3. ¿Corazones
peligrosos?
P. Fernando Pascual
Algunos han considerado y consideran el cristianismo
como una amenaza. Ven, en los creyentes certezas y seguridades que también
se dan, en el corazón de los terroristas.
No puede ser peligroso un hombre o una mujer que está
convencido de que Dios nos ama, que vive gozoso por saberse perdonado por
Cristo
No es algo nuevo: algunos han considerado y consideran
el cristianismo como una amenaza contra la paz y la convivencia, contra la
libertad y la autonomía de los hombres.
En el mundo romano hubo quienes juzgaron con hostilidad
y sospecha a la nueva doctrina venida de Oriente. Creyeron que los
cristianos podrían conspirar contra un sistema social que querían
conservar a cualquier precio, con sus cualidades y sus injusticias.
Persiguieron a los nuevos discípulos de Cristo no sólo con escritos y con
discursos, sino con leyes especiales y con ejecuciones y torturas
refinadas.
También en el mundo moderno se han alzado numerosas
voces contra el cristianismo. Algunos lo han considerado como enemigo del
pensamiento, de la libertad, de la madurez humana. La nueva sociedad, el
“siglo de las luces”, quería olvidar sus raíces cristianas para caminar,
con audacia, por caminos de progreso. Otros vieron a los cristianos,
especialmente a los católicos, como si fuesen potenciales o reales
enemigos de sus proyectos imperialistas, racistas o ideológicos. El
comunismo y el nazismo dedicaron esfuerzos ingentes para encarcelar y
asesinar a católicos, protestantes, ortodoxos, al ver que no se sometían a
sus proyectos estatalistas y opresores, al tocar la fuerza de la religión
que es capaz de ofrecer perdón frente al odio, respeto frente a la
injusticia, alegría frente a la desesperanza.
Recientemente, a raíz de la amenaza del terrorismo que
promueven grupos muy minoritarios de fanáticos, nuevas voces se alzan
contra la fe cristiana. Intelectuales y líderes de opinión ven, en los
creyentes de todas las religiones, certezas y seguridades que también se
dan, dicen, en el corazón de los criminales terroristas. Afirman, además,
que el nombre de Dios es usado para matar y destruir, y no distinguen
entre el criminal obsesivo y el creyente que es capaz de amar al enemigo.
Lanzan proclamas en favor de un mundo más justo y más alegre, y denuncian
que los cristianos promueven la división, la tristeza y la opresión de las
conciencias.
Pese a tantas críticas de ayer y de hoy, la fe
cristiana anima la vida de millones de creyentes. La encontramos en
corazones de niños que sueñan con ser buenos para estar cerca de Dios. En
corazones de padres que acogen cada nueva vida con la ilusión y la alegría
de quien se siente importante: está colaborando con el designio de Dios en
favor de sus seres más queridos. En corazones de religiosos y religiosas
que dejan sus países para llevar medicinas, educación, fe y esperanza a
tantos millones de pobres de los rincones más olvidados de la tierra. En
corazones de sacerdotes que predican las bienaventuranzas, que enseñan la
misericordia, que acompañan a los que sufren, que permiten a Cristo
hacerse presente en los sacramentos.
Para los críticos se trata de corazones peligrosos: son
hombres y mujeres convencidos, seguros, y la seguridad está también, nos
lo repiten una y otra vez, en el corazón del terrorista. Sólo que se trata
de seguridades muy distintas. Una nace del odio y lleva al odio, mientras
que la seguridad cristiana nace del amor y va hacia el amor.
El creyente cristiano, si es creyente de verdad, no
puede irradiar odios ni complejos, tristeza ni amargura a su alrededor.
Cura con el bálsamo de su caridad a los enfermos de sida o de malaria, de
lepra o de tristeza. Visita a los prisioneros olvidados o despreciados por
muchos. Acompaña a los esposos en los momentos de alegría o de dificultad.
Enseña a reparar las heridas que el pecado deja a lo largo de los roces
del camino. Permite mirarlo todo con ojos nuevos, porque descubre en cada
vida, la del hermano jilguero, la del lirio del campo, la del joven
enfermo y triste, el cariño de un Dios que sonríe a buenos y malos, que
mantiene en la vida a cada una de sus creaturas, que espera, con los
brazos abiertos, el regreso de cada hijo.
No puede ser peligroso un hombre o una mujer que está
convencido de que Dios nos ama, que vive gozoso por saberse perdonado por
Cristo. Será peligroso el hombre que use cualquier idea para el odio y la
violencia. Pero ese hombre no podrá nunca ser reconocido como cristiano,
aunque se asocie en un grupo con nombre cristiano, y defienda luego
crímenes como el racismo, el aborto, la eutanasia o el odio vengativo. Esa
es la diferencia entre quienes usan a Dios (o usan su ateísmo) para odiar,
y quienes creen en Jesús de Nazaret, el Hijo del Padre y el Hijo de María,
el Mesías que ofrece, con su Cruz, amor y esperanza a los corazones que
libremente acepten su venida.
|