La juventud llega y pasa pronto, pero marca para siempre

Roberto Fernández Iglesias

El joven debe usar su inteligencia, su fuerza y su audacia para solicitar con humildad aquella gracia de Dios que completa lo que nuestra fuerza humana no alcanza.

“Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo”. Quizás estas palabras de Jesús nunca nos sonaron tan hermosas como cuando se las oímos a Juan Pablo II dirigiéndolas al millón de jóvenes que se reunieron en Toronto en el pasado mes de julio, para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud. Los jóvenes procedentes de 172 países fueron impresionados por un Papa viejo que les habló en la onda necesaria para llegarles al corazón y que, en síntesis les dijo tres duras cosas.
En primer lugar, el Papa reconoció que es legítimo que busquen ser felices. A ello nos invitó el mismo Jesucristo cuando en la página más bella de su Evangelio, la del sermón de las Bienaventuranzas nos llama a la felicidad más auténtica. Para ser feliz hay que escoger entre dos voces, cuyas opuestas melodías nos podrán confundir.
Hay que distinguir entre la voz de Cristo, que nos viene por la inteligencia de la fe, y la del espíritu del mundo, que nos llega seductora, por el deseo del placer efímero y superficial de los sentidos, o por la ambición del dinero, del poder y del éxito. Hay que seguir la voz de Cristo, que nos abrió el camino del cielo y de la auténtica felicidad, dándonos el ejemplo de morir por los demás. Para ello se presentan ante nuestra libertad los ocho maravillosos caminos del espíritu de las bienaventuranzas que nos enseñan los valores del Reino de Dios en esta tierra.
En segundo lugar, les hizo pensar que la juventud llega y pasa pronto, pero que su huella marca para siempre, y por lo mismo hay que vivirla con responsabilidad, usando la libertad en un compromiso de cambiar el mundo, a través de los caminos que trazan las ocho bienaventuranzas de Jesús. No es el camino del 11 de septiembre. Es el camino del corazón limpio, de la bondad, de la misericordia; el camino de lo justo y de lo recto, de la paz, de la ayuda a los pobres... Así serán los jóvenes la sal de la tierra y la luz del mundo, los que den sabor a una historia nueva y sin tinieblas.
En tercer lugar, el Papa les dijo a los jóvenes que si quieren ser felices tienen que curtir el alma en la lucha larga y difícil de reconstruir aquella felicidad perdida por el pecado de Adán y Eva, y recuperada por Cristo que nos trajo una felicidad más plena. No solo la del bienestar del Edén sino la del amor en su realidad más auténtica. Esta tarea implica nadar contra la corriente. A favor de la corriente hasta los cadáveres flotan, pero en contra hay que ser muy valientes. El joven debe usar su inteligencia, su fuerza y su audacia para solicitar con humildad aquella gracia de Dios que completa lo que nuestra fuerza humana no alcanza.
Uno de los encantos más notables de este Papa ha sido que no permitió que el personaje sepulte a la persona, o sea, que su rol papal no disfrace su talante personal. Viejo, enfermo y achacoso tiene la fuerza de Aquél que lo llamó a ejercer su ministerio. La fuerza del Papado en la Historia no proviene de estrategias humanas o políticas. Tampoco viene de asesorías de imagen, como estilan los gobernantes de esta tierra. Su fuerza viene de Dios y, como lo reconoció M. Jean Chrétien, primer ministro del Canadá, viene también de esa vida auténtica con la que Juan Pablo II confirma la sabiduría y la verdad de sus palabras.
Publicado en “HOY”, domingo 1 de septiembre de 2002. Quito, Ecuador

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