6. Los pastores
Así es que me convertí en pastor de representación.
Desde entonces siempre que observo un cuadro de Adoración de los pastores
se me estremece el sentimiento. Y yo quiero introducirme en el lienzo para
llevar en brazos, como entonces, el corderito de mi tío y ofrecérselo al
Niño.
Aquella
noche me acerqué a casa de mi tío y
le dije: voy a ser pastor. Mi tío era pastor y, como todos los pastores,
con cara de viento, con rostro abocado a las arrugas, con mucho horizonte
por delante, con infinita paciencia.
Yo he visto a mi tío cargando con los corderitos cuando
todavía les tambalean las patas, trastabillan, balan de esa manera que
balan los corderitos cuando todavía necesitan ayuda. Y he visto a las
madres de los corderitos no despegarse de los pasos de mi tío cuando
llevaba en sus brazos al recién nacido.
Yo he visto a mi tío llamar a las ovejas por su nombre,
y cómo le atendían, y cómo le miraban con esa forma con la que solamente
son capaces de mirar las ovejas. Y he visto a mi tío, alforja al hombro,
meter en ellas mendrugos de pan, queso, también requesón, y también tocino
y chorizo y también agua en cantimplora. Así es que cuando yo le dije a mi
tío, voy a ser pastor, me miró como se mira a una incomprensión.
Cuando le expliqué, se tranquilizó. Me había elegido el
señor cura para ser pastor en un nacimiento viviente que él mismo había
ideado. Otros compañeros míos habían sido elegidos para otros cargos pero,
aunque a mi familia le disgustó mi elección para pastor, por creerla de
poca monta, yo estaba muy complacido. Le dije a mi tío que tenía que
prestarme un cordero, y mi tío me dijo que no, que prestado no, que me lo
regalaba, porque desde ese momento comenzaba a ser un corderillo
santificado por haberse acercado hasta el nacimiento.
Así es que me convertí en pastor de representación.
Desde entonces siempre que observo un cuadro de Adoración de los pastores
se me estremece el sentimiento. Los contemplo para ver si se parecen a mí
no para ver si yo me parezco a ellos. Los veo cuando se postran ante el
pesebre para donar sus ofrendas: queso, requesón... Y yo quiero
introducirme en el lienzo para llevar en brazos, como entonces, el
corderito de mi tío y ofrecérselo al Niño.
Hay cosas
en la vida que no se olvidan, y estas estampas de la navidad infantil
quedan adosadas tanto en el alma de uno que no puede creer que haya otra
navidad distinta y mucho menos distante. Sé que la realidad es otra y que
no todos podemos ser pastores, ni siquiera imaginariamente, ni siquiera
para la representación, pero a mí déjenme con esa ilusión para que no me
muera de frío, ni de soledad.
|