4. El canto gregoriano
El canto gregoriano no es una música cualquiera: es
una música para rezar, vale decir, es una oración cantada. Quiero que lo
permanente, permanezca. Y para mí el canto gregoriano es permanente.
Lo he dicho en otras oportunidades y
vuelvo a repetirlo: no me gusta que el canto gregoriano haya ido
desapareciendo de su lugar, vale decir, de los coros de los conventos, de
las naves de las catedrales, de las iglesias más o menos pomposas. El
canto gregoriano no es una música cualquiera: es una música para rezar,
vale decir, es una oración cantada.
Es cierto que nunca se popularizó la
música gregoriana, quizá porque no era música para la masa, para la
feligresía en general. Yo diría que el canto gregoriano se acerca más a la
mística que al ritual. De ahí donde se cantaba e, inclusive, a las horas
que se cantaba, horas preferentemente nocturnas, o vespertinas, o
matutinas. Era el canto del silencio, cantado en el lugar del silencio.
Era una meditación que fluía en la melodía. Dice Emilio Meseguer Bellver,
director de la escolanía de la Basílica de la Virgen de Valencia, no
solamente que el canto gregoriano puede relajar tanto como el yoga, sino
que quien lo interpreta “debe sentirse espiritualmente cerca de Dios”. Es
imprescindible este requisito, lo sé.
La Iglesia ha ido descuidando no pocos
ritos, no pocos misterios, porque la música gregoriana es una oración
misteriosa, metida dentro del misterio, y así nos va. No es que yo
defienda que hay que retornar en todo a las andadas, ya que eso se llama
estancamiento, renuncia, casi deserción, pero sí quiero que lo permanente,
permanezca. Y para mí el canto gregoriano es permanente: Lo descubrí en
Montserrat, lo descubrí en el coro del Monasterio de Santo Tomás, en
Ávila, y en el de San Esteban, en Salamanca, por enumerar únicamente mis
tres coros predilectos. Y siento añoranza, lo confieso. Y, para no mentir,
guardo en mi poder el Gradual, aquel libro francamente grueso del que
salían los tetragramas.
Me han traído estos recuerdos las
palabras del director de la escolanía de la basílica de la Virgen de
Valencia: el canto gregoriano nos transporta “por la belleza de su
melodía, la maestría de su entramado, el diálogo de los coros y la
expresividad de su texto, por lo que se consigue plasmar la belleza
musical y prender el alma del oyente de la trascendencia de lo divino. El
hombre queda transformado en lo más hondo de su misticismo. Se logra una
contextura de simplicidad y belleza difícil de superar entre la música y
el canto gregoriano. Además, es beneficioso para la salud física,
emocional y espiritual”.
Absolutamente convencido. Y para quien lo
dude va mi apuesta: acérquense a cualquier abadía o monasterio o convento
donde todavía fluya esa oración musical gregoriana, si es que alguno
queda, y me darán la razón. Hay cosas que van desapareciendo que jamás
deberían desaparecer.
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