6. La carta del
abrazo
Víctor Corcoba Herrero
Los padres del constitucionalismo de 1978, con Adolfo
Suárez como protector, nos dieron una ejemplar lección de ponderación y
consenso, que hemos de tutelar y fortalecer, fomentar desde las
instituciones educativas, puesto que convivir es una navegación difícil
sin una buena brújula. Nosotros la tenemos con la carta del abrazo.
Celebrar el cumpleaños de la Constitución, la carta del
abrazo escrita corazón a corazón, entre todos y para todos, con la
grandeza del verso y la concordia, es un valor de futuro, una gratitud
presente y un reconocimiento histórico a los que hicieron posible
conciliar y reconciliar posturas, integrar y reintegrar actitudes
diversas. La convicción de un pueblo en proseguir por el camino de la paz,
a sabiendas de que no se pueden matar las ideas, ni ponerles grilletes a
los pensamientos, permitieron olvidar furias y decir adiós a los odios.
Quien tiene la voluntad del consenso, tiene la fuerza del equilibrio y el
triunfo de que las únicas fuerzas que nos favorecen son las del diálogo.
La carta del abrazo tiene sus lágrimas y sus emociones,
sus vivencias y sus vidas pactadas, la generosidad de un pueblo poblado de
moderación y repoblado de comprensión. Sin otro interés que el de hacer
familia indisoluble, hogar común y atmósfera acogedora a la autonomía de
las nacionalidades, haciendo valer valores sublimes, las montañas se
allanan porque las palabras que van al corazón cuando han salido del
corazón, son la mejor medicina para entenderse y comprenderse. Ya lo
advierte un proverbio árabe de que las heridas de la lengua son más
peligrosas que las del sable.
Es un fruto de árbol arbolado, una raíz fusionada por
la savia de unos sabios padres constituyentes, la carta del abrazo que
cada año recordamos erguidos sobre el andamio del tiempo. Los cambios
vividos desde entonces hasta hoy, hubieran sido un amor imposible, de no
abrazarse todos los españoles bajo el níveo horizonte de los derechos
humanos, asintiendo guardar sus cultos y cultivos tradicionales,
resguardando sus lenguas y sus hablas, conscientes de que el gobierno más
difícil es el de uno mismo.
Esta conmemoración de la carta del abrazo, por
consiguiente, es una ocasión propicia para recordarles a quienes tienen la
enorme responsabilidad de gobernarnos, y en última instancia a todos
nosotros, puesto que la soberanía reside en el pueblo del que emanan los
poderes del Estado, de que la mejor sabiduría es la prudencia. El que es
prudente es templado y el que es templado mitiga y modera. Los padres del
constitucionalismo de 1978, con Adolfo Suárez como protector, nos dieron
una ejemplar lección de ponderación y consenso, que hemos de tutelar y
fortalecer, fomentar desde las instituciones educativas, puesto que
convivir es una navegación difícil sin una buena brújula. Nosotros la
tenemos con la carta del abrazo.
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