8. No me pueden
quitar el pensamiento
Víctor Corcova Herrero
La vida es demasiado corta para que la tornemos un
campo de batalla, en vez de un campo de conquista reconquistada en el
amor.
Pintan bastos. Por todos los lados saltan chispas. El
calentamiento se sirve en bandeja. Difícil lo tiene el aire para bajar los
desaires y rebajar las desavenencias. La atmósfera recalentada no puede
con los humos del hombre. Ahí está, la siembra de vídeos tormentosos, la
faena de mafiosos plantando muertes en doquier esquina, los distintos y
distantes gobiernos que nos desgobiernan con sus confrontaciones
partidistas y particulares, la bajada de pantalones frente a los
sembradores del terror y la delincuencia organizada, los baños
pornográficos de la red, la familia como jungla de intereses, los cerebros
descerebrados... Resulta que en el mundo de la globalización, la amenaza
contra uno es una amenaza contra todos; y, por ello, todos hemos de
colaborar en que los ánimos se aplaquen.
Por desgracia, para la colectividad del mortal, se
mortifica a raudales. Hoy cohabitan en el mundo fanáticos que no quieren
razonar, necios que no saben recapacitar, esclavos que no se atreven a
plantarles cara a los que piensan por ellos, cebos que nos engatusan el
tiempo para la reflexión calmada, tan necesaria para desenredar los nudos
anudados de vicios y bravuras. Para estos casos de abatido desconsuelo,
Lope de Vega tenía una vivificante gragea poética, que desearía -por
motivos de ambiente inseguro- ponerla en mente en toda mente: “Pero con
una cosa me contento: / que aunque pueden quitarme la esperanza/ no me
pueden quitar el pensamiento”. Con el tiempo, también es más fácil
envenenar el bosquejo de ideas y dejar de ser la persona que pudo haber
sido y no fue. Estamos en una selva, tan panchos, sin pensar en sus
efectos. Una legión de ocupaciones tampoco nos deja cavilar para tomar
otros rumbos salvavidas.
El resultado actual es que una gran parte de la especie
humana obra sin pensar, otra piensa sin obrar, sin mirarse así mismo para
verse en los demás. Todo este clima de rupturas matrimoniales, familiares
o sociales, se debe más que nada a un retraimiento, a un remar sin rumiar,
a un modismo sin sentido en el sentido del vínculo afectuoso. Los afectos
se rompen y el amor se troncha, porque no se es nada, el que a nada, ni a
nadie ama. Por esa falta de oír con los ojos y de escuchar con el alma el
liderazgo del amor, golpean con fuerza las guerras entre Estados, la
violencia dentro del Estado, con inclusión de inciviles batallas, la
pobreza, las enfermedades infecciosas, las degradaciones del medio
ambiente, las armas nucleares, radiológicas, químicas y biológicas, el
terrorismo y la delincuencia trasnacional organizada.
Nos queda el pensamiento
humano, la inquietud de la razón, por hacer valer la gnosis natural, el
conocimiento cabal, en este mundo de máquinas.
Vargas Llosa declaró recientemente que el terrorismo
internacional “ha encontrado los instrumentos para interferir en nuestras
vidas políticas”. También en nuestras vidas diarias. Por cierto, cada día
más inhumana que humana, quizás por esa ausencia de interrogarse cada
cual, sobre el por qué de las cosas y su finalidad. Somos demasiado
importantes, por el mismo hecho de ser, como para estar vendidos al
capricho de alguien. Tal como está el patio, asegurarse la vida es una
responsabilidad compartida y debiera ser una habilidad pactada. Unir
siempre de manera armónica las cuestiones de vida, con las del corazón y
el pensamiento, creo que es una buena manera de hallarse todos con todos y
en todos.
Esa alianza de culturas de la que tanto ahora se habla,
no puede tratar al ser humano como algo que está ahí, sino como alguien
que vive con su propio pensamiento e identidad, por muy ínfimo que sea. A
veces da la sensación que vivimos en un mundo irracional y sin sentido.
Hace falta un renovado consenso avalado por el entendimiento a lo diverso.
Ahí está la cuestión. Lo de hacer unas naciones unidas más eficaces para
los nuevos tiempos que se nos avecinan es tan urgente como necesario.
Hemos perdido tantos valores en el tiempo, inherentes a la propia vida del
nacido, que urge redescubrir esos horizontes humanos, donde se reconozca,
respete y ampare la existencia de todo individuo, aunque piense diferente
a nosotros.
Siempre será peligroso aquel que no tiene nada que
perder, porque para él la vida es un juego de azar, le importa poco hacer
camino y dejar que se camine. La nueva moda de alistarse voluntariamente
para cometer ataques suicidas, es un fiel reflejo de lo que representa
vivir para algunas personas. Por eso, es tan vital, que los estados
existan para el beneficio del mundo, y el mundo para beneficio de sus
ciudadanos, y los ciudadanos para que la vida sea una esperanza
permanente. La vida es demasiado corta para que la tornemos un campo de
batalla, en vez de un campo de conquista reconquistada en el amor. Y es
que el amor no ve con la vista, sino con el alma. Un corazón es lo que le
hace falta a la tierra para que vuelva a latir la poesía del viento en la
faz del hombre.
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