Ante nuestros males, la esperanza cristiana

Prisciliano Hernández Chávez

El justo sufre; tiene que apoyarse en el Padre para ser dichoso, una vez soportada la prueba: pobreza, llanto, hambre, persecución, calumnia, violencia, injusticia, viene la recompensa: consuelo, paz, misericordia, visión de Dios, felicidad.

 Son muchos los males que nos agobian. Baste hojear un periódico, escuchar un noticiero radiofónico o seguir las malas nuevas por los noticieros televisivos: la guerras de sordos y de sangre; conflictos de sospechas y mutuas descalificaciones; que si la macroeconomía globalizante excluye a las dos tercias partes de la humanidad; que si el crimen nada en la impunidad por tecnicismos legales; que si se puede o no discutir los derechos de por sí inalienables de los nonatos; que si los desastres ecológicos, familiares, educacionales, físicos, psicológicos… El homo miserabilis recorre nuestro horizonte cultural del tercer milenio. En fin, noticias de la Ciudad de Caín cuyo espíritu campea errante por los siglos y sentó sus reales en la inmediatez cotidiana de la economía, de las leyes, de los usos y costumbres y en todo corazón que sospecha de la bondad del Mensaje y Mensajero de las Bienaventuranzas.
En estas circunstancias, el salmo 40 golpea nuestro corazón y hace vibrar nuestros labios: “En el Señor puse toda mi esperanza…dichoso el hombre que se acoge a El”.
La esperanza tomada en general es la virtud del deseo que tiende al bien afrontando con paz y confianza todas las dificultades a través del tiempo en horizonte de futuro.
En los pequeños deseos se encuentran las pistas para discernir los más profundos, los del espíritu; así el instinto de fecundidad lleva a formar una familia y a emprender la maravillosa tarea de entregar la vida en la comunidad de amor abierta a la gran Ciudad de Dios y de los futuros comensales del Reino de los Cielos. El deseo de la verdad nos lleva a su búsqueda amorosa y constante hasta poderla compartir en la cultura o a ofrecerla en los más variados centros docentes con metodología y competencia: Dios nos ha creado para la verdad; pero sólo se regala a los que la buscan y comparten. Dios nos ha creado para la amistad; “nadie puede vivir sin un amigo”, sentenció Aristóteles y la Sagrada Escritura nos dice que “no es bueno que el hombre esté solo”, luego es parte sustantiva de nuestra condición de personas imagen y semejanza de Dios y de aquí la regla de oro ofrecida como un tesoro para los discípulos de Jesús: “amaos”.
El deseo del bien es la fuerza de gravitación espiritual de manera que desarrolla en nosotros la capacidad de acoger lo bueno en toda su amplitud sin límite alguno y de modo progresivo nos permite relativizar la riqueza, los honores, el placer, en pos de la virtud, de la ciencia, de lo supremo, la comunión con el bien de bienes: Dios. Aquí se enraiza el deseo primordial de felicidad trascendente, libre de engaños. Contiene el coraje de ser y de obrar aceptando los riesgos de la vida y las aflicciones. Esto no se consigue sin la intervención de Dios.
El mensaje y el mensajero de la Esperanza, son las Bienaventuranzas y su Profeta, el Siervo Doliente, Jesús. Son promesa y ya regalo.
El justo sufre; tiene que apoyarse en el Padre para ser dichoso, una vez soportada la prueba: pobreza, llanto, hambre, persecución, calumnia, violencia, injusticia, viene la recompensa: consuelo, paz, misericordia, visión de Dios, felicidad .
Cristo es el Hijo de la promesa y la promesa misma, “el misterio escondido en Dios desde toda la eternidad”; vendrá su Anunciación, su Encarnación, su Nacimiento, su Ministerio Profético. Después, la prueba para todos: para el Hijo, para la Madre, para los Discípulos; pasión, abandono, agonía, cruz y muerte. Es el misterio del dolor compartido, acontecimiento desgarrador, para asumir todos los abandonos y los sufrimientos de la humanidad: se humilló hasta la muerte y muerte de Cruz -El Hijo amado del Padre-, “no hay dolor como mi dolor”-la Madre, asociada eminentemente a la agonía del Hijo-, la tristeza desgarradora de los discípulos, “nosotros pensábamos”. Vendrá después la recompensa al Hijo, “por eso Dios (Padre) lo resucitó y le dio un nombre que está sobre todo nombre…”; María Santísima, la Madre del Resucitado, Asunta al Cielo en cuerpo y alma, porque creyó será dichosa; con María, los Apóstoles experimentarán el gozo del Resucitado, singularmente en Pentecostés, cosecha de la esperanza.
Ante los males, nuestra esperanza cristiana nace en navidad y epifanía; es probada en la cuaresma de la vida, en nuestros calvarios; recibe su recompensa litúrgica en la Pascua y Pentecostés, en el gozo del Resucitado y en la efusión del Espíritu Santo, como anticipo de la plenitud escatológica, cuando serán enjugadas nuestras lágrimas y nuestro deseo transformado en esperanza: viviremos los cielos nuevos y la tierra nueva, cuando el todo de Dios sea nuestro todo.
Por la esperanza apoyada en la resurrección, el triunfo es nuestro. Nuestra esperanza en Cristo, es expectativa en acto, consuelo, fortaleza y acicate: ante los males, la fe en Cristo abandonado, muerto y resucitado, como soporte de lo que esperamos. Y el Espíritu y la Esposa (la Iglesia) dicen, “maranathtá, ven Señor, ven Señor Jesús”.
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