La Torre de Babel y las torres de la “Gran Manzana”

Roberto Fernández Iglesias

El ataque suicida del 11 de septiembre cumple su primer aniversario. Una fecha que ha cambiado la orientación de muchas cosas en la historia del planeta. Un año no es nada en la vida de la humanidad, pero nos ha hecho sentir la vida mucho más amenazada y vulnerable en este mundo asimétrico y desigual en que nos ha tocado vivir.

El ataque suicida del 11 de septiembre cumple su primer aniversario. Una fecha que ha cambiado la orientación de muchas cosas en la historia del planeta. Un año no es nada en la vida de la humanidad, pero nos ha hecho sentir la vida mucho más amenazada y vulnerable en este mundo asimétrico y desigual en que nos ha tocado vivir.
Oriana Fallaci, en su libro La rabia y el orgullo, que ella misma ha considerado como un sermón dirigido al mundo occidental, hace un arreglo de cuentas con estos terroristas del Islam que matan cobardemente a inocentes, so pretexto de combatir al gran Satán. Lo hace bien con su estilo de periodista de trinchera, más allá del bien y del mal. Y se salta, a la torera, el buen tono de lo “politically correct” y el cálculo intelectualoide de los que se autoparalizan en nombre de la identidad cultural. Lo hace además con la autoridad de la que ha arriesgado su vida mil veces por informar de la realidad, desde el corazón de tantas guerras. El libro gusta y disgusta porque rompe una lanza a favor de los americanos, víctimas de ese odio prejuicioso de la izquierda internacional. Toca fibras muy sensibles y, si conviene leerla, hay que hacerlo con la hermenéutica de la carga emocional con que escribió el libro, ella que está autoexiliada en la ‘Gran Manzana’, a pocos metros del apocalipsis brutal. Dice, entre otras cosas, que Occidente, por su oportunismo, está al borde del suicidio cultural sin reaccionar ante la invasión creciente y camuflada del mundo musulmán, ideas muy solemnes que hay que manejar con la liturgia serena de un pensamiento más racional.
El conflicto de las torres gemelas del World Trade Center contiene mucho del simbolismo de la torre de Babel, la torre que expresaba el deseo de los hombres de llegar al cielo, de desafiarlo, incluso con su técnica y que acabó dividiendo, dispersando a todos por un mundo de soledades pobladas de aullidos. Mucha sangre de Caín tiene la humanidad pecadora a la que pertenecemos todos. Nos sobrecogen las palabras del manual de los terroristas Al-Qaida: “Nunca en el pasado y nunca en el futuro se ha creado o se creará un reino islámico mediante negociaciones pacíficas y la colaboración entre organismos. Los reinos islámicos ser crean con pluma y el fusil. Y con la palabra y la bala. Y con la lengua y el diente...”
Y, por eso, cada generación llena su buen odre de lágrimas. Lágrimas de dolor, de rabia, de arrepentimiento también. Sería hermoso que en estos momentos del aniversario doloroso, se impusieran las lágrimas de arrepentirnos juntos y de invocar al Dios de la misericordia para que el perdón venza al odio y la indulgencia prevalezca sobre el deseo de venganza. Necesitaríamos quizá, que Bush cambiara su discurso belicista y que las Naciones Unidas instalaran mesas para dialogar entre Oriente y Occidente, entre el Norte y el Sur. No deben morirse las utopías.
Del belicismo, a mí me parece, modestamente, que como cristianos estamos en las antípodas de tal manera de pensar. Debemos recordar las palabras de Jesús cuando Pedro lo defendió con su espada, en el Huerto de los Olivos de la Ciudad Santa: “Mete la espada en su vaina, porque el que a hierro mata a hierro muere”. Es lo que estamos viendo en esta creciente escalada bélica mundial. La política del ojo por ojo y diente por diente, lejos de solucionar nada, lo encona todo en un espiral de impredecibles consecuencias.
La guerra es mala y el mal sólo se supera con el bien, como nos enseñó Jesús. El dé la paz merecida a los inocentes mártires de la violencia en las torres gemelas.
Publicado en “HOY”, domingo 8 de septiembre. Quito - Ecuador

 

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