Para un cristiano el grito: “¡Cristo ha resucitado, aleluya!”
significa que la vida ha vencido a la muerte: “¡Qué victoria tan grande!
La muerte ha sido devorada. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde
está, oh muerte, tu aguijón?
Mientras respiramos con gran tristeza el aire sombrío de la
violencia que, como efluvios mortales, a cada momento emergen de
nuestras calles, no podemos menos que refugiarnos en la brisa limpia y
fresca de las celebraciones de nuestra Iglesia, que nos hablan de
resurrección y de vida: “yo he venido para que tengan vida y la
tengan en plenitud” (Jn. 10,10). Dios Padre Creador nos regaló la
vida y nosotros no hacemos sino despreciarla, maltratarla e incluso
destruirla.
¿Qué podemos hacer ante el aborto, el homicidio, el ajuste de
cuentas, la delincuencia organizada, los secuestros, el abuso de
menores, la prostitución, la violencia en los hogares, los niños de
la calle? Los más indignante es la ineficacia de los cuerpos
policiales, la apatía o anuencia del poder judicial, la casi total
impunidad de los que abusan de su poder o delinquen. En verdad que
provoca decir: “aquí no se puede vivir”. Y sin embargo es
necesario vivir, no podemos renunciar a luchar; ni siquiera podemos
claudicar o pensar que no se puede hacer nada. Mucho menos unirnos a
los malos aunque sólo sea con la excusa de una ineludible defensa
propia.
Para un cristiano el grito: “¡Cristo ha resucitado, aleluya!”
significa que la vida ha vencido a la muerte: “¡Qué victoria tan
grande! La muerte ha sido devorada. ¿Dónde está, oh muerte, tu
victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? El aguijón de la
muerte es el pecado, y la Ley lo hacía más poderoso. Pero demos
gracias a Dios que nos da la victoria por medio de Cristo Jesús,
nuestro Señor. Así, pues, hermanos míos muy amados, manténganse
firmes y no se dejen conmover. Dedíquense a la obra del Señor en
todo momento, conscientes de que con él no será estéril su trabajo”
(I Cor 15,54-58). Es cierto que la victoria plena queda emplazada para
la vida eterna y sobre todo para la resurrección final, pero el
cristiano tiene muchos motivos para confiar en la vida, para creer en
la vida, para luchar en la vida y por la vida. Dios nos creó por amor
y nos hizo a su imagen. Esta es la razón más grande de la dignidad
de todo hombre. Nos puso en la tierra para desempeñar una misión
hermosa aunque difícil. Pero Él nos ha fortalecido e iluminado por
Cristo y en Cristo que se ha convertido, desde su encarnación, en el
compañero de camino del hombre. Una de esas labores primordiales para
todo cristiano es precisamente promover con su palabra y sobre todo
con su testimonio “la cultura de la vida”. Es una visión
profundamente optimista que valora la vida desde la concepción hasta
la muerte natural, como un don inmenso de Dios que debe ser protegido,
respetado, custodiado por encima de cualquier otro beneficio material
o físico.
A pesar del ataque continuo contra la vida que padecemos,
desgraciadamente protagonizado por las programaciones televisivas que
deberían ser defensoras de la vida, siempre hay fundamentos sólidos
para la esperanza. La gente no está contenta con la violencia y eso
revela un deseo de paz. Hay mucha negatividad en el ambiente social y
familiar; sin embargo cuando comparto con los niños en las escuelas,
los veo reír y jugar con ilusión; cuando comparto con los jóvenes
bromeo con ellos disfrutando de su alegría entusiasta. He visto
también a los enfermos sonreír y llorar de alegría. Descubro en mi
camino muchas personas generosas deseosas de dar algo de sí mismas,
de vivir para los demás, de descubrir el designio de Dios sobre sus
vidas, de dejar atrás egoísmos y errores de sus vidas (a veces muy
grandes) y cambiar para bien. Veo personas que oran con fe profunda,
que aman de veras y que desean entregarse. Estoy convencido de que
todos podemos hacer mucho bien a nuestro alrededor: una palabra de
aliento, una sonrisa sincera, un gesto de verdadera estima, una mano
tendida, un corazón dispuesto a comprender y perdonar, a sacrificarse
por el otro. Puede sonar muy poético, pero no olvidemos que la
poesía es mucho más apta para expresar las realidades humanas
interiores y profundas que los razonamientos filosóficos o
científicos.
El desánimo es una tentación peligrosísima porque anula nuestra
capacidad de reacción. El amor es activo e inquieto, se rebela contra
la injusticia y la muerte porque cree en la vida. La perseverancia es
una de las virtudes más destacadas de los triunfadores. Tengamos
paciencia que es “la ciencia de permanecer en paz” (paz-ciencia),
en medio de las dificultades. La paz es un don de Cristo resucitado
para tenerlo es preciso ser cristiano. Gracias a Dios yo lo soy.