Sólo en el perdón se da la salud. El resentimiento y el rencor sólo
producen tristeza y desencanto, agresión y autodestrucción. Es el rumbo de
la muerte. El perdón es resurrección.
Es lo único verdaderamente nuevo.
El odio es lo viejo, lo decrépito, lo enfermizo.
Sólo en el perdón se da la salud. El resentimiento y el rencor
sólo producen tristeza y desencanto, agresión y autodestrucción. Es
el rumbo de la muerte. El perdón es resurrección.
Sólo en el perdón florece la alegría porque es una victoria en el
corazón. Y es también la sabiduría de no quedarse en la conducta
sino llegar a la persona.
El perdón es la buena noticia que se da al enemigo de creer, más
allá de su ofensa, en su buena voluntad. Es la capacidad de ascender
hasta el abrazo de reconciliación, por encima de los nubarrones de
agresión y desprecio.
Perdonar es dejarse invadir por la esperanza y dispararse hacia el
futuro, sin llevar el pasado como un lastre. Es la ruptura que se
establece con toda incomunicación, con toda indiferencia, con toda
indignación para hacer posible la común unión.
El perdón lo estrena todo otra vez y deja atrás los sepulcros del
aborrecimiento y la malevolencia. El perdón es vida e invitación a
vivir. A dejar atrás las ataduras e inaugurar la libertad.
Perdonar es decirle adiós a la soledad y buscar la compañía en
actitud de prójimo, cancelando la enemistad. El que perdona se regala
a sí mismo la alegría. Su mirada se cruza limpia con la del ofensor
y si él mismo ha ofendido, lleva en ella el resplandor que ofrece su
perdón.
Al que perdona ya no le interesa condenar. Ya no piensa en culpa
ajena ni pretende reivindicación. Está dispuesto a librar a quien lo
ha herido del dolor que le causaría su propia venganza.
La raíz profunda del perdón humano es quizá la experiencia del
perdón divino.
Es el perdonado quien perdona.
Es el que sabe que le dieron otra oportunidad, el que está
dispuesto a dársela a su hermano.
Por eso “si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed,
dale de beber” Esa actitud colocará carbones encendidos sobre su
ira y podrá empezar a encontrar su mejor yo, más allá de toda
ponzoña y acritud...
Quedarse en el resentimiento y la furia, tomar la actitud de enemigo
y ponerse al servicio del mal para generar sufrimiento y gozarse de la
desgracia ajena es solamente mezquindad.
Quien perdona y ofrece su perdón, invita a su enemigo a vivir
juntos la aventura gozosa de la reconciliación... Es condenar a
muerte al egoísmo y vivir, anticipadamente, el regocijo de la
resurrección...
Lo viejo, lo decrépito es el odio. Quien perdona se unge a sí
mismo con una novedad que se proyecta hacia lo eterno...