4. Dos historias
P. Fernando Pascual
Los crímenes cometidos por muchos revolucionarios
(llámense nazis o comunistas) no son sino una injusticia más en el mundo
de la injusticia.
Esta es la historia de dos hombres que se encontraron
sin quererlo. Uno acabó sus estudios, buscó trabajo, consiguió un poco de
ahorros. Se casó, alquiló un apartamento. Logró un nuevo empleo, pero,
después de ser despedido, con los ahorros pensó en abrir una pequeña
tienda. Al final le dieron la posibilidad de gestionar un MacDonalds. En
su pequeño negocio de “fast_food” trabajaban unas 15 personas, para
algunos era su primer empleo. Las cosas iban sobre ruedas, hasta que...
El otro hombre también acabó sus estudios. Trabajó un
poco de tiempo, pero fue despedido. Uno y otro mes, uno y otro año, sufría
con angustia su situación de desempleado. Lo mantenían sus padres. Empezó
a comprender que era verdad lo que le había dicho algún profesor: el mundo
va mal, los ricos son siempre más ricos, las multinacionales nos están
destruyendo. Leía los periódicos y se angustiaba ante la “globalización”.
Comenzó a frecuentar grupos de amigos que estaban descontentos con todo.
En su ciudad se produjeron manifestaciones. Algunos empezaron a tirar
piedras contra varios negocios, y nuestro joven, en un arrebato de ira,
siguió su ejemplo. Se puso frente a la tienda del MacDonalds de nuestro
primer hombre, rompió los escaparates, tiró un pedazo de madera ardiendo y
comenzó el incendio. En pocos minutos todo el edificio era una hoguera,
hasta que llegaron los bomberos y apagaron el incendio entre los insultos
y el desprecio de los manifestantes antiglobalización.
Estos dos hombres no se conocían. Se encontraron así,
un día, en dos lados distintos de la historia, “por casualidad”. Los
históricos presentarán sus vidas de modos distintos. Imaginemos dos
narraciones distintas sobre lo que ha ocurrido.
En la primera, ese hombre que gana poco a poco su
dinero, que llega a ser un “pequeño empresario” no es sino un engranaje de
un sistema corrupto, un burgués acomodado que vive de los demás, que roba
a sus empleados para poder vivir mejor, que colabora con las grandes
multinacionales para que sigan sometiendo a los países subdesarrollados y
a los pobres de los países ricos. El manifestante atrevido,
revolucionario, en cambio, será presentado como un promotor de historia,
un innovador capaz de romper con las injusticias y construir un mundo
mejor. Sólo con gente como el segundo se abolió un día (o a lo largo de
muchos años) la esclavitud, se terminó con la opresión del sistema
medieval, se conquistó la democracia, como en la revolución francesa, se
consiguió la independencia de los países oprimidos, y se liberó a muchas
mujeres de sus injustas y seculares discriminaciones.
En la segunda historia, en cambio, el pequeño
empresario es visto como la mayoría de los hombres del planeta:
constructor de bienestar, de progreso, de trabajo. Con hombres como él la
sociedad ha podido seguir adelante, a pesar de las revueltas, de las
guerras. Sin él Lenin no habría podido superar el hambre en Rusia el año
1922. Sin él Alemania no podría haberse levantado de sus ruinas después de
la Segunda guerra mundial. Sin él México no tendría hoy ni coches, ni
electricidad, ni tortillas al alcance de muchos. Sin él ni tú ni yo
podríamos haber soñado un futuro de estudios, construir una familia,
empezar un trabajo productivo. El segundo hombre, en cambio, es un ser
que, frustrado quizá por un fracaso injusto, no llega a castigar a los
verdaderos culpables de su situación, sino que, perdido en la masa de los
rebeldes, se lanza a destruir bienes que sirven para otros. Para esta
historia los revolucionarios son los hombres que han desmontado más
economías, han provocado más viudas, han dañado más el desarrollo social.
Son los revolucionarios (y los dictadores que entre ellos han nacido: Mao
y Hitler también eran revolucionarios...) los que han retrasado la
historia, llevándola a situaciones de primitivismo que han causado más
daño que bienestar, más lágrimas que justicia, más esclavitud que
igualdad.
Quizá no existan dos “historias” tan claramente
definidas, porque los históricos a veces disimulan un poco (o mucho) a la
hora de decir a cuál de los dos personajes consideran “el bueno de la
película”. Lo cierto es que mientras haya injusticia existirá la tentación
de tirar piedras contra negociantes que tal vez ni siquiera conocemos. Lo
cierto es que algunos que ayer corrieron por las calles para quemar tambos
de basura y para romper coches y cristales, hoy son hombres que han
aprendido lo importante que es la paz y la armonía, que trabajan en una
fábrica o un pequeño negocio, y que pueden mantener así a sus familias. No
podemos vivir tranquilos cuando a nuestro lado hay niños prostituidos,
pobres desesperados, ricos egoístas que no ven más allá de sus negocios.
Pero tampoco podemos coger una piedra y destrozar el trabajo de quien
quiere, como nosotros, un poco más de justicia y de paz en la tierra, y
tal vez puede producir algo de bienestar para otras personas, sus
trabajadores.
Los crímenes cometidos por muchos revolucionarios
(llámense nazis o comunistas) no son sino una injusticia más en el mundo
de la explotación. Pero siempre ha existido y existirá ese mundo
silencioso, discreto, constante, de millones de seres humanos que sólo
buscan un poco de respeto y de trabajo para alimentar a los suyos. Ellos
han logrado lo que muchas bombas juntas no lograrán jamás. A ellos va
nuestra gratitud más sincera, aunque no aparezcan nunca en ningún libro de
historia en nuestras escuelas y universidades
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