5. El cambio
climático y la oración del campesino
P. Fernando Pascual
El clima hoy, como hace siglos, sigue con caprichos.
Algo se podrá conseguir con menos anhídrido carbónico en nuestros cielos,
pero seguiría siendo incontrolable. Quizá más se logrará con una oración
sencilla a ese Dios que sabe lo que nos conviene antes de que se lo
pidamos.
El clima ha cambiado miles de veces a lo largo de la
historia. También ha cambiado, y mucho, nuestro comportamiento ante las
lluvias fuera de tiempo, el calor en un día de invierno o un frío extraño
en el verano. Antes los pueblos rezaban para pedir la lluvia que no
llegaba, para frenar el frío que destruía las cosechas o para dar gracias
a Dios por el sol que brilló tanto que las papayas salieron más sabrosas
que nunca.
Muchas personas, especialmente los campesinos, leían la
vida y la muerte, las cosechas y las lluvias, el sol y los huracanes, en
clave religiosa. Parecía que Dios o los dioses estaban detrás de cada gota
de agua, de cada helada o en esos rayos solares que dejaban secos hasta
los lagos más famosos. Todo dependía de un designio que no podíamos
controlar del todo. Quedaba siempre la esperanza de la oración y el sueño
de que Dios volvería a sonreírnos con cariño para que las cosas fuesen no
sólo como antes, sino mejor que nunca.
Hoy, en cambio, algunos han dejado de lado toda
referencia a Dios y al mundo de los espíritus. Si no hay agua en la
ciudad, acusan al ayuntamiento por falta de previsión. Si hay sequía en
los campos, los agricultores piden créditos o exigen ayuda a los
organismos nacionales o internacionales. Si el calor es excesivo, se
reúnen grupos de estudio a nivel nacional e internacional para ver las
causas del cambio climático y para pedir a los gobiernos políticas que
disminuyan los gases tóxicos que fomentan el “efecto serra”, para mantener
así el clima según lo que podría lo ideal, si bien, como dice el refrán,
nunca llueve a gusto de todos...
La pregunta surge espontánea: ¿cuál sería el clima
ideal? ¿Más caliente, más frío? ¿Más lluvioso, más seco? Cada rincón del
planeta tiene su propia historia climática, y no podemos imaginar las
tundras sin el frío ni el desierto con lluvias cada día... Pero tampoco es
correcto soñar con un planeta que tenga siempre el mismo clima, como si
pudiésemos detener y “encadenar” todo tipo de cambio climatológico. Basta
un volcán en erupción para que cambie el clima de amplias zonas de la
tierra. Por eso, aunque podamos reducir el humo de las fábricas, resultará
más importante pensar cómo prevenir o eliminar una erupción volcánica que
pudiese arruinar el actual equilibrio (¿o desequilibrio?) climático... Y
esto, ¿es posible?
A pesar de los progresos científicos, controlar el
clima está muy lejos de ser una conquista humana. Incluso, si algún día se
llegase al deseado control climático, quedará siempre en pie ese misterio,
nunca comprendido del todo, de la propia muerte. Un clima perfecto no
impedirá a nadie que llegue el día de despedida terrena. Nuestro planeta
no es una morada permanente, y lo dejaremos un día inesperado, misterioso,
grande. Quizá otros nos darán las gracias por lo que hayamos hecho al
“arreglar el clima”, pero también cada día miles de hombres dejarán de
vivir sobre esta tierra azul y misteriosa, a pesar de los acuerdos de
Kyoto y las grandes acciones publicitarias de algunos grupos ecologistas.
Tal vez al cruzar la frontera de la muerte
comprenderemos que el clima podía ser modificado por el hombre, pero
también que dependía, radicalmente, de un Dios “que hace llover sobre
buenos y malos”. Los volcanes, las industrias, las guerras y las bacterias
con sus cambios imprevisibles pueden hacer que los glaciares se derritan o
que se congelen las praderas y los bosques de media Europa o de las
montañas y altiplanos de América del Norte. No existe ninguna seguridad al
hablar del futuro climático. Dios lleva los hilos de todo, sin que
lleguemos a comprender, plenamente, el porqué de sus proyectos y
decisiones.
Por eso quizá no son tan ingenuos los hombres que
rezan. Es más: cambiar el clima quizá sea más fácil que cambiar los
corazones. Dios puede dar la lluvia en el momento justo, hacer soplar el
viento que impida una helada peligrosa o aumentar la fuerza del sol para
que se seque un terreno empantanado. Cambiar los corazones, en cambio, es
mucho más difícil. Ni siquiera Dios puede forzar a nadie a ser bueno, a
darse a los demás, ni quiere impedir que algunos contaminen, con sus
imprudencias o egoísmos, el agua de los que viven a su lado.
El clima hoy, como hace
siglos, sigue con caprichos. Algo se podrá conseguir con menos anhídrido
carbónico en nuestros cielos, pero la historia corre más deprisa que los
planes de los expertos en meteorología. Quizá más se logrará con una
oración sencilla a ese Dios que sabe lo que nos conviene antes de que se
lo pidamos. Quien reza por el clima piensa en los demás, y sabrá también
poner lo que esté de su parte para que las cosas no vayan a peor. La
última palabra la dirá el Señor de los cielos.
|