"Mortalium animos"
ENCÍCLICA PONTIFICIA S.S. PIO XI
AVISO. La presente Encíclica que tienes en tus manos, amigo lector, es
una verdadera e inapreciable joya. Es como un "Stradivarius" en el
campo de la música: Única e irrepetible. Por muchas librerías religiosas
que visites, por muchas colecciones de documentos pontificios que busques,
por mucho que hojees los actuales Enquiridium o Dezinger -¡COSA
INEXPLICABLE!- no encontrarás en ninguna parte este valioso documento del
Magisterio Pontificio. POR FAVOR, LÉELA CON DETENIMIENTO Y GUÁRDELA COMO
ORO EN PAÑO. ¡MERECE LA PENA! Miguel Rivilla San Martín.
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- AVISO. La presente Encíclica que tienes en tus manos, amigo
lector, es una verdadera e inapreciable joya. Es como un
"Stradivarius" en el campo de la música: Única e
irrepetible. Por muchas librerías religiosas que visites, por muchas
colecciones de documentos pontificios que busques, por mucho que
hojees los actuales Enquiridium o Dezinger -¡COSA
INEXPLICABLE!- no encontrarás en ninguna parte este valioso documento
del Magisterio Pontificio. POR FAVOR, LÉELA CON DETENIMIENTO Y GUÁRDELA
COMO ORO EN PAÑO. ¡MERECE LA PENA!
- Miguel Rivilla San Martín.
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- ENCÍCLICA PONTIFICIA "MORTALIUM
ANIMOS" de S.S. PIO XI
- 6 de enero de 1928
- Acerca de cómo se ha de fomentar la
verdadera unidad religiosa
- Venerables Hermanos: salud y bendición apostólica.
- 1.Ansia universal de paz y fraternidad.
- Nunca quizás como en los actuales tiempos se ha apoderado del
corazón de todos los hombres un tan vehemente deseo de fortalecer y
aplicar al bien común de la sociedad humana los vínculos de
fraternidad que, en virtud de nuestro común origen y naturaleza, nos
unen enlazan a unos con otros.
- Porque no gozando todavía las naciones plenamente de los dones de
la paz, antes al contrario, estallando en varias partes discordias
nuevas y antiguas, en forma de sediciones y luchas civiles y no
pudiéndose además dirimir las controversias, harto numerosas, acerca
de la tranquilidad y prosperidad de los pueblos sin que intervengan en
el esfuerzo y acción concordes de aquellos que gobiernan los Estados,
y dirigen y fomentan sus intereses, fácilmente se echa de ver –mucho
más conviniendo todos en la unidad del género humano-, por qué son
tantos los que anhelan ver a las naciones cada vez más unidas entre
sí por esta fraternidad universal.
- 2. La fraternidad en religión. Congresos ecuménicos.
- Cosa muy parecida se esfuerzan algunos por conseguir en lo que toca
a la ordenación de la nueva ley promulgada por Jesucristo Nuestro
Señor. Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo
sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no
será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en
materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de
algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida
espiritual. Con tal fin suelen estos mismos organizar congresos,
reuniones y conferencias, con no escaso número de oyentes, e invitar
a discutir allí promiscuamente a todos, infieles de todo género, a
cristianos y hasta aquellos que apostataron miserablemente de Cristo o
con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión.
- 3.Los catòlicos no pueden aprobarlo
- Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación
de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de
los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia,
buenas y laudables, pues aunque de distinto modo, todas nos demuestran
y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que
somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio.
- Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino
también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto
esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de
donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y
tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios.
- 4. Otro error. La unión de todos los cristianos. Argumentos falsos.
- Pero donde con falaz apariencia de bien se engañan más fácilmente
algunos, es cuando se trata de fomentar la unión de todos los
cristianos. ¿Acaso no es justo –suele repetirse- y no es hasta
conforme con el deber, que cuantos invocan el nombre de Cristo se
abstengan de mutuas recriminaciones, y se unan por fin un día con
vínculos de mutua caridad? ¿Y quién se atreverá a decir que ama a
Jesucristo, sino procura con todas sus fuerzas realizar los deseos que
Él manifestó al rogar a su Padre que sus discípulos fuesen una sola
cosa? (Jn. 17, 21). Y el mismo Jesucristo ¿por ventura no quiso que
sus discípulos se distinguiesen y diferenciasen de los demás por
este rasgo y señal de amor mutuo: En esto conocerán todos que sois
mis discípulos, en que os améis unos a otros? (Jn. 13, 35). ¡Ojalá
-añaden- fuesen una sola cosa todos los cristianos! Muchos más
podrían hacer para rechazar la peste de la impiedad, que,
deslizándose y extendiéndose cada vez más, amenaza debilitar el
Evangelio.
- 5. Debajo de esos argumentos se oculta un error gravísimo.
- Estos y otros argumentos parecidos divulgan y difunden los llamados
“pancristianos”; los cuales, lejos de ser pocos en número, han
llegado a formar legiones y a agruparse en asociaciones ampliamente
extendidas, bajo la dirección, las más de ellos de hombres
católicos, aunque discordes entre sí en materia de fe.
- 6. La verdadera norma de esta materia.
- Exhortándonos, pues, la conciencia de Nuestro deber a no permitir
que la grey del Señor sea sorprendida por perniciosas falacias,
invocamos vuestro celo, Venerables Hermanos, para evitar mal tan
grave, pues confiamos que cada uno de vosotros, por escrito y de
palabra, podrá más fácilmente comunicarse con el pueblo y hacerle
entender mejor los principios y argumentos que vamos a exponer, y en
los cuales hallarán los católicos la norma de lo que deben pensar y
practicar en cuanto se refiere al intento de unir de cualquier manera
en un solo cuerpo a todos los hombres que se llaman católicos.
- 7. Sólo una Religión puede ser verdadera: la revelada por Dios.
- Dios, Creador de todas las cosas, nos ha creado a los hombres con el
fin de que le conozcamos y le sirvamos. Tiene, pues, nuestro Creador
perfectísimo derecho a ser servido por nosotros. Pudo ciertamente
Dios imponer para el gobierno de los hombres una sola ley, la de la
naturaleza, ley esculpida por Dios en el corazón del hombre al
crearle: y pudo después regular los progresos de esa misma ley con
sólo su providencia ordinaria. Pero en vez de ella prefirió dar Él
mismo los preceptos que habíamos de obedecer; y en el decurso de los
tiempos, esto es desde los orígenes del género humano hasta la
venida y predicación de Jesucristo, enseñó por Sí mismo a los
hombres los deberes que su naturaleza racional les impone para con su
Creador. “Dios, que en otro tiempo habló a nuestros padres en
diferentes ocasiones y de muchas maneras, por medio de los Profetas,
nos ha hablado últimamente por su Hijo Jesucristo (Heb. 1, 1-2). Por
donde claramente se ve que ninguna religión puede ser verdadera fuera
de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación
que comenzada desde el principio, y continuada durante la Ley Antigua,
fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva. Ahora
bien: si Dios ha hablado –y que haya hablado lo comprueba la
historia- es evidente que el hombre está obligado a creer
absolutamente la revelación de Dios. Y con el fin de que
cumpliésemos bien lo uno y lo otro, para gloria de Dios y salvación
nuestra, el Hijo Unigénito de Dios fundó en la tierra su Iglesia.
- 8. La única Religión revelada es la de la Iglesia Católica.
- Así pues, los que se proclaman cristianos es imposible no crean que
Cristo fundó una Iglesia, y precisamente una sola. Más si se
preguntan cual es esa Iglesia conforme a la voluntad de su Fundador,
en esto ya no convienen todos. Muchos de ellos, por ejemplo, niegan
que la Iglesia de Cristo haya de ser visible, a lo menos en el sentido
de que deba mostrarse como un solo cuerpo de fieles, concordes en una
misma doctrina y bajo un solo magisterio y gobierno. Estos tales
entienden que la Iglesia visible no es más que la alianza de varias
comunidades cristianas, aunque las doctrinas de cada una de ellas sean
distinta
- Sociedad perfecta, externa, visible. Pero es lo cierto que Cristo
Nuestro Señor instituyó su Iglesia como sociedad perfecta, externa y
visible por su propia naturaleza, a fin de que prosiguiese realizando,
de allí en adelante, la obra de salvación del género humano, bajo
la guía de una sola cabeza (Mat. 16, 18; Lc. 22, 32; Jn.21, 15-17),
con magisterio de viva voz (Mc. 16, 15) y por medio de la
administración de los sacramentos (Jn. 3,5; 6, 49-59; 20, 23; Mt. 18,
18), fuente de la gracia divina; por eso en sus parábolas afirmó que
era semejante a un reino (Mt. 13, 24.31.33.44.47), a una casa, a un
aprisco (Jn. 10, 16), y a una grey (Jn. 21, 15-17). Esta Iglesia, tan
maravillosamente fundada, no podía ciertamente cesar ni extinguirse,
muertos su fundador y los Apóstoles que en un principio la
propagaron, puesto que a ella se la había confiado el mandato de
conducir a la eterna salvación a todos los hombres, sin excepción de
lugar ni de tiempo: “Id, pues, e instruid a todas las naciones”
(Mt. 28, 19). Y en el cumplimiento continuo de este oficio, ¿acaso
faltará a la Iglesia el valor ni la eficacia, hallándose
perpetuamente asistida con la presencia del mismo Cristo, que
solemnemente le prometió: “He aquí que Yo estaré siempre con
vosotros, hasta la consumación de los siglos”? (Mt. 28, 20). Por
tanto, la Iglesia de Cristo no sólo ha de existir necesariamente hoy,
mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que
fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir –y de ello
estamos muy lejos- que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su
propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno no
habían de prevalecer contra ella (Mt. 16, 18).
- 9. Un error capital del movimiento ecuménico en la pretendida
unión de Iglesias cristianas.
- Y aquí se nos ofrece ocasión de exponer y refutar una falsa
opinión de la cual parece depender toda cuestión, y en la cual tiene
su origen la múltiple acción y confabulación de los católicos que
trabajan, como hemos dicho, por la unión de las iglesias cristianas.
Los autores de este proyecto no dejan de repetir casi infinitas veces
las palabras de Cristo: “Sean todos una misma cosa... Habrá un solo
rebaño, y un solo pastor” (Jn. 17, 21; 10, 16), mas de tal manera
las entienden, que, según ellos, sólo significan un deseo y una
aspiración de Jesucristo, deseo que todavía no se ha realizado.
Opinan, pues, que la unidad de fe y de gobierno, nota distintiva de la
verdadera y única Iglesia de Cristo, no ha existido casi nunca hasta
ahora, y ni siquiera hoy existe: podrá, ciertamente, desearse, y tal
vez algún día se consiga, mediante la concorde impulsión de las
voluntades; pero entre tanto, habrá que considerarla solo como un
ideal.
- “La división” de la Iglesia. Añaden que la Iglesia, de suyo o
por su propia naturaleza, está dividida en partes; esto es, se halla
compuesta de varias comunidades distintas separadas todavía unas de
otras, y coincidentes en algunos puntos de doctrina, aunque
discrepantes en lo demás, y cada una con los mismos derechos
exactamente que las otras; y que la Iglesia sólo fue única y una, a
lo sumo desde la edad apostólica hasta tiempos de los primeros
Concilios Ecuménicos. Sería necesario pues –dicen-, que ,
suprimiendo y dejando a un lado las controversias y variaciones
rancias de opiniones, que han dividido hasta hoy a la familia
cristiana, se formule, se proponga con las doctrinas restantes una
norma común de fe, con cuya profesión puedan todos no ya
reconocerse, sino sentirse hermanos. Y cuando las múltiples iglesias
o comunidades están unidas por un pacto universal, entonces será
cuando puedan resistir sólida y fructuosamente los avances de la
impiedad...
- “Esto es así tomando las cosas en general, Venerables Hermanos;
mas hay quienes afirman y conceden que el llamado Profesionalismo ha
desechado demasiado desconsiderablemente ciertas doctrinas
fundamentales de la fe y algunos ritos del culto externo ciertamente
agradables y útiles, los que la Iglesia Romana por el contrario aún
conserva; añaden sin embargo en el acto, que ella ha obrado mal
porque corrompió la religión primitiva por cuanto agregó y propuso
como cosa de fe algunas doctrinas no sólo ajenas sino más bien
opuestas al Evangelio, entre las cuales se enumera especialmente el
Primado de jurisdicción que ella adjudica a Pedro y a sus sucesores
en la Sede Romana.
- En el número de aquellos, aunque no sean muchos, figuran también
los que conceden al Romano Pontífice cierto Primado de honor o alguna
jurisdicción o potestad de la cual creen, sin embargo, que desciende
no del derecho divino sino de cierto consenso de los fieles. Otros en
cambio aún avanzan a desear que el mismo Pontífice presida sus
asambleas las que pueden “multicolores”. Por lo demás, aun cuando
podrán encontrarse a muchos no católicos que predican a pulmón
lleno la unión fraterna en Cristo, sin embargo, hallarás pocos a
quienes se ocurre que han de sujetarse y obedecer al Vicario de
Jesucristo cuando enseña o manda y gobierna. Entre tanto aseveran que
están dispuestos a actuar gustosos en unión con la Iglesia Romana,
naturalmente en igualdad de condiciones jurídicas, o sea de iguales a
igual: mas si pudieran actuar no parece dudoso de que lo harían con
la intención de que un pacto o convenio por establecerse tal vez, no
fueran obligados a abandonar sus opiniones que constituyen aun la
causa por qué continúan errando y vagando fuera del único redil de
Cristo.
- 10. La Iglesia Católica no puede participar en semejantes uniones.
- Siendo todo esto así, claramente se ve que ni la Sede Apostólica
puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún
modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes
intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión
cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo.
- 11. La verdad revelada no admite transacciones.
- ¿Y habremos Nos de sufrir –cosa que sería por todo extremo
injusta- que la verdad revelada por Dios se rindiese y entrase en
transacciones? Porque de lo que ahora se trata es de defender la
verdad revelada. Para instruir en la fe evangélica a todas las
naciones envió Cristo por el mundo todo a los Apóstoles, y para que
éstos no errasen en nada, quiso que el Espíritu Santo les enseñase
previamente toda la verdad (Jn. 16, 13), ¿y acaso esta doctrina de
los Apóstoles ha descaecido del todo, o siquiera se ha debilitado
alguna vez en la Iglesia, a quien Dios mismo asiste dirigiéndola y
custodiándola? Y si nuestro Redentor manifestó expresamente que su
Evangelio no sólo era para los tiempos apostólicos, sino también
para las edades futuras, ¿habrá podido hacerse tan obscura e
incierta la doctrina de la Fe, que sea hoy conveniente tolerar en ella
hasta las opiniones contrarias entre sí? Si esto fuese verdad,
habría que decir también que el Espíritu Santo infundido en los
Apóstoles, y la perpetua permanencia del mismo Espíritu en la
Iglesia, y hasta la misma predicación de Jesucristo, habría perdido
hace muchos siglos toda utilidad y eficacia; afirmación que sería
ciertamente blasfema.
- 12. La Iglesia Católica depositaria infalible de la verdad.
- Ahora bien: el Hijo Unigénito de Dios mandó sus legados que
enseñasen a todas las naciones, impuso a todos los hombres la
obligación de dar fe a cuanto les fuese enseñado por los testigos
predestinados por Dios (Hch. 10, 41); obligación que sancionó de
este modo: el que creyere y fuere bautizado, se salvará; mas el que
no creyere será condenado (Mc. 16, 16). Pero ambos preceptos de
Cristo, uno de enseñar y otro de creer, que no pueden dejar de
cumplirse para alcanzar la salvación eterna, no pueden siquiera
entenderse si la Iglesia no propone, íntegra y clara la doctrina
evangélica y si al proponerla no está ella exenta de todo peligro de
equivocarse. Acerca de lo cual van extraviados también los que creen
que sin duda existe en la tierra el depósito de la verdad, pero que
para buscarlo hay que emplear tan fatigosos trabajos, tan continuos
estudios y discusiones, que apenas basta la vida de un hombre para
hallarlo y disfrutarlo: como si el benignísimo Dios hubiese hablado
por medio de los Profetas y de su Hijo Unigénito para que lo revelado
por éstos sólo pudiesen conocerlo unos pocos, y ésos ya ancianos; y
como si esa revelación no tuviese por fin enseñar la doctrina moral
y dogmática, por lo cual se ha de regir el hombre durante todo el
curso de su vida moral.
- 13. Sin fe, no hay verdadera caridad.
- Podrá parecer que dichos “pancristianos”, tan atentos a unir
las iglesias, persiguen el fin nobilísimo de fomentar la caridad
entre todos los cristianos. Pero, ¿cómo es posible que la caridad
redunde en daño de la fe? Nadie, ciertamente ignora que San Juan, el
Apóstol mismo de la caridad, el cual en su Evangelio parece
descubrirnos los secretos del Corazón Santísimo de Jesús, y que
solía inculcar continuamente a sus discípulos el nuevo precepto
Amaos los unos a otros, prohibió absolutamente todo trato y
comunicación con aquellos que no profesasen, íntegra y pura la
doctrina de Jesucristo: Si alguno viene a vosotros y no trae esta
doctrina, no lo recibáis en casa, y ni siquiera le saludéis (2 Jn.
vers. 10). Siendo, pues, la fe íntegra y sincera, como fundamento y
raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén
unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe.
- 14. Unión irrazonable.
- Por tanto, ¿cómo es posible imaginar una confederación cristiana,
cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materias de fe, conservar
su sentir y juicio propios aunque contradigan al juicio y sentir de
los demás? ¿Y de qué manera, si se nos quiere decir, podrían
formar una sola y misma Asociación de fieles los hombres que
defienden doctrinas contrarias, como, por ejemplo, los que afirman y
los que niegan que la Sagrada Tradición es fuente genuina de la
divina Revelación; los que consideran de institución divina la
jerarquía eclesiástica, formada de Obispos, presbíteros y
servidores del altar, y los que afirman que esa jerarquía se ha
introducido poco a poco por las circunstancias de tiempos y de cosas;
los que adoran a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía
por la maravillosa conversión del pan y del vino, llamada “transubstanciación”,
y los que afirman que el Cuerpo de Cristo está allí presente sólo
por la fe, o por el signo y virtud del Sacramento; los que en la misma
Eucaristía reconocen su doble naturaleza de sacramento y sacrificio,
y los que sostienen que sólo es un recuerdo o conmemoración de la
Cena del Señor; los que estiman buena y útil la suplicante
invocación de los Santos que reinan con Cristo, sobre todo de la
Virgen María Madre de Dios, y la veneración de sus imágenes, y los
que pretenden que tal culto es ilícito por ser contrario al honor del
único Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo? (1 Tim. 2, 5).
- 15. Resbaladero hacia el indiferentismo y el modernismo.
- Entre tan grande diversidad de opiniones, no sabemos cómo se podrá
abrir camino para conseguir la unidad de la Iglesia, unidad que no
puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y
de una sola fe de los cristianos. En cambio, sabemos, ciertamente, que
de esta diversidad de opiniones es fácil el paso al menosprecio de
toda religión o “indiferentismo”, o el llamado “modernismo”,
con el cual los que están desdichadamente inficionados, sostienen que
la verdad dogmática no es absoluta sino relativa, o sea,
proporcionada a las diversas necesidades de lugares y tiempos, y a las
varias tendencias de los espíritus, no hallándose contenida en una
revelación inmutable, sino siendo de suyo acomodable a la vida de los
hombres.
- Además, en lo que concierne a las cosas que han de creerse, de
ningún modo es lícito establecer aquella diferencia entre las
verdades de la fe que se llaman fundamentales y no fundamentales, como
gusta decir ahora, de las cuales las primeras deberían ser aceptadas
por todos, las segundas, por el contrario, podrían dejarse al libre
arbitrio de los fieles; pues la virtud de la fe tiene su causa formal
en la autoridad de Dios revelador que no admite ninguna distinción de
esta suerte. Por eso todos los que verdaderamente son de Cristo
prestarán la misma fe al dogma de la Madre de Dios concebida sin
pecado original, como, por ejemplo, al misterio de la Augusta
Trinidad; creerán con la misma firmeza en el Magisterio infalible del
Romano Pontífice, en el mismo sentido con que lo definiera el
Concilio Ecuménico del Vaticano, como en la Encarnación del Señor.
- No porque la Iglesia sancionó con solemne decreto y definió las
mismas verdades de un modo distinto en diferentes edades o en edades
poco anteriores han de tenerse por igualmente ciertas ni creerse del
mismo modo. ¿No las reveló todas Dios?
- Pues el Magisterio de la Iglesia, el cual, por designio devino fue
constituido en la tierra a fin de que las doctrinas reveladas
perdurasen incólumes para siempre y legasen con mayor facilidad y
seguridad al conocimiento de los hombres aun cuando el Romano
Pontífice y los Obispos que viven en unión con él, lo ejerzan
diariamente, se extiende, sin embargo, al oficio de proceder
oportunamente con solemnes ritos y decretos a la definición de alguna
verdad, especialmente entonces cuando a los errores e impugnaciones de
los herejes deben más eficazmente oponerse o inculcarse en los
espíritus de los fieles, más clara y sutilmente explicados, puntos
de la sagrada doctrina.
- Mas por ese ejercicio extraordinario del Magisterio no se introduce,
naturalmente, ninguna invención, ni se añade ninguna novedad al
acervo de aquellas verdades que en el depósito de la revelación,
confiado por Dios a la Iglesia, no estén contenidas, por lo menos
implícitamente, sino que se explican aquellos puntos que tal vez para
muchos aún parecen permanecer oscuros o se establecen como cosas de
fe los que algunos han puesto en tela de juicio.
- 16.La única manera de unir a todos los cristianos.
- Bien claro se muestra, pues, Venerables Hermanos, por qué esta Sede
Apostólica no ha permitido nunca a los suyos que asistan a los
citados congresos de acatólicos; porque la unión de los cristianos
no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno a los
disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un
día desdichadamente se alejaron. A aquella única y verdadera Iglesia
que todos ciertamente conocen, y que por voluntad de su Fundador debe
permanecer siempre tal cual. Él mismo la fundó para la salvación de
todos. Nunca, en el transcurso de los siglos, se contaminó esta
mística Esposa de Cristo, ni podrá contaminarse jamás, como dijo
bien San Cipriano: No puede adulterar la Esposa de Cristo; es
incorruptible y fiel. Conoce una sola casa y custodia con casto pudor
la santidad de una sola estancia. Por eso se maravillaba con razón el
santo Mártir de que alguien pudiese creer que esta unidad, fundada en
la divina estabilidad y robustecida por medio de celestiales
sacramentos, pudiese desgarrarse en la Iglesia, y dividirse por el
disentimiento de las voluntades discordes. Porque siendo el cuerpo
místico de Cristo, esto es, la Iglesia, uno,(1 Cor. 12, 12) compacto
y conexo (Ef. 4, 15), lo mismo que su cuerpo físico, necedad es decir
que el cuerpo místico puede constar de miembros divididos y
separados; quien, pues, no está unido con él no es miembro suyo, ni
está unido con su cabeza, que es Cristo (Ef. 5, 30; 1, 22).
- 17. La obediencia al Romano Pontífice.
- Ahora bien, en esta única Iglesia de Cristo nadie vive y nadie
persevera, que no reconozca y acepte con obediencia la suprema
autoridad de Pedro y de sus legítimos sucesores.¿No fue acaso Obispo
de Roma a quien obedecieron, como sumo Pastor de las almas, los
ascendientes de aquellos que hoy yacen anegados en los errores de
Focio, y de otros novadores?. Alejáronse ¡ay! Los hijos de la casa
paterna, que no por eso se arruinó ni pereció, sostenida como está
perpetuamente por el auxilio de Dios. Vuelvan, pues al Padre común,
que olvidando las injurias inferidas ya a la Sede Apostólica, los
recibirá amantísimamente. Porque, si, como ellos repiten, desean
asociarse a Nos y a los Nuestros, ¿por qué no se apresuran a venir a
la Iglesia, madre de todos los fieles de Cristo? (IV Concilio de
Letrán, XII Ecuménico; Dz. 436). Oigan cómo clamaba en otro tiempo
Lactancio: Sólo la Iglesia Católica es la que conserva el culto
verdadero. Ella es la fuente de la Verdad, la morada de la Fe, el
templo de Dios; quienquiera que en él no entre o de él salga,
perdido ha la esperanza de vida y salvación, menester es que nadie se
engañe a sí mismo con pertinaces discusiones. Lo que aquí se
ventila es la vida y la salvación; a la cual si no se atiende con
diligente cautela, se perderá y se extinguirá (Div. Inst. 4, 30).
- 18. Llamamiento a las sectas disidentes.
- Vuelvan, pues, a la Sede Apostólica, asentada en esta ciudad de
Roma, que consagraron con su sangre los Príncipes de los Apóstoles
San Pedro y San Pablo, a la Sede raíz y matriz de la Iglesia
Católica (S. Cipr. Carta 38 a Cornelio 3.); vuelvan los hijos
disidentes, no ya con el deseo y la esperanza de que la Iglesia de
Dios vivo, la columna y el sostén de la verdad (1 Tim. 3, 15) abdique
de la integridad de su fe, y consienta los errores de ellos, sino para
someterse al magisterio y al gobierno de ella. Pluguiese al Cielo
alcanzásemos felizmente Nos, lo que no alcanzaron tantos predecesores
Nuestros: el poder abrazar con paternales entrañas a los hijos que
tanto nos duele ver separados de Nos por una funesta división.
- Plegaria a Cristo y María.
- Y ojalá Nuestro Divino Salvador, el cual quiere que todos los
hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2, 4),
oiga Nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar a la unidad
de la Iglesia a cuantos están separados de ella.
- Con este fin, sin duda importantísimo, invocamos y queremos que se
invoque la intercesión de la Bienaventurada Virgen María, Madres de
la Divina Gracia, debeladora de todas las herejías y Auxilio de los
cristianos, para que cuanto antes nos alcance la gracia de ver
alborear el deseadísimo día en que todos los hombres oigan la voz de
su divino Hijo, y conserven la unidad del Espíritu Santo con el
vínculo de la paz Ef. 4, 3).
- 19. Conclusión y Bendición Apostólica.
- Bien comprenderéis, Venerables Hermanos, cuánto deseamos Nos este
retorno, y cuánto anhelamos que así lo sepan todos Nuestros hijos,
no solamente los católicos, sino también los disidentes de Nos; los
cuales, si imploran humildemente las luces del cielo, reconocerán,
sin duda, a la verdadera Iglesia de Cristo, y entrarán, por fin, en
su seno, unidos con Nos en perfecta caridad. En espera de tal suceso,
y como prenda y auspicio de los divinos favores, y testimonio de
Nuestra paternal benevolencia, a vosotros, Venerables Hermanos, y a
vuestro Clero y pueblo, os concedemos de todo corazón la Apostólica
Bendición.
- Dado en San Pedro de Roma el día 6 de enero, fiesta de la
Epifanía de Nuestro Señor Jesucristo, el año 1928, sexto de Nuestro
Pontificado.
- Pío Papa XI
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