3. ¿Diálogo de
civilizaciones?: Sí, pero desde la igualdad y el respeto
P. Antonio Gómez
Labremos la esperanza, pero una esperanza
escatológica, que no sea el grito del hombre que desespera de la tierra,
sino el fermento del proyecto de hacer cielos nuevos y una tierra nueva.
Introducción:
Fue Maura un profeta, cuando dirigiéndose en las Cortes
a los diputados conservadores, les dijo:
“Hacedme caso: no sigáis el camino que estáis
siguiendo, que rememora en mi mente aquellos días aciagos de las Cortes
Constituyentes, en que no se respiraba más que pasión, odio y encono;
aquello trajo la reacción; que vuestra conducta de hoy no traiga otra
reacción, porque si ella viene, no quedará en pie nada, nada de lo que es
común a vosotros y a mí.”
La experiencia:
Fue con motivo de una misa de difuntos, por lo que
volví, después de muchos años, a esta vieja iglesia de mi antiguo barrio,
donde, según mi madre, fui bautizado. Miraba sus paredes, sus bóvedas, sus
viejas y repintadas columnas, que como queriendo evitar la humedad
reinante en el templo, escapaban hacia el cielo.
La Iglesia estaba casi vacía y en
penumbra. Mi memoria, como moderna “moviola”,
se puso en marcha. Me vi jugando por el templo, estaba lleno de vehículos;
coches y camionetas. Recuerdo una camioneta preciosa, una “Fargo”.
Estaba cubierta de polvo y barro. Unos agujeros, sospechosos se apreciaban
en una de las puertas de la cabina. Mi padre preguntaba a un miliciano
algo sobre cuándo iba a poder disponer de la camioneta que le había sido
requisada. De pronto… Las luces de la Iglesia se encendieron, un órgano
comenzó a lanzar unas hermosas notas y yo volví a la realidad del momento.
Aquella celebración litúrgica me removió hasta lo más
profundo de mi alma. Los recuerdos se agolpaban en mi memoria, querían
salir todos a la vez, al mismo tiempo, como si se les hubiese abierto la
puerta de pronto, y queriendo ser rescatados de la cárcel donde estaban
confinados, escapasen despavoridos. Mi angustia crecía con la misma
intensidad que afloraban los recuerdos. Un sudor frío me inundaba y un
recuerdo oscuro, trágico, angustioso, se coló sobre los demás y me
sobrecogió.
De nuevo de niño, unos meses antes de lo
ocurrido en la Iglesia, me vi agarrado de la mano de mi padre paseando por
un jardín. Notaba su fortaleza y eso me daba seguridad. Todavía hoy se
puede visitar el jardín frente a la Iglesia. De pronto una muchedumbre
irrumpe por la calle, sus gritos y gestos no me parecían nada amistosos.
Por el contrario, otros, detrás, venían cantando, la canción que después
fue coreada por mucha gente, recuerdo que decía poco más o menos:
“…Si los curas y frailes supiera la paliza que.........”
Mi
padre, me apretó la mano, yo iba casi “en volandas”,
salimos corriendo, pero
no pude evitar ver a un hombre atado por el cuello y a otros, tirando de
la cuerda que lo sujetaba. El hombre era arrastrado por el centro de la
calle, entre gritos de una masa de gente enfurecida. Al final del “paseo”,
unos intentaban rociarlo con gasolina, otros colgarlo de una farola, yo no
quería ver mas. Después se comentaba en el barrio, que sus órganos
genitales, habían sido amputados y desparramados y pisoteados por la
gente.
Aquella imagen me acompañó mucho tiempo. El que era arrastrado, como si de
un perro se tratase, era el sacerdote y párroco de la Iglesia.
Lo único agradable que recuerdo de aquel
momento, fue cuando mi padre, intentando apartarme de aquel
espectáculo, salió corriendo, y
queriendo protegerme de aquella avalancha humana,
me cogió en sus brazos sujetándome fuertemente contra sí. Vi entonces unos
hilillos de humedad en sus mejillas, y al pegar mi cara contra la suya,
también humedecieron la mía. Es la única vez que vi llorar a mi padre.
La celebración de la misa de difuntos me hizo resucitar
aquellos fantasmas. Allí supe que aquella parte de mi vida, que creía
olvidada y superada, me acompañaría siempre. A la salida de misa, entré en
el jardín de mis recuerdos, una alfombra de hojas ocre, ajenas a mi
angustia, cubrían bajo mis pies, ignorantes del pasado, todo el paseo,
como homenaje a los recuerdos.
Durante el paseo por el jardín, no pude
evitar que de nuevo la “moviola” se pusiese en marcha, pero esta vez,
lenta. Partía de aquella escena horrorosa, hasta llegar y enlazar
con los primeros años del franquismo. Todo era gris, oscuro,
impensable, habían desaparecido los colores, todo era plano. Recuerdo las
represalias, encarcelamientos, fusilamientos… y como sangre nunca lava
sangre, solo multiplica su color, el río Segura se tiñó de rojo y en vez
de oler, como ahora a fango, olía a odio y represalia.
Cuando el fantasma de los recuerdos
vuelve y la noche se hace eterna, me acuerdo de unos versos de un murciano
ilustre, Ibn Arabí. Él,
como Jesús, supo muy bien dónde está la clave de la discordia y de la
concordia. La misma variedad cultural o teológica pueden enfrentar a los
seres humanos o, por el contrario, acercarlos. Así lo entendió este sufí o
místico musulmán que vivió a la vera del Thader (Segura) entre 1165 y
1240. Sus palabras en esta situación de agresividad, intolerancia,
revanchismo que vivimos hoy no podrían ser más actuales y modernas:
“Hubo un tiempo en que yo rechazaba a mi prójimo si su
religión no era como la mía. Ahora mi corazón se ha convertido en el
receptáculo de todas las formas: es pradera de gacelas y claustro de
monjes, templo de ídolos y Kaaba de peregrinos, tablas de la ley y del
Corán, porque profeso la religión del amor y voy a donde quiera que vaya
su cabalgadura. El amor es mi credo y mi fe.”
Yo lanzo desde este humilde rincón de España en estas
fechas tan entrañables un mensaje de paz en la esperanza. Yo apuesto por
el nacimiento de una nueva Alianza que sería la toma de conciencia de que
está a punto de nacer, una nueva relación entre la fe y la historia, entre
la fe y la acción, entre la fe y el mundo; es la toma de conciencia, de
que cada hombre está “inseminado de divino” y que como tal es responsable
de su propio destino. ¡No le privemos de su vocación divina y humana!.
|