sentido a nuestro peregrinar; es el signo salvífico que da coherencia y transparencia al proyecto cristiano y también a la vida del hombre en general.

En la historiadel pensamiento cristiano la cruz ha desempeñado un papel
sobresaliente. La cruz es misterio que envuelve nuestra vida, sabiduría
que ilumina y clave que da sentido a nuestro peregrinar; es el signo
salvífico que da coherencia y transparencia al proyecto cristiano y
también a la vida del hombre en general.
Si Cristo nos dice: “Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos
hacia mí” (Jn 12, 32), esto significa que en el peregrinar de la
Iglesia, la cruz debe ser el punto de referencia decisivo, el signo por
excelencia hacia el cual debe orientarse toda nuestra vida
Al escuchar los relatos de la Pasión que nos narran los evangelistas,
todos sentimos la necesidad de una contemplación silenciosa de Cristo en
la cruz. Nuestro corazón, sobrecogido o desconcertado, apenas es capaz
de expresar sus sentimientos. Contemplemos esa cruz que se yergue en el
horizonte de nuestra vida. Para muchos puede pasar por necedad y
escándalo, una tontería para la gente inteligente. Sin embargo, para los
que se salvan --para nosotros-- es fuerza de Dios (cfr. 1 Cor 1, 18).
Al decir san Pablo que el Señor crucificado es escándalo para los
judíos, pensaba en aquellos compatriotas suyos que habían combatido a
Jesús con fanático odio. Pero de este modo aludía también a una actitud
humana que rebasa el ámbito del pensamiento judío y que aparece en todos
los tiempos: Igual que los judíos rechazaron a Jesús vienen a
comportarse todos cuantos mieden a Dios según sus propia categorías,
quienes sólo encuentran a Dios en las figuras del Señor victorioso y
dominador que ellos mismos han inventado y concebido, y que no están
dispùestos a incorpòrar a su imagen de Dios un final de cruz.
El mundo y muchos cristianos quisieran un Cristo sin cruz.
La cruz es nuestra marca de identificación como cristianos; de ahí que
haya permeado toda nuestra cultura, arte y arquitectura.
La cruz no se limita al hecho histórico de la pasión y muerte de Jesús.
La cruz recorre todo el Evangelio desde la primera hasta la última
página. Jesús comienza a predicarla desde su discurso programático: el
discurso de las bienaventuranzas. En este discurso ya está en germen
toda la teología de la cruz y el anuncio implícito de su muerte en el
Calvario.
“El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo
mío”. El discípulo de Cristo está llamado a “tomar la cruz” de Jesús y
seguir los pasos del Maestro. Pero para “tomar la cruz” de Jesús es
necesario que conozcamos cada vez mejor este misterio Salvación.

La cruz como suplicio

En la cruz, Jesucristo alcanza la cúspide de su misión. Para esta “hora”
ha venido al mundo. La glorificación que pide al Padre en la oración
sacerdotal “Padre ha llegado la hora: Glorifica a tu Hijo, para que el
Hijo te glorifique a ti...” (Jn 17 1-2), no es sino la voluntad de Dios
de que la Palabra encarnada descienda con todo el amor de su corazón a
la incompresibilidad de la muerte.
Su glorificación comienza cuando, clavado en la cruz, pende entre lo más
alto y más bajo, abandonado y repudiado por el cielo y la tierra a la
vez. así es el Cordero inocente que toma sobre sus espaldas los pecados
de los hombres.
Los LXX usan dos términos diferentes para hablar, parece ser, del
suplicio:
--”Xylon” designa ordinariamente la madera como material del que
fabrican objetos de uso y culto (Demóstenes, Hesiodo,etc). También se
empleó el término para designar palos, látigos e instrumentos de castigo
o tortura: patíbulos cepos, yugos usados con los esclavos, dementes o
prisioneros (Herodoto). Los LXX lo emplean para referirse a árboles
frutales o de adorno (Gen 6, 14; Ex 25, 10) El árbol aparece también
transformado en objeto de culto y su madera talla para hacer estátuas de
ídolos; los profetas presentaron la idolatría, por eso, como “adulterio
contra la piedra y el leño” (Jr 3, 9;cfr Is 40, 20; 44, 13-15; Ex 20,
23) En los LXX no aparece como instrumento de tortura ya que sólo
después que los reos han sido ejecutados sos expuestos a las miradas de
la gente como deshonra (Dt 21, 22s; cfr. Jos 10, 26) Es dudoso Jos 8,
29: los LXX lo exponen como verdadera crucifixión, pero el texto hebreo
habla sólo de “colgar”, sin otra aclaración.
-- “Staurós” indicaba primitivamente un palo derecho y puntiagudo,
empleado para construir cercas o empalizadas (Homero) o como fundamento
de una construcción (Tucídides) y por eso “stauróô” significó “clavar
estacas”. El derecho penal dio al sustantivo y el verbo junto con
“anastauróô”, “anakremánnumi” y “anaskolopídsô” el significado de
“empalar” (Herodoto). “Staurós”, puede, pues, designar el palo afilado
en el que se coloca a un ajusticiado para deshonrarle, aplicándole el
castigo de la infamia. En este caso se le cuelga o se le inserta.. Puede
también ser equivalente al “pathibulum” latino, que es un palo
transversal colocado sobre los hombros del reo y que se sujeta a otro
vertical, adoptando la forma de “T” (“Tau”, crux commissa o de crux
immissa ).
Por los vocablos “xylon” y “staurós” o “stauróô” no quedan
suficientemente determinado el modo de ejecución del reo; para
precisarlo, hay que determinar:
-- el ámbito local en el que se lleva a cabo la ejecución;
-- la autoridad que determina la ejecución;
-- desde qué punto de vista describe el autor la ejecución.
Hoy tenemos que distinguir de modo general entre Oriente y Occidente,
pues a estas culturas las separa una deferencias fundamental: En Oriente
se empalaba o colgaba, a veces ya decapitado, el cadáver del reo.
La crucifixión era un castigo complementario, destinado a infamar al
ejecutado, exponiéndolo desnudo a las miradas del público; en Occidente
--en Grecia y Cartago-- se cuelga o sujeta a un travesaño el reo vivo,
para que muera (Herodoto). En estos casos podía buscarse la muerte
rápida del reo por medio del estrangulamiento y una muerte lenta y llena
de tormentos, como la que se producía en el “patíbulum” o cruz. El reo
debía servir de escarmiento a cuantos le vieran y por ello se llevaba a
cabo esta clase de ejecución junto a los caminos y en parajes muy
visibles (Jn 19, 20).

Jesús y su muerte

La narración de la Pasión por parte de los evangelistas es una expresión
de cómo veía la comunidad primitiva dicho acontecimiento y de cómo se
veía a sí misma mientras recorría el mismo camino. Jesús iba delante, la
precedía, siendo el modelo que obligaba a comprometerse. Esto explica,
en parte, el carácter no directamente soteriológico y todavía poco
teológico de las narraciones pasionales preevangélicas. La idea
teologizante es perceptible en 1 Tes 2, 14-16 y en la tradición de
Marcos, trasladando la causalidad de la muerte de Jesús de la instancia
romana a la judía, siendo únicamente la anterior, la única capaz de
tomar semejante decisión.
Los motivos de la actuación judía en el proceso de Jesús debieron ser
bien otros que los que la tradición sinóptica conservó. Parece que aquí
jugó un papel muy importante la controversia existente entre las
comunidades judía y cristiana en el momento de componer los evangelios.
En las narraciones de la Pasión los representantes judíos aparecen como
los principales culpables de la tragedia, mientras que en el papel
histórico decisivo de los romanos parece diluirse un tanto.
Los evangelistas Mateo, Lucas y Juan se apartan del relato de Marcos,
acentuando los motivos teológicos y morales. La tradición antigua
relativa a la crucifixión ya está configurada por el Sal 22 y Hch 2,
14-18; 3, 14; 4, 14-15; 5, 7-10 desvelan los intereses de la comunidad
cristiana en las narraciones relativas a la pasión. La comunidad
confiesa que el mismo Jesús, que había sido condenado y ejecutado en la
cruz, fue resucitado por Dios y exaltado. Su muerte-resurrección se ha
convertido en acontecimiento salvífico para todo el mundo y ella, cuando
se ve impugnada y perseguida, vuelve los ojos al camino terreno de su
Señor, contemplando el mismo como imagen del propio.
Para una reconstrucción histórica hay que partir del hecho que a Jesús
los condenaron los romanos a morir en la cruz, fuera porque eran los
únicos detentares del “jus gladii” , fuera porque el delito de que se
acusaba a Jesús caía bajo su exclusiva dependencia. Por ello hay que
recordar que la decisión judicial definitiva que la de Pilato,
exponiendo el “titulus” su contenido; que se hizo de la costumbre de
“cargar con la cruz” al reo (Mc 15, 20-21. Es dudoso si la cruz era
“immissa ” o “commissa ”. Que la condena a la muerte y su ejecución fue
realizada según los usos romanos; que Jesús murió en la cruz,
instrumento de suplicio, lentamente por asfixia o agotamiento;el que la
crucifixión se practicara al modo romano, hace que la flagelación
aparezca como segura, no así el lugar y el tiempo de la misma; que el
despojo de las vestiduras era normal en esta clase de ejecuciones y
también la vigilancia de la crucificados por los soldados.


El poder de la cruz

Jesús había enseñado que “no hay amor más grande que dar la vida por los
amigos” (Jn 15, 13), y muriendo en la cruz por la humanidad, lleva a
término esta doctrina. El Jesús que ama a los pobres y a los
despreciados, y que intercede por ellos, se ganó la enemistad de las
clases dirigentes judías. Este compromisos de amor fue el que le llevó a
la muerte. Cristo muerto en la cruz es la expresión más pura de am,or al
hombre. A la cruz le han llevado el odio, la injusticia, el egoísmos,o
de los hombres; pero él muere por amor, perdonando, prometiendo el
paraíso, dándonos a su propia madre para que no sintiéramos el vacío de
la orfandad en el camino de la fe, sembrando la esperanza en los
corazones, rompiendo la espiral del egoísmo,o y la violencia para hacer
posible el verdadero amor.
Jesús en cruz es el recuerdo vivo del verdadero amigo que entrega su
vida por los amigos (cfr. Jn 15, 13-14). El es también una invitación a
corresponder a este amor.
De ahí que el apóstol Pablo fuera quien pusiera de manifiesto el puesto
fundamental que ocupa la muerte de Jesús en la cruz. Afirma el Apóstol:
“Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el
mundo”.
Sin embargo, en las cartas de san Pablo se percibe un aparente contraste
a propósito del poder de la cruz de Cristo. En un grupo de cartas, las
“protopaulinas” (las que pertenecen al primer periodo de la actividad
del Apóstol), la cruz es, sobre todo, lo que divide y separa. En efecto,
separa lo que es del Espíritu de lo que es de la carne; lo que pertenece
a la fe de lo que pertenece a la ley; a los creyentes de los no
creyentes; al cristiano del gentil.
En otro grupo de cartas , las llamadas “deuteropaulinas” (o sea, las que
pertenecen al segundo periodo de actividad del Apóstol), la cruz, por el
contrario, es lo que une, lo que reconcilia a los hombre entre sí y con
Dios: “En Cristo Jesús, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis
llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz:
el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba,
la enemistad, anulando en su carne la ley de los mandamientos con sus
preceptos, para crear en sí mismo, de los dos, un sólo hombre nuevo,
haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo, por
medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad” (Ef. 2, 13,
l7).
La obediencia de Jesús, su voluntario, “hacerse obediente” (Flp 2, 8),
su entrega incondicional a la voluntad del Padre, no puede definirse con
categorías humanas, sino que posee un místico sentido cuya experiencia
sólo se da desde Cristo, y que se hace patente en nuestra obediencia,
fundada únicamente en el seguimiento de Cristo.
Gracias a la obediencia de Cristo que le lleba hasta la cruz, los que
estaban lejos ahora están cerca; el muro ha sido derribado, todo ha sido
unificado.

La cruz cósmica

A partir de este texto se desarrolló, en la antigüedad cristiana, el
simbolismo de la cruz cósmica, mediante el cual la cruz es concebida
como el árbol que mantiene unido al universo: “Este árbol de dimensiones
celestes --se señala en una antigua homilía pascual-- se ha elevado
desde la tierra hasta el cielo, fundamento de todas las cosas, sostén
del universo, soporte del mundo entero, vínculo cósmico que mantiene
unida a la inestable naturaleza humana, afianzándolo con los clavos
invisibles del Espíritu, para que abrazada a la divinidad ya no pueda
separarse de ella. Con la extremidad superior toca el cielo, con los
pies consolida la tierra, con sus brazos ilimitados sostiene desde
cualquier parte el espíritu numeroso e intermedio del aire”.
Según este simbolismo, el brazo transversal u horizontal de la cruz une
todo lo que está dividido en la tierra: los gentiles y los judíos, es
decir, los dos pueblos entre sí, el hombre y la mujer, el libre y el
esclavo... El palo vertical une a Dios todo este mundo, ahora ya
reconciliado consigo mismo; une la tierra con el cielo, el hombre con
Dios, de modo que gracias a la cruz nosotros podemos ya “presentarnos
unos a otros ante el Padre en un sólo Espíritu”.
Dos modos diversos, pues, de concebir la función de la cruz: en uno
separa, en el otro une. Pero no hay contradicción. La cruz es una y otra
cosa a la vez. Es lo que distingue para unir. Separa del mundo, para
unir a Dios; aparta de la corrupción y une entre sí a aquellos que
aceptan ser crucificados con Cristo, no obstante toda la diversidad que
pueda existir. Supera todas las diferencias, revelando su carácter
relativo y secundario frente a la nueva diferencia radical que es la que
distingue a los amigos de los “enemigos de la cruz de Cristo”.
No podemos fraccionar la Palabra de Dios. Debemos abrazar con gratitud
una y otra perspectiva.
La cruz separa y divide. Ella es el instrumento con el que Dios poda los
sarmientos de la gran vid que es el Cuerpo de Cristo para que den más
fruto.
La escultura ­­decía Miguel Angel­­ es el “arte de quitar”; y también la
santidad se obtiene del mismo modo: “por arte de quitar”, o sea dejando
caer los trozos inútiles, los deseos y las tendencias de la carne que
recubren la nueva criatura. Un día el gran escultor florentino, paseando
por un jardín de Florencia, vió un bloque de mármol abandonado en un
rincón, medio cubierto de tierra. Se paró de golpe, como si hubiera
visto a alguien. “En este bloque ­­exclamó­­ hay un ángel encerrado;
quiero liberarle”. Y cogió el cincel. También Dios nos mira tal como
somos, parecidos a aquel pedazo de piedra tosca cubierto de tierra y
dice: “Allí dentro de esconde la imagen de mi Hijo, hay una nueva y
hermosa criatura: quiero liberarla”. Para este fin utiliza la cruz.
Pero la cruz es también, sobre todo, aquello que une. Une al hombre con
su semejante, los hace comprensivos y solidarios. “El hombre en la
opulencia no comprende ­­se lee en el salmo 49­­, a las bestias mudas se
asemeja”. Y es verdad. Quien sufre comienza a menudo a salir de su
egoísmo, a percibir las necesidades de los demás, ya no es impermeable a
la compasión.
Pero la cruz nos une, sobre todo a Dios.
San Buenaventura ilustra esto de forma muy sugestiva en su “Itinerario
de la mente a Dios.” El quiere trazar un camino de ascenso del alma a
Dios y lo concibe en siete grados. En el primero, el alma se acerca a
Dios a través de los vestigios que de él existen en el universo; en el
segundo, a través de los vestigios de este mundo visible contiene de él;
en el tercero, a través de su imagen impresa en las potencias naturales
del hombre; en el cuarto, a través de su imagen restaurada en el hombre
por la gracia; en el quinto, a través de la contemplación de la unidad
de Dios; en el sexto, a través de la contemplación de la Trinidad de
dios. Queda el septimo grado. ¿Qué puede haber más grande que la
Santísima Trinidad? ¿Dónde tendrá lugar, para san Buenaventura, la unión
afectiva con Dios?
Llegados a este punto, el santo hace descender de nuevo al lector a la
tierra, lo lleva al Calvario, le muestra la cruz y le dice: ”¡Este es el
camino!, ¡éste es el medio! ¡éste es el lugar!”. “Le queda al alma
­­escribe­­ ir más allá y trascender no sólo el estrecho panorama del
mundo sensible, sino incluso ir más allá de sí misma. En este paso hacia
lo altro, Cristo es camino y puerta, Cristo es escala y vehículo. El
alma realiza este paso disponiendose a mirar a Cristo, cara a cara,
contemplándole con fe, esperanza, amor, devoción, admiración, gozo,
aprecio, alabanza y júbilo; contemplándole a él colgado en la cruz”.

Gloria a la cruz

Para el cristiano la cruz es ese árbol que encierra la salvación eterna.
Que sea nuestra oración diaria lo que canta aquel antiguo himno pascual
a la cruz cósmica: “Este árbol es para mi salvación eterna: de él me
alimento, de él me nutro. A través de sus raíces yo profundizo en las
mías; por sus ramas me recreo, de su rocío me embriago; por su Espíritu,
como por un delicioso soplo, soy fecundado. Bajo su sombra he plantado
mi tienda y he encontrado reparo del calor del verano. Por sus flores
florezco, de sus frutos me deleito hasta hartarme, y tomo libremente los
frutos a mí destinados desde los orígenes. Este árbol es para mi
alimento para mi hambre, fuente para mi sed, manto para mi desnudez; sus
hojas son espíritu y vida. Este árbol es salvaguardia cuando temo a
Dios, mi apoyo cuando vacilo, mi premio cuando combato y mi trofeo
cuando venzo. Este árbol es para mí el sendero angisto y el camino
estrecho; es la escala de Jacob, es el camino de los ángeles en cuya
cima está apoyado realmente el Señor”.
La cruz de Cristo debe ser nuestra cruz.
El Espíritu Santo actúa en lo más profundo del misterio de la cruz,
desciende, en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece
en la cruz, él consuma este sacrificio que une a Cristo con el Padre en
la comunión trinitaria.
El poder del mal es derrotado en la cruz y en cada hombre sufriente,
perseguido, cansado y desesperado, renace la esperanza. Unámonos al
Crucificado, unámonos a su cruz.
Intentar entender la cruz de Cristo es entender a Dios.
Pero no estemos equivocados. Los cristianos no estamos amenazados de
muerte. La cruz no es el final. Estamos “amenazados” de resurrección.
Porque además del Camino y de la Verdad, Cristo es la Vida, aunque esté
crucificada en la cumbre del basurero del mundo.
 
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