El signo del celibato
José Ignacio Munilla Aguirre
La experiencia demuestra que cada vez que se destapa algún escándalo
en la vivencia de la sexualidad dentro de la Iglesia, la mayoría de los
comentarios terminan confluyendo en un ataque al celibato, como si éste
fuese la causa de todo lo acontecido.
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- La experiencia demuestra que cada vez que se destapa algún
escándalo en la vivencia de la sexualidad dentro de la Iglesia, la
mayoría de los comentarios terminan confluyendo en un ataque al
celibato, como si éste fuese la causa de todo lo acontecido. Se
afirma que "no cabe ir contra la naturaleza"; y, en
consecuencia, se estima que la virginidad por el reino de los cielos
es un ideal inalcanzable; e, incluso, contraproducente.
- La incompresión en torno al celibato se acentúa más si cabe en
nuestra cultura "practicista", en la que se tiende a
sobrevalorar el "hacer", en detrimento del "ser".
Lo importante son los resultados, la eficacia... y poco importan otras
consideraciones. Cuando asumidos estos valores sin el debido
discernimiento sobrenatural, ocurre que la misma concepción de la
evangelización se puede ver reducida a un mero "decir" y
"hacer", olvidando que lo esencial no es otra cosa que
"ser signos de Cristo" ante el mundo. Es cierto que en todo
aquello que digamos y hagamos estaremos siendo signos de Cristo, pero
no cabe duda de que de la abundancia del corazón hablará la boca; y
que los frutos están en estrecha relación con el árbol (Mt 7, 17).
- El sentido definitivo del celibato o la virginidad por el reino de
los cielos es el de ser signo de la unión esponsal con Dios a la que
la humanidad entera está llamada (Mt 22, 23-30); y, en segundo lugar,
este signo esponsal capacita a los consagrados para una entrega plena
al servicio del reino de Dios.
- No es de extrañar que, periódicamente, vuelvan a desatarse las
polémicas en esta cuestión, ya que el signo del celibato es
percibido como una "provocación" ante una sociedad hija de
la "revolución sexual"; en la cual, primero se produjo la
disociación del amor y la procreación, posteriormente vino el
divorcio entre sexualidad y amor, y finalmente estamos asistiendo a
una desintegración de la sexualidad y la propia personalidad. Y,
paralelamente a todo este proceso que se ha ido concatenando en los
últimos 40 años, la vida consagrada ha testificado de forma
inexorable que:
- El amor por su propia naturaleza está abierto a la trasmisión de
la vida. No es casusalidad que popularmente se haya utilizado el
término "padre" o "madre" para designar a los
célibes por el reino de los cielos. La vocación a la virginidad no
tendría sentido si no se tradujese en la fecundidad espiritual.
- La sexualidad está al servicio de la comunicación del amor; de
forma que la renuncia al ejercicio de la sexualidad es la consecuencia
lógica de quien ha recibido la vocación de desposarse ya en esta
vida con Dios.
- La sexualidad esta plenamente integrada en la personalidad del
hombre y de la mujer, hasta el punto de configurarnos espiritualmente.
En efecto, la religiosa se desposa con Jesucristo, mientras que el
sacerdote se desposa con la Iglesia, tal y como lo hizo Cristo, con
quien el sacerdocio nos configura de una forma especial.
- Es normal, por lo tanto, que el signo del celibato resulte
"escandaloso" cuando es vivido en un contexto cultural de
revolución sexual; al igual que en la historia de la Iglesia la
pobreza evangélica siempre ha irritado a quienes son fieles súbditos
del dios dinero. Tenemos que asumirlo, y prepararnos para momentos de
incomprensión más duros todavía, si cabe. Cada vez que algúna
noticia de infidelidad celibataria se hace pública, muchos hombres de
bien sufren confundidos, otros se frotan las manos sintiéndose
justificados; y sin embargo, cualquiera que se haya asomado a la
experiencia de la santidad de Dios y de la debilidad humana, debiera
entender que el "signo", aunque necesario, se queda siempre
muy corto ante el misterio que está llamado a "significar".
- En las críticas sostenidas contra el celibato, se ha argumentado
también que es injusto obligar a abrazar el celibato a quien quiera
elegir el sacerdocio. No podemos por menos de apreciar en este
planteamiento una falta de visión de fe. Se ignoran las palabras de
Cristo: "no sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino
que yo os he elegido a vosotros" (Jn 15, 16). Es decir, el
sacerdocio no es una "opción", sino una
"vocación", una llamada de Dios. En consecuencia, el
sacerdocio, antes de ser una forma de vida, es un don para la
identificación con Jesucristo. La clave está aquí: La infidelidad
celibataria no es más que una manifestación de una crisis
espiritual. El celibato opcional no acabaría con los escándalos,
sino que a lo más podría conllevar otras modalidades: adulterios,
rupturas, maltratos, incestos, etc... Posiblemente, no valoramos
suficientemente hasta qué punto el celibato nos preserva a todos de
un acceso poco vocacionado al sacerdocio. El cuestionamiento del
celibato está ligado a una concepción del sacerdocio entendida más
como "opción de vida" que como "respuesta a la
llamada" de Jesucristo.
- Aunque es cierto que el celibato es una ley eclesiástica, en honor
a la verdad hemos de añadir que es del todo improbable que sea
modificada, ya que la evolución de esta norma en la historia de la
Iglesia ha tendido siempre a adecuarse al ideal evangélico. ¡Cómo
olvidar que Cristo, el modelo sacerdotal en el que queremos
reflejarnos, fue célibe, y que en sus palabras exigentes,
reiteradamente pidió la disposición a una renuncia plena en su
seguimiento (Lc 18, 29; Mt 19,12)! Incluso en aquellas iglesias donde
existe la tradición del celibato opcional, si bien es cierto que se
permite el acceso del casado al sacerdocio, en ningún caso se permite
al sacerdote casarse, lo cual es muy significativo en orden a
reconocer la máxima conveniencia del celibato con el ideal
evangélico del sacerdocio. Así lo entendió y expresó Pablo VI en
la encíclica "Sacerdotalis Celibatus" publicada en 1968;
por cierto, el año que algunos analistas designan, como el boom de la
"revolución sexual".
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