5. El evangelio
inculturado en la imagen de Guadalupe
Pbro. Prisciliano Hernández Chávez CORC
En María de
Guadalupe, el mexicano contempla una mariofanía teofánica; el verdadero
Dios que se ofrece en el signo encarnado de la Mujer. Signo que
presencializa el misterio del amor de Dios y a Dios mismo. Ella es el
signo que certifica el mensaje de Dios, como profecía, como milagro, como
signo del amor exquisito, tierno y delicado. El amor infinito de Dios se
presencializa y expresa en ella: la gran señal de Dios o su Rostro
maternal, el Signum Magnum. Lo
infinito se expresa en lo finito.
Las flores y los cantos que vienen del cielo y aparecen
en la tierra árida y triste de un pueblo que había perdido su identidad,
su razón de ser y su misión, son la prueba inculturada. Ya no son ellos
los que van a Dios por esta vía de las flores y los cantos: es Dios que se
acerca a ellos para certificar su presencia percibida desde sus
categorías. Más aún, las flores y los cantos permanecen en el Icono Santo:
María es la Flor donde mora el Cuícatl-Canto, la Sabiduría, Luz,
Jesucristo.
Santa María de
Guadalupe se presenta como la Madre de Dios, tanto en el relato del
Nican Mopohua como en su imagen.
Ella es el signo que ha de ser contemplado; aparece para ser fundamento
constante de esperanza en la Historia de la Salvación: es la Mujer del
Apocalipsis ( Ap. 12, 1 ss). La asonancia dabar-midbar,
palabra-desierto, es el trasfondo veterotestamentario de las
intervenciones salvíficas. Si la humanidad ha sido expulsada del paraíso
al desierto, la escucha-contemplación-aceptación de la Palabra en el
silencio interior (desierto), habrá de florecer el paraíso perdido en el
corazón del creyente. Este paraíso (xochiltlalpan-lugar
de flores), se recobra por la intervención de la Mujer (Santa María) y la
cooperación de la mujer (Iglesia) para la humanidad en el horizonte del
tiempo, hasta su consumación. México en la hora de Dios, será incluido en
este proceso salvífico de Dios que sale al encuentro, a partir del 9-12 de
Diciembre de 1531.
En la
palabra-imagen-mensaje, Santa María de Guadalupe, se presenta como Madre
de Dios, Madre de los mexicas y de todos los diversos pueblos-nepapantlacah,
para que sean cencalli
(como enteramente de Casa). Señala a Dios con los atributos o aspectos que
en su cosmovisión monista daban a Ometéotl o la divinidad dual o la
plenitud del uno divino en dos. Ella es ante todo Madre y Madre de Dios
cuya misión será ofrecerlo en su mirada compasiva (Persona), in
noteicnoittaliz (en el
entrecruzamiento de los brazos-mamaluaztli),
a todos los necesitados de consuelo maternal cuya experiencia es de
aniquilamiento-desierto. Lo que se contempla es una mariofanía teofánica;
el verdadero Dios que se ofrece en el signo encarnado de la Mujer. Signo
que presencializa el misterio del amor de Dios y a Dios mismo.
Las fuerzas
cósmicas, o aspectos de Dios en los diversos cielos -del uno al trece- que
sostienen una oposicionalidad creadora, pues si Dios es dual, así sus
manifestaciones; así lo entienden desde sus categorías biléxicas y
dialécticas. Por el icono de Guadalupe entienden el poner fin al
mitl in chimalli-escudo y
flecha-guerra, aunque tuviera un carácter sagrado, para mantener el
equilibrio del universo. En Santa María de Guadalupe la luz-noche,
sol-luna-estrellas, se encuentran armonizados en una síntesis superior:
una nueva era amanecer (huel oc yahyultizinco)
de paz, de vida religiosa, social y cultural.
El Tepeyac será el
lugar paraíso -xochiltlapan-tonacatlalpan-
lugar de las flores y lugar de nuestro sustento. Aquí donde fuera la cuna
mítica de los mexicas, donde daban culto a la diosa Coatlique Tonantzin y
observaban el nacer-caminar del Sol los 365 días o los 366 días cuando el
año era bisiesto: será la cuna de su fe inculturada. Serán el centro,
María y su Santuario, para que todos convivan en uno y sean como
enteramente de Casa-Cencalli.
Ella es el signo
que certifica el mensaje de Dios, como signo histórico o profecía, como
signo cósmico o milagro, como signo testimonial o del amor exquisito,
tierno y delicado. El amor infinito de Dios se presencializa y expresa en
ella: la gran señal de Dios o su Rostro maternal, el Signum
Magnum. Lo infinito se expresa en lo
finito.
Las flores y los cantos que vienen del cielo y aparecen
en la tierra árida y triste de un pueblo que había perdido su identidad,
su razón de ser y su misión, son la prueba inculturada. Ya no son ellos
los que van a Dios por esta vía de las flores y los cantos: es Dios que se
acerca a ellos para certificar su presencia percibida desde sus
categorías. Más aún, las flores y los cantos permanecen en el Icono Santo:
María es la Flor donde mora el Cuícatl-Canto, la Sabiduría, Luz,
Jesucristo.
Las manos de la Virgen, en postura orante para la
mentalidad cristiana occidental, constituyen el corazón del mensaje: son
el signo de la casa que pide; manos que aunadas a las manos del ángel nos
ofrecen un difrasismo-icónico: postura de calli-casa y la postura de
mécatl -mecate o medida: Calmécac. El calendario de los días, de los meses
y de los años, el cargador del tiempo, que señala el fin de un tiempo y el
principio de otro tiempo, será para edificar la Casita, el ser todos por
ella y nuestra cooperación, enteramente de Casa.
También el ángel
nos recuerda a Nanahuatzi, personaje de los poemas mexicas, quien se
arroja a la hoguera divina para ser sol de una nueva época, a los
quetzalcoales o teomamas, portadores de la imagen, a los sabios o
tlalmatinime, dueños de la tinta roja
y de la tinta negra, poseedores de la sabiduría del cielo y de la tierra,
como teas encendidas para encender el saber divino. Como imagen
inculturada -ésta del ángel o caballero águila-, se puede identificar con
San Juan Diego y con todo aquel que enseña la sabiduría del
cielo-Evangelio. Con Ella, podemos ser Casa de la Luz, Casa del Amor,
iconos del amor encarnado de Dios. La Imagen es signo, para ser todos de
Casa, cencalli.
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