1. Cansada de ser algo
Cuando hubo algo más de confianza, un día le
pregunté: “¿Qué te hizo cambiar después de 22 años? ¿Por qué “lo
dejaste”?”. Todavía recuerdo su respuesta: “Estaba cansada de ser algo, y
quería ser alguien”.
Conocí a Victoria hace
ocho años, cuando trabajaba en un dispensario público de las Hijas de la
Caridad de la Madre Teresa, en la ciudad de Guadalajara, México. Victoria
había sido prostituta desde los catorce años. “Lo dejó” a los 36. Tenía 45
años, cuando la conocí, aunque parecía mucho mayor. Contrastaba en su
rostro la alegría de su sonrisa franca, con una tristeza serena que, a
ratos se reflejaba en sus ojos. Tuve ocasión de tratarla con frecuencia y
de conocer algo de su historia. Historia típica y triste: familia pobre,
padre alcohólico, madre enferma física y después mentalmente, ambiente
sórdido, una necesidad imperiosa, etc. Cuando hubo algo más de confianza,
un día le pregunté: “¿Qué te hizo cambiar después de 22 años? ¿Por qué “lo
dejaste”?”. Todavía recuerdo su respuesta: “Estaba cansada de ser algo,
y quería ser alguien”
Victoria no estudió ni la primaria
completa. Estoy segura de que, actualmente, no conoce nada de los
discursos de quienes proponen, en bien de las “sexoservidoras” (como ahora
se les llama), legalizar su “trabajo”, aduciendo razones de salud y
seguridad. No tiene idea del fracaso que ha sido en Holanda la
legalización de los burdeles. Después de cuatro años, de las 30,000 “sexoservidoras”,
solo 971 se han registrado en Hacienda, para poder tener los servicios de
la Seguridad Social. Y en Holanda las mafias han seguido haciendo negocio
con la trata de emigrantes provenientes de Europa del Este. Victoria
posiblemente no tiene ni idea de donde esté situada Holanda en un mapa. Lo
que ella sabe, lo aprendió en otra escuela, la de la calle.
Quienes hacen estas propuestas, merecería
la pena que se dieran una vuelta por algunos barrios, de todos tristemente
conocidos, y se dieran un tiempo para escuchar, si es que se atreven y
pueden hablar, a quienes, según ellos, “han elegido”, este oficio. Si
imaginariamente pudieran presentar sus razonamientos a alguien como
Victoria, quizás las respuestas, en un tono coloquial, hubieran sido
semejantes a estas:
- ¿Legalizar significa que el Estado te
ayuda a que sigas “con esto”? ¿Y por qué no te ayuda a salir, a tener un
trabajo “bonito” que te haga sentir bien?
- Victoria, es que hay quien lo elige
como forma de vivir, así cómo otros eligen otra profesión. Si se legaliza,
pueden tener los beneficios de los otros ciudadanos.
- ¿En serio? Pues fíjese usted, que yo no
conozco a muchos que les guste dedicarse a este oficio; y mire que de
esto, sé algo después de 22 años. Además ¿Si se legaliza habrá que pagar
impuestos?
- Pero estos impuestos ayudarían a
proteger su salud, porque les permitirán asistir a la Seguridad social
cuando lo necesiten, por ejemplo.
- Hombre, si una se vende, no es
precisamente para pagar al gobierno. Lo que faltaba. ¿Y no sé puede tener
Seguridad Social con otro trabajo? Aunque usted lo llame así, esto no es
trabajo, es necesidad. A veces no se tiene nada más para salir adelante.
Esto no se elige por gusto, se hace y no se piensa mucho. Si se piensa,
entonces… viene la tristeza o el enojo con la vida, con todos, con uno
mismo. Lo complica. Es mejor no pensar.
- Victoria, también sucede que cada vez
hay más prostitución; es mejor, legalizarlo para que evitar que se den
situaciones de explotación.
- ¿Y si se legaliza ya no hay
explotación? “Quien hace la ley, hace la trampa”. Me “late” que habrá
quien se aprovechará más, y encima arropado por la ley. Por mi
experiencia, le aseguro que nunca ha faltado clientela; lo que pasa, es
que si ahora hay más, es porque desde que son niños los estropean, con la
TV, las revistas y mucho de lo que les enseñan. Entonces son más como
animalillos. Cada vez vienen más jóvenes, y hasta los padres les animan.
Legalizarlo, como usted lo llama, no va a disminuir la clientela, sino que
lo aumentará. Pero ¿Quién gana con ello?
Podríamos seguir una conversación
imaginaria, pero posible, donde se evidencia la diferencia entre la teoría
y la realidad.
Victoria aprendió por experiencia que lo
que hace con su cuerpo, lo hace con su vida; que su cuerpo no es algo que
le pertenece, sino que su cuerpo es ella. El sexo no se practica, ni se
vende, ni se alquila porque el ser humano es alguien, no es algo. No se
puede usar el cuerpo humano, como mercancía. La sexualidad se vive desde
la intimidad de la persona, que busca manifestar al otro, en una entrega
total y libre, a través de su cuerpo, el amor. Fuera de este contexto,
nunca se puede justificar como legítima, una relación sexual.
Todos somos portadores de una dignidad
humana; de esa especial singularidad y grandeza que nos viene por la
capacidad de comprender y trasformar el mundo, de amar en la donación
libre a los demás y de elegir y determinar el futuro de acuerdo a las
propias decisiones. La sociedad ha de respetarla y ayudar a quien aún no
puede o no sabe hacerlo.
La demanda de sexo, no puede justificar
que se legalice la oferta, sino que es una invitación a que se eduque al
ser humano en su integridad, como ser inteligente, capaz de amar, más allá
de sus instintos. Las leyes que no ayudan a que el ser humano viva de
acuerdo a esta dignidad, son sólo tinta en un papel. Hoy se escriben y
mañana se tiran, porque no hay sociedad que perdure, si no promueve el
respeto a la dignidad de cada hombre y de cada mujer.
Victoria decía: “No
duele tanto el cuerpo, lo que duele hondo es lo de dentro, el alma. Una se
siente cosa, y con los días, llega luego una depresión, de esas que no se
quitan fácil”. Lo dejó porque “estaba cansada de ser algo y quería
ser alguien”. Ella tuvo la suerte de encontrar una mano amiga que
la trató como alguien y se comprometió a ayudarla.
La prostitución no se soluciona
condenando a quien la vive a seguir en esta “profesión”, sino ofreciendo
oportunidades reales para salir adelante; y eso nos toca un poco a todos.
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