3. Promesas y compromisos
Mikel Agirregabiria Agirre
Churchill señaló: “De nada vale decir ‘Estamos
haciendo todo lo posible’; hay que triunfar haciendo todo lo necesario”.
Dicen que la Política es el arte de
intentar llegar al poder, mientras que Gobernar es el arte de resolver los
problemas de una nación. Ambos verbos, gobernar y hacer política, suelen
coincidir, pero no siempre. Todos sabemos la distancia que media entre las
promesas electorales y los resultados de una gestión de gobierno. ¿Por qué
existe tal abismo entre lo prometido por los partidos políticos y cómo
actúan cuando toman el poder? ¿Cómo podremos saber si van a preocuparse
realmente de nuestros intereses?
El primer paso sería desechar y
desaprobar toda exageración política de los resultados esperables. De nada
vale alimentar nuestras esperanzas mediante promesas irrealizables, para
que luego se desvanezcan y ahondar así nuestra frustración. Está de sobra
el exagerado optimismo de algunos políticos que, pensando que somos
incautos, nos prometen “pleno empleo”, “viviendas para todos”, “erradicar
la pobreza”, “eliminar la violencia” o “descontaminar el medio ambiente”.
Además, frecuentemente desde la oposición y a la espera de alcanzar el
poder, hablan solemnemente de mantener nuestro bienestar económico, llevar
a la práctica nuevos programas sociales y, además, con presupuestos
equilibrados, sin déficit ni aumento de la presión fiscal.
La ciudadanía en ocasiones se siente
fascinada por cantos de sirena, lo que anima a alguna clase política a
seguir entonando himnos triunfales. Todo cambiaría si fuésemos más los que
respondiéramos a esta música celestial con bostezos y diciendo: “Muy bien,
pero dennos plazos para la realización por fases de todo ello”. A los
políticos de las promesas, debería juzgárseles por los resultados
alcanzados y el grado de cumplimiento de objetivos concretados.
Un ardid habitual
recurre a las palabras en lugar de los hechos. Los políticos han aprendido
el arte del “pseudo-acto”, la promesa en formato de leyes. Aprueban leyes
para satisfacer la opinión pública, pero después se vulneran de forma
interminable. Los programas se formulan, para luego aprobarlos sin
financiación adecuada, sin competencia legislativa o, incluso, con
soterrado ánimo de incumplimiento parcial. Por tanto, debemos aprender a
fijarnos en los resultados de resolución de los problemas sociales
existentes.
Rechacemos la maraña de promesas
electorales que no venga acompañada de plazos temporales y de la palabra
del político de responder con el abandono de su cargo en caso de
incumplimiento en el tiempo previsto. Ello aseguraría que resultase menos
tentadora la técnica de la promisión a los aspirantes a cargos públicos.
Los ciudadanos podríamos diferenciar cada vez mejor a los partidos según
lo que realmente consiguen en la administración pública. No es que los
partidos políticos sean mentirosos, sino que sólo enfrentándose con la
fuerte presión de un electorado vigilante estudian, elaboran, verifican y
replantean continuamente los programas dirigidos a solucionar nuestras
necesidades más profundas mediante proyectos factibles con los recursos
disponibles.
Mejor que acudir a los
actos electorales de campaña de promesas, cursemos una visita a un centro
público de educación y a un hospital público. ¿Sería mejor la educación
con otros gobernantes? ¿La sanidad mejora la atención y recorta los plazos
de espera? Facta, non verba (Hechos, no palabras). Racionalicemos
nuestro aplauso -y nuestro voto- con esmero. Los mejores partidos son los
que representan algo más que una simple maquinaria electoral; son aquellos
que presentan soluciones verosímiles y practicables para solventar
gradualmente los desequilibrios y las injusticias sociales.
Fomentemos la máxima participación de la
ciudadanía en los asuntos públicos, y en la vida interna de los partidos
para quienes deseen una intervención directa, aunque sea modesta. Para el
bienestar de un Pueblo es mucho más eficaz la fiscalización ciudadana que
la crítica indiscriminada contra todo lo político. No es complicado
ejercer esa labor de inspección. La calidad de un partido o un gobierno se
tasa por su preocupación en temas escolares u hospitalarios, o por su
búsqueda de la paz como cuestión final del examen político; la medida de
una Nación o de una Sociedad se evalúa estimando cómo cuida y protege a
los más desvalidos. Así de fácil.
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