- La máxima aspiración del hombre y la mujer es la inmortalidad; por
eso se resiste a morir por completo. Vivir es el gran deseo de todo
ser. El cristiano lo tiene muy fácil, su inmortalidad se basa en el
amor. Todo lo que tiene que hacer es amar para nunca morir. El que ama
nunca muere, nadie puede matar al amor. El amor tiene fuerza creativa
que, una vez puesta en marcha, nadie puede pararla. Por eso es muy
difícil vivir sin amor, envueltos en el miedo o la venganza. Quien no
ama no crece nunca, o si crece, crece en su derrota, en su
inseguridad, en su angustia. Lo que nosotros llamamos muerte no tiene
la última palabra, ni es el final del camino.
- Nunca podremos hacer tributo justo a los que fallecieron el 11 de
septiembre si queremos vengar sus muertes. Ellos, hombres y mujeres de
a pie que cruzaban por la vida, viven en el silencio del amor que los
animaba en sus vidas; viven en el corazón de sus familiares, que los
aman, viven en el pueblo que los admira y agradece por fidelidad;
viven en la fuente de amor que es Dios, el Señor.
- El hombre, la mujer, no son seres para la muerte, sino para la vida.
«No he de morir; dirá el salmista, yo viviré para contar las
hazañas del Señor» (Salmo 118, 17). Cuando pienso en César
Bonilla, el hombre tranquilo, sereno y joya de la humanidad que
falleció en las torres y que con tanta fidelidad sirvió como
monaguillo en la iglesia de San Antonio, escucho su voz y me dice:
«Yo opto por la paz, como siempre lo hice; yo quiero vivir en amor,
como siempre trate de hacerlo». Cuando pienso en Jerome Domínguez,
el hombre valiente y generoso, escucho su voz con la misma fuerza y me
dice: «Lo mío era crear esperanza, vivir en el amor; yo no morí, me
quemé en las llamas de mi amor». No haría tributo ni a César ni a
Jerome si levantara una espada para vengarme. Al contemplar a los
bomberos y policías que cayeron el 11 de septiembre escucho su voz
que dice: «No queremos retrasar la paz por la que vivimos y
trabajamos toda nuestra vida».
- Yo quiero hacer un tributo digno a quienes dieron sus vidas mientras
servían. Quiero recordar a todos los que sucumbieron en el fuego de
las torres tal como ellos eran, hombres y mujeres de paz. El 11 de
septiembre nos invita a desarmarnos todos completamente, o mejor, a
armarnos con sentimientos de justicia, amor y paz. Yo he vencido al
mundo, dirá el Señor, lo he vencido dando mi vida por los demás.
Dichosos los que trabajan por la paz. Trabajaremos por la paz con el
arma del amor. Entonces habremos hecho justicia a aquellos que nos han
precedido y duermen en el sueño de la paz.
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