Precisamente por eso, porque Dios sabía que no era fácil para nosotros
penetrar en sus designios, quiso hablarnos con un lenguaje humano,
dirigirnos una palabra acomodada a nuestro entender.
Todos podemos comprender que ese Dios grande y bueno que nos regaló
la vida está cerca de nosotros, pues para El nada hay lejano o
escondido. Sin embargo nos resulta muy difícil comunicarnos con El,
conocer su voluntad, entender el sentido de muchas cosas para nosotros
misteriosas. Quisiéramos poder preguntarle a Dios que lo sabe todo,
pero la oración que dirigimos a Dios parece quedar sin respuesta. No
porque Dios no nos responda sino porque nosotros no sabemos cómo
escucharle.
Precisamente por eso, porque Dios sabía que no era fácil para
nosotros penetrar en sus designios, quiso hablarnos con un lenguaje
humano, dirigirnos una palabra acomodada a nuestro entender. Para ello
eligió en distintas épocas a hombres santos, amigos de Dios, a los
que comunicó su voluntad, su plan de salvación para que ellos lo
escribieran. Eligió un lugar, un pueblo que fuera el depositario de
su mensaje, de modo que después pudiese ser trasmitido a todos los
pueblos de la Tierra. Ese pueblo es el pueblo Judío (Israel) que
tiene su origen en un hombre llamado por Dios: Abraham. Otros grandes
personajes que Dios eligió y a los que comunicó su voluntad fueron:
Moisés, Samuel, los reyes David y Salomón, varios profetas como
Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel, etc.
Los libros que ellos y otros autores nos dejaron fueron considerados
por el pueblo judío como libros santos, que narraban los orígenes
del mundo y del hombre, la historia del Pueblo elegido y de la Alianza
que Dios hizo con su pueblo. En ellos está contenida una gran
promesa: Dios enviará un Salvador, un Mesías que restablecerá la
comunión entre Dios y los hombres rota por el pecado. Será una Nueva
Alianza definitiva y perfecta.
En Jesucristo se han cumplido las profecías contenidas en los
antiguos escritos sagrados. Su vida y enseñanza fue narrada en otros
cuatro libros llamados EVANGELIOS (que significa buena noticia) y sus
discípulos transmitieron sus enseñanzas de palabra y por medio de
otros escritos, sobre todo cartas a las comunidades cristianas.
Todos los libros que los judíos consideraron santos, se unieron a
los libros que narraban la vida y la enseñanza de Jesús transmitida
por sus discípulos. Los cristianos también los consideraron sagrados
y formaron con ellos un solo libro llamado: SANTA BIBLIA.
Para todo cristiano los libros de la Biblia fueron inspirados por
Dios. Es decir, Dios iluminó al escritor sagrado para que pusiera lo
que El quería que quedase escrito para nuestra salvación. El autor
escribía según su saber y según el conocía los hechos, pero era
iluminado por Dios en todo momento con una asistencia muy especial del
Espíritu Santo que llamamos inspiración.
En la Biblia tenemos la Palabra de Dios que nos ha sido comunicada
para nuestra salvación. Pero la Biblia no es un libro fácil de leer.
Esta escrita por varios autores que escribieron en tiempos diferentes,
hijos de una cultura distinta de la nuestra, en un tiempo muy lejano
del nuestro. Además tiene dos Alianzas. La que Dios hizo con el
pueblo judío (Antiguo Testamento) y la nueva Alianza con Jesucristo
(Nuevo Testamento). Las dos son válidas y complementarias, pero el
Antiguo es preparación del Nuevo, por eso el Nuevo es más perfecto y
más importante.
Para poder entender bien la Biblia hay que conocerla completa e
intentar comprender lo que el autor quiso decir cuando la escribió.
Por eso necesitamos un guía, alguien autorizado que nos ayude a
entender su sentido profundo. La Iglesia Católica que heredó de los
apóstoles la Sagrada Escritura y la Tradición sobre la fe de los
cristianos, que la custodió para que no se perdiera ni se cambiará,
es la única que ha recibido esa autoridad, pues es la única que
procede directamente de los apóstoles cuyos sucesores son el Papa y
los obispos.
Pretender entender la Biblia por si mismo, aun confiando en la
asistencia del Espíritu Santo, es presuntuoso, y es una de las
razones de que se hayan difundido muchas interpretaciones,
asombrosamente distintas, de la misma Sagrada Escritura. El mismo acto
de fe que me lleva a confiar en las palabras escritas en la Biblia me
conduce a confiar en la autoridad de quienes han recibido en la
Iglesia la misión de interpretarla.