5. Mi querida
computadora inteligente...
P. Fernando Pascual
Desde finales del siglo XIX un famoso neurólogo afirmó
que el pensamiento no es más que una secreción del cerebro. ¿Podría
entonces una supercomputadora ser igual a un hombre?
Desde que a finales del siglo XIX un famoso neurólogo
afirmase que el pensamiento no es más que una secreción del cerebro, se
han sucedido numerosas discusiones sobre la relación entre la mente (el
alma, el espíritu) y el sistema nervioso (lo físico, lo material). Frente
a los espiritualistas, que afirman que la inteligencia es algo que escapa
a los límites de la actividad neuronal, los “materialistas” consideran que
nuestras más nobles intuiciones y nuestros gestos altruistas no son más
que un resultado de algo que no podría ser de otra manera desde el punto
de vista físico-químico: serían el fruto de nuestras neuronas, o, en el
mejor de los casos, de la interacción entre cerebro y ambiente, de acuerdo
a rígidas leyes que la ciencia podrá determinar en un futuro más o menos
cercano.
En este marco se coloca el esfuerzo, no carente de
fuertes inversiones económicas y del apoyo de grandes investigadores, por
producir una computadora que reproduzca tan perfectamente las actividades
mentales del ser humano, que nos lleve a convencernos, de un modo
definitivo, de que no somos más que eso: un complejo sistema de conexiones
nerviosas, complejo y muy bien trabado, si bien algún día nos descubrirá
sus misterios.
La propuesta parece sumamente estimulante. Imaginemos
por un momento que se lograse el objetivo: la computadora “inteligente”
llegará a aprender mucho mejor que los niños en las escuelas. Almacenará
un cúmulo inmenso de datos y realizará operaciones inalcanzables para el
hombre. Pero, para ser perfectamente semejante a nosotros, también
comenzará a expresar envidias, alegrías, penas, rabia. Celebrará el día de
su cumpleaños, pedirá regalos, dará consejos, visitará a los amigos,
manifestará su amor a alguno o alguna, y pensará en sí misma y en el
sentido de su vida.
¿Y qué ocurrirá el día en que le digamos que es sólo un
pedazo de materia y de cables sumamente sofisticados y dinámicos, tan
material y tan determinada como nosotros? ¿Qué sentirá cuando descubra, si
tenemos el valor de decírselo, de que la hicimos para desmitizarnos, para
demostrarnos a nosotros mismos que somos como ella, un sistema intrincado
de conexiones velocísimas, y a ella que es como nosotros? ¿Se deprimirá
ante la noticia? ¿Nos dará las gracias? ¿Protestará a una organización
defensora de los derechos “humanos” al sentirse instrumentalizada?
¿Afirmará su espiritualidad como hacemos muchos hombres que creemos que
somos algo más que puras neuronas? ¿Saltará de alegría ante la noticia?
¿Despreciará a los que la hicieron con un fin tan “rastrero”? Y será todo
un misterio si rezará para llegar un día al paraíso o pensará que la
religión no es sino un uso equivocado de las pobres y deficientes sinapsis
nerviosas, un despilfarro de energía cibernética...
Además de realizar muchas funciones y cálculos con más
precisión que nosotros, no perderá las 100,000 neuronas diarias que nos
llevan a los seres humanos a arruinar la memoria con el pasar de los años,
si bien también estará a merced de los peligros de la vida: un incendio,
un terremoto, un loco que quiera deshacerla a pedazos... Quizá se sentirá
tentada de considerarnos como a pobres individuos inferiores, tan
materiales como ella pero más limitados y peor dotados, y tal vez llegue a
ser un individuo “racista”... ¿Habrá que encarcelarla por esto? ¿O la
dejaremos reírse de nosotros y “programar”, para un día no lejano, la
esclavización de todos los hombres a sus planes superperfectos?
No todo queda en estas preguntas y dilemas. Nuestra
computadora inteligente pedirá, seguramente, el derecho al voto, y los
políticos temblarán ante la posibilidad de que revele públicamente sus
preferencias y dé los motivos de las mismas. Además, ¿optará por “ver” el
fútbol o el béisbol? ¿Escuchará a Mozart o el rock duro? ¿Se aburrirá de
saberlo todo o estará todos los días inventando cosas nuevas? Y si un día
la invitamos al psicólogo para que “la vea”, ¿nos seguirá con gusto o hará
temblar al psicólogo al “desmenuzarlo” y analizarlo de pies a cabeza?
La sociedad, por su parte, deberá estudiar si merece el
derecho a un salario justo, si hay que asignarle un máximo de horas de
trabajo semanales (aunque todavía no conocemos ninguna computadora que se
“canse” si todos sus circuitos funcionan bien), si hay que pagarle las
vacaciones, si merece un seguro de ancianidad... ¡Toda una revolución para
la ciencia jurídica occidental! No hemos sido capaces de garantizar los
derechos humanos para todos, y ahora tendríamos que hacer frente a los
derechos de la “inteligencia artificial”...
El día en que la ciencia construya una computadora cuyo
comportamiento no pueda distinguirse de nosotros será un momento memorable
para la historia de la humanidad, pero dejará tras de sí más preguntas que
respuestas, más riesgos que esperanzas. Mientras llega (¿llegará?) ese
momento solemne y dramático, otros miles y millones de hombres y mujeres
dedicarán sus minúsculos esfuerzos a dar de comer a sus hijos pequeños, a
ayudar a un anciano a cruzar la calle, a socorrer a las víctimas de una
catástrofe natural en algún rincón del planeta. Habrá algunos que, de
rodillas, recen a Dios y le den gracias, o pidan perdón, o lloren lo que
hicieron y prometan ser, esta vez sí, mejores de verdad.
No sabemos si también la supercomputadora inteligente
se rebajará a estas pequeñeces. Esperamos que sus inventores piensen que
sus esfuerzos pueden servir para hacer un mundo mejor, y no quieran
simplemente convencernos de que sólo somos materia sofisticada. Para ello
no hace falta desperdiciar tanto dinero. Un dinero que podría servir no
para construir un portento de la técnica, sino para ayudar a quienes, con
urgencia, viven como “los últimos”, “los menos eficaces”, pero dotados de
un brillo en sus ojos que no puede ser sólo el de una simple y misteriosa
secreción del cerebro...
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