Tener, saber y vivir

Luferni

Los bienes, los conocimientos y la vida son torpedeados. Pobreza, ignorancia e inseguridad son heridas abiertas que empiezan a infectarse.

La pobreza como carencia, como despojo, como marginación y exclusión de los bienes básicos ha sumergido en la insuficiencia existencial a la mitad de la gente de este país. No se tiene lo suficiente para ser. La supervivencia en los niveles mínimos pone a muchos en la antesala de la delincuencia, como medida desesperada para arrebatar superfluos ajenos que puedan cubrir parte de lo necesario. Otros son empujados al clandestinaje o al ambulantaje desde un desempleo crónico y recrudecido.
La educación escasa y deficiente da por resultado ineptitudes que ya se manifestaron en recientes muestreos. La reprobación de los participantes fue tan evidente como escandalosa. La ignorancia de los cómos genera dependencias y favorece un colonialismo en que lo mejor queda en manos extranjeras.
La población despojada e ignorante se ve, además, amenazada y aumenta y se generaliza la inseguridad. Es como si se hubiesen roto los drenajes y la inmundicia de la violencia y la sustracción hubiera empezado a contaminarlo todo.
Esos constitutivos básicos de la paz social: Suficiencia, educación y seguridad son resultado de muchos años sin verdadera conducción.
Una escuela verdaderamente educadora, una economía verdaderamente distribuidora pueden dar por resultado una convivencia en la paz, que es fruto de la justicia. La paz social se ve afectada cuando la injusticia se suma a la deseducación y se incurre en una convivencia violenta y codiciosa.
Así se tiene la manifestación, el plantón, la toma y quizá pronto la caceroleada importada del cono sur. Se recorren diariamente los caminos del asalto, del secuestro, del robo peliculesco, del fraude y la trampa engañosa para obtener los bienes que podría proporcionar un buen empleo.
El viejo dilema de “la bolsa o la vida” hace que caigan las resistencias y, ante los encarcelamientos al vapor y de temporada, la gente, por temor a represalias, no quiere denunciar. Así se cierra el círculo supervicioso del crimen sin castigo que se vuelve consuetudinario.
El ladrón aficionado puede convertirse rápidamente en profesional ante incapacidades de cuerpos de seguridad que resultan venales, desorganizados y mal provistos, carentes de tácticas efectivas.
Tener, saber y vivir resultan ahora verbos de difícil y riesgosa conjugación.
Eso nos hace vulnerables frente a los voraces, los astutos y los agresores...
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