4. Diablo de
pastorela
Walter Turnbull
Es común en las pastorelas ver diablos graciosos y
divertidos. Es un síntoma de la ignorancia que tenemos respecto a quién es
realmente el diablo.
Es tiempo de Adviento y Navidad. Tiempo de posadas y
pastorelas cómicas. Tiempo de diablos graciosos, pastorelas en las que el
diablo aparece como el ganador, como el héroe. La inconsciente ilusión del
liberal.
Hace unos días, en un programa “cultural”, le
preguntaban a los entrevistados: “¿Dios o el diablo?” Uno de ellos
hábilmente contestó: “Los ángeles”. La ilusión del liberal moderno. No un
Dios celoso que compromete, que desafía, que pide mucho porque lo da todo.
Mejor los ángeles, cándidos y bonachones, seres mágicos a nuestro
servicio, maquinitas de hacer favores sin exigir nada a cambio. El otro
-¿payaso, pobre, vivales, ingenuo, ignorante, suicida, farsante? ¿Cuál
sería el calificativo adecuado?- se vio más descarado: “No, los ángeles
son muy aburridos. Yo prefiero al diablo”.
Y en las pastorelas comerciales se refleja este sentir:
los diablos son los protagonistas. Se roban la obra. Se les dedica casi
todo el tiempo, y sus apariciones son siempre cómicas, sus respuestas
siempre creativas, y hay que ver cómo se divierten. Tranquilamente se
burlan del ángel que viene a combatirlos y engatusan a los pastores a
desviarse del camino. El ángel no puede nada contra ellos. El diablo es
ingenioso, gracioso, poderoso, es un triunfador... Si pierde el diablo es
muy al final, en un instante fugaz, sin que nadie lo note, sin que se sepa
cómo perdió, si es que pierde.
En la vida real se da una situación parecida. El
mexicano ve en el diablo la parte chusca de la vida. El diablo es la
chispa, la astucia, la marrullería, la diplomacia, la maña, el ingenio, la
comicidad, la diversión. Es una herramienta indispensable. Prácticamente a
él le debemos nuestra supervivencia. “Estábamos mejor con la corrupción”,
dicen algunos. Y así vamos por la vida, dejándonos seducir por el diablo y
sus tentaciones. Los ángeles son aburridos, el pesebre está incómodo,
oscuro y frió. El diablo es quien en realidad nos satisface. Ahorita estoy
con el diablo. Dios puede esperar. Se nos figura que podemos disfrutar lo
que el diablo nos ofrece y al final, con un golpe de suerte o de manubrio,
cambiarnos al buen carril.
Qué bueno sería que nos diéramos cuenta que el demonio
es un ser despreciable, que ha perdido por su propia decisión cualquier
acceso a la felicidad; es el perdedor por excelencia; y que quiere
arrastrarnos a su desgracia. Que su mayor deseo es hacernos eternamente
infelices como él lo es.
Que entendiéramos que, por alguna razón que nosotros no
podemos entender, Dios, en su sabiduría infinita y en su designio de amor,
ha permitido al diablo mucho poder y muchas libertades, pero no tiene en
sí ningún poder sobre Dios o sobre los ángeles. Que al final de los
tiempos, o en cualquier momento que sea necesario, los ángeles lo volverán
a precipitar al infierno sin ninguna dificultad, y entonces veremos que
fue una pésima decisión aliarnos con él por unas migajas de aparente
felicidad.
Hay que enterarse de lo que son las cosas y llamar a
las cosas por su nombre. Ingenio, astucia, gracia, son parte de la
inteligencia que Dios nos ha dado y que podemos usar para buscar nuestro
bien. El demonio es un ser poderoso que quiere nuestra infelicidad eterna,
y hacia allá nos dirigimos cuando coqueteamos con él. Ojalá nos tocaran
más pastorelas en las que quedara bien claro.
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