La comunicación es un arte a travez del cual podemos llevar
mensajes a los demás. Pero para que ese mensaje que queremos
transmitir llegue, a los que nos oyen en una forma clara y
precisa, es necesario que usemos los términos correctos.
A veces, no le damos gran importancia a las palabras que vamos a
usar, porque en el comun hablar nos entendemos. Sin embargo, así
no debe ser, porque los vocablos tienen significados diferentes.
Los cristianos católicos muchas veces confundimos la expresión
"Decir la Misa" con "Celebrar la Misa", y
usamos tanto una como la otra para significar lo mismo.
En realidad "Decir la Misa" no es lo mismo que
"Celebrar la Misa", porque "Decir La Misa significa
tomar un libro y leer lo que dice, pero "Celebrar la
Misa" es algo más. Celebrar la Misa significa fiesta,
alegría, participación, Celebrar el Sacríficio de Acción de
Gracia al Señor. Por eso, no es adecuado preguntar "¿Quien
va a decir la Misa?"; lo correcto será decir "¿Quien
va a Celebrar La Santa Misa?".
Otro concepto que debemos entender es Ministerio. En
Latin, la Palabra Ministerio significa Servicio. De ahí
que un Ministro que ejerce un Ministerio es un
servidor de la comunidad.
Cristo resume su vida no en ser servido, sino en servir, y esto
nos pone de frente a la importancia que tiene el hecho de servir
en cualquier ministerio. El ministerio, el servicio a los demás,
nos asemeja a Cristo. El que no vive para servir, no sirve para
vivir; en otras palabras, no está haciendo nada vivo. Por eso,
todos debemos siempre preguntarnos, ¿Qué Ministerio estoy yo
ejerciendo en mi comunidad?.
Claro, que hay diferentes ministerios de servicio, pero no todos
podemos servir en todos; no todos tenemos ese don; pero sí que
todos podemos y debemos ejercer algún Ministerio. Las ultimas
palabras de Cristo que encontramos en Mt. 28,19-20, y que se
consideran como el mandato final de Jesús a los apostoles son:
"Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos,
Bautízenlos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu
Santo, y enseñenles a cumplir todo lo que yo les he
encomendado" (Mt. 28, 19-20).
Estas palabras de Cristo son también para nosotros, y con ellas
Cristo nos manda ir por todo el mundo predicando, ejerciendo el
Ministerio de la Palabra. San Pablo nos dice también que la fé
entra por la Palabra, y ese es el mandato de Cristo para todos
nosotros.
San Marcos 16,15 nos dice: "Vayan por todo el mundo y
anuncien la Buena Nueva a toda la Creación". Y esa Buena
Nueva la anunciamos cuando Predicamos y Proclamamos la Palabra de
Dios. Nos sigue diciendo San Marcos 16,16, que "El que crea
se Salvará y el que no crea se condenará". Por tanto, la
fé viene con la Predicación de la Buena Nueva, por la profecía,
recordando que profetizar no es tanto anunciar cosas desconocidas,
sino dar a conocer lo que Dios dice a su pueblo, y el profeta lo
dice solo por la acción de Espíritu que lo impulsa. Eso es
profetizar.
Esta gran verdad lo confirma San Pedro cuando habla del Discurso
que pronunció después de la Venida de Pentecostés sobre el
Colegio apostólico. En Hechos 2,15, San Pedro nos dice: "No
estamos borrachos como ustedes piensan, ya que apenas son las
nueve de la mañana. Lo que pasa es que ha llegado lo que
proclamó el profeta Joel". Joel anunció que el mismo Dios
en Espíritu se derramaría sobre sus hijos e hijas, y todos los
profetizaran.
Mis hermanos, Jesús en su ultimo mandato se dirigió no
solamente a los Sacerdotes y diáconos, sino también a nosotros
los laicos, que tenemos también el legítimo derecho de proclamar
la Palabra de Dios.
El Lector o Proclamador de la Palabra no solo tiene un oficio en
la Iglesia; no es digamos un simple predicador o lector y nada
más, como quizás mucho lo ven o lo entienden. El Proclamar la
Palabra de Dios es una Dignidad, es una Misión Divina, y
esa dignidad no la puede ejercer cualquier persona que simplemente
lea bien, si antes no ha penetrado en el contenido de esa Palabra,
si no vive el Mensaje de esa Palabra.
La Historia de la Iglesia registra en sus páginas del pasado,
que el ser un lector, que el proclamar la Palabra de Dios, no era
labor de cualquiera ni de quien quisiera hacerlo. El Lector era
una de las Ordenes Menores que habian en los Seminarios.
La primera orden eran el Hostiario, que era el que tenía
la llave y abría la Iglesia; la segunda orden era el Lector,
que era el que le daban el libro; la tercera orden era el
exhorsista que era una orden para expulsar demonios, y una
cuarta orden menor era el acólito, para ayudar en la misa.
Luego venian las ordenaciones de subdiácono, de diácono, y
finalmente la ordenación de Sacerdote.
Todo esto nos deja ver que para la Iglesia ser un Proclamador de
la Palabra ha sido siempre algo muy importante, y tanto era así,
que todavía en el año 1951, en Roma solo habian 52 lectores
ordenados. Por eso, el lector no es un personaje secundario.
El Concilio Vaticano II, que comenzó en 1962 y terminó en
1965, fue el que abrió las ventanas para renovar el servicio en
la Iglesia, y nos dió un lugar a los laicos, en la Proclamación
de la Palabra.
Cuando un lector proclama, está ejerciendo un Ministerio tan
importante, como el del Sacerdote y el diácono. El Sacerdote no
puede comer el Pan de la Eucaristía, si antes no se ha comido el
Pan de la Palabra de Dios, porque tiene como oficio transmitir al
pueblo los mandatos de Dios.
El Lector o Ministro de la Palabra, con su presencia y con su
voz, debe respetar la dignidad de su ministerio. Hay conceptos muy
prácticos que nos ayudan a comprender la dignidad del ministerio
de la Proclamación de la Palabra. Y esto es algo muy importante,
porque quizás sin pensarlo, a veces podemos minimizar o disminuir
la dignidad de la Palabra de Dios en muchas, a veces con nuestra
forma forma de vestir, a veces con nuestro comportamiento, a veces
con el vocabulario, y otras veces con formas y actitudes que
plantean ciertas interrogantes a los que nos observan.
En cualquier ministerio que sea, y digamos que muy especialmente
para la Mesa de la Palabra, debemos usar la vestidura que
exteriormente nos prepare para ese ministerio.
El altar es algo que se puede considerar como un escenario donde
hay velas, manteles, etc. Hay también un personaje que es el
Ministro, el Sacerdote, que también y segun el tiempo liturgico
que esté viviendo la Iglesia, se viste de un color o de otro. Hay
también servidores del altar, Ministros Especiales de la
Eucaristía, y todo eso va creando un ambiente.
El Lector es parte de ese conjunto integrado, por lo que siempre
debe presentarse con dignidad.
Debemos siempre recordar que aunque el lector es muy importante,
es mucho más importante el Mensaje de Dios a su pueblo. La
misión del lector no es más que poner su persona, que es algo
secundario, y por tanto, debe presentarse con mucha humildad, y
siempre listo y preparado en todo lo que el puede, para que la
gente reciba el mensaje de Dios.
El lector debe compenetrarse bien del texto que va a leer, de su
contenido y del mensaje, antes de proclamarlo. Esto es una
responsabilidad del lector. Debe llegar más o menos 15 minutos
antes, para leer otra vez el mensaje, para percatarse de nuevo del
mensaje y asegurarse de que conoce bien y puede proclamar bien
todo lo que hay en el texto, de las palabras en las que debe poner
especial cuidado al pronunciarla para que se oiga bien, etc.
Además, debe leer muy bien el texto, entenderlo bien, meditarlo,
y sobre todo aplicarlo a su vida.
En la Celebración Eucarística hay dos grandes momentos: La
Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía. Esto no
siempre ha sido visto así, porque antes se decía que la Misa
tenía cinco grandes momentos, que eran:
1er. Momento: Desde su inicio hasta el final del Credo
2do.Momento: El Ofertorio
3er. Momento La Consagración
4to. Momento: La Comunión, y
5to. Momento: La Oración final.
Pero el Concilio Vaticano II nos enseño que la Misa es más
simple, pero más valiosa que lo que antes conociamos; que solo
hay dos grandes momentos:
a) La Liturgia de la Palabra, que va desde el inicio hasta la
oración de los fieles, y
b) La Liturgia de la Eucaristía, que va desde la presentación
de las ofrendas hasta el final.
Ambas mesas son igualmente importantes. No podemos comer con
frutos la comunión, si antes no alimentamos nuestra fé con el
Pan de la Palabra de Dios.
Estas dos partes, juntas y equilibradas, forman la celebración
dominical, y tan importante es la mesa de la Palabra, como la mesa
de la Eucaristía.
Esto nos debe ayudar a comprender lo importante que es este
Ministerio de Proclamar la Palabra de Dios. La Liturgia es el
servicio que la Iglesia ha aprobado para celebrar dignamente la
Palabra de Dios, la Mesa de la Palabra y la Mesa de la Eucaristia.
Gracias, hermanos y hermanas, y que el Señor que nos llamó,
nos ayude a ser cada día más, mejores Proclamadores de ese
Mensaje que nos Salva y nos conduce a la Vida Eterna. Dios los
bendiga, y adelante con Cristo!