8. La aparición del
ángel a Zacarías
El cuadro que Domenico Ghirlandaio ha pintado sobre la
aparición del ángel a Zacarías es poco convincente: mucha gente importante
y un templo fastuoso.
Era lógico que
Zacarías se mostrara incrédulo: ¿cómo, después de toda una vida
anhelándolo, precisamente ahora, cuando la naturaleza hace imposible lo
que antes era posible, pudiera producirse el fenómeno? Por eso, cuando el
ángel Gabriel anuncia a Zacarías la inminencia de su paternidad, el viejo
sacerdote no tiene más remedio que dudar: ¿Cómo puedo estar
seguro? Porque yo soy viejo y mi mujer es de edad avanzada.
Este es precisamente el relato que Domenico Ghirlandaio
ha elegido para pintar este cuadro.
Aunque sea arriesgado decirlo, para mí no se trata de
un cuadro religioso: hay demasiada gente conocida para serlo, hay
demasiado espectador importante, que no están precisamente allí para
atestiguar el milagro sino para posar para la posteridad: toda una
muchedumbre de los personajes más importantes de Florencia, incluidas sus
mujeres y amantes. Y el lugar, el templo fastuoso, más de raigambre pagana
que de raigambre cristiana. Podrá argüirse que entonces el cristianismo no
existía, lo que es absolutamente cierto, pero los pintores religiosos, en
casos como éste, cuidan hasta esos detalles.
El lugar del anuncio es de una suntuosidad
impresionante: arquitectura marmórea, escenas de batallas, arcos y
columnas renacentistas son el cobijo de todos esos personajes que
parecieran escoltar a los protagonistas del misterio pero que, en vez de
eso, se muestran a sí mismo, están allí porque son ellos. Todo lo
contrario precisamente de lo que cuenta el relato bíblico: que el
sacerdote Zacarías se encontraba él solo en el interior, ofreciendo el
incienso ritual, y que la muchedumbre del pueblo estaba fuera, rezando
durante la ofrenda del sacerdote. Cuando salió había cundido en él la
mudez como prueba que el anuncio era realidad.
No son muchos los pintores, la verdad, que se han
atrevido con esta escena, quizá porque en ella no interviene ninguno de
los protagonistas del nacimiento de Jesús. Aunque, en realidad, sí
interviene: el ángel Gabriel da continuidad a todo un proceso de anuncios
milagrosos que nos llevan de la mano hasta el pesebre de Belén.
No sé cómo hubiese
pintado El Greco esta escena, pero estoy convencido que le hubiese sacado
partido, a través del arcángel, a ese mundo que desciende de lo alto para
animar a los mortales a alzar la mirada. Se trata de un cuadro de toma
fotografía protocolar de personeros de estado posando para ellos mismos.
Poco convincente.
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