5. Sin dan, din, don, no hay kirieleisón
Víctor Corcoba Herrero
El repique de inestabilidades, a causa de los
desequilibrios de don dinero, fomenta batallas y fermenta odios; puesto
que una paz duradera no es el resultado de un equilibrio de fuerzas, sino
de un equilibrio de derechos que hemos de cuidar. Persisten todavía
comportamientos deplorables en el ámbito moral, como puede ser la búsqueda
del dinero a cualquier precio...
Permítame el lector este juego
onomatopéyico, tomado del sabio refranero como asiduo deportista de su
lenguaje, de que sin dan, din, don, no hay kirieleisón, y en cotejo con la
práctica usual de las honras fúnebres (noviembre me incita a este
pensamiento), puesto que en la vida diaria muy pocas cosas se consiguen
sin dinero o ascendiente social. Quizás sea la muerte, la única que no se
casa con don dinero, pues ésta igual se lleva a ricos que a pobres. Es la
igualdad más igual, frente al salvaje poder económico que padecemos, al
que nos vendemos o nos venden. El citado poder de poderes, tiene para
desgracia del propio ser humano, todas las libertades de compra y venta.
Hace malo lo bueno, corrompe las sanas costumbres, cohecha la justicia,
hecha por tierra la dignidad de la persona, rechaza toda trascendencia,
porque su visión es exclusivamente terrenal. Tanto tienes, tanto vales.
Tanto cuentas, tanto te cuento. En resumen, el caudal de bienes es lo
único que da posición. Como siempre y más ahora.
Todavía sigue en vigencia aquello de que
dinero llama dinero, por la ausencia de un sentido humano social más
participativo. Cada día se comparten menos las dichas (cada cual va a los
suyo) y tampoco las desdichas suelen tener consuelo, por parte de aquellos
que pueden aliviar penas. Andamos con el paso cambiado. Pedimos una muerte
digna antes que una vida digna, sembramos crispación antes que sosiego, y
en el cultivo nos adueñamos de rosas que tampoco nos pertenecen. En cosas
de honra hoy en día, no se ahonda. Hoy por ti y mañana por mí. Lo único
vital es apegarse y replegarse al dinero, como si estuviese dotado de una
fuerza invencible, cuando entre salud y dinero, -apunta el refranero-,
salud quiero. Pues nada, todo lo contrario, nos pierde y nos refuerza
egoístamente el ánimo. ¡Cuántas zancadillas por unos miserables Euros!
Aún la riqueza y el
poder están sumamente concentrados en capas reducidas, con privilegios a
raudales y dispensas inconcebibles. Ahí está la voz de alarma del
presidente de la Organización Profesional de Inspectores de Hacienda del
Estado, José María Peláez, advirtiéndonos que una cuarta parte de la
economía española es insolidaria, sobre todo los más pudientes como
pudieran ser algunas sociedades, puesto que no pagan correctamente sus
impuestos. Al parecer, existe una gran naturalidad, agraviada con cierta
dosis de chulería, a la hora de defraudar, porque es algo que está muy
generalizado. Ya se sabe: a río revuelto, ganancia de pescadores.
Mal ejemplo se da con este tipo de parabienes. Más pronto que tarde, nos
llevan a situaciones conflictivas. Los descaros siempre pasan factura.
Debiéramos potenciar, en vista de lo visto, esa preciosa cualidad a la que
no en vano Voltaire llamó “tesoro del hombre prudente” y que no es otra,
en todo, que la de tener “un ten con ten”.
El repique de inestabilidades, a causa de
los desequilibrios de don dinero, fomenta batallas y fermenta odios;
puesto que una paz duradera no es el resultado de un equilibrio de
fuerzas, sino de un equilibrio de derechos que hemos de cuidar. ¿Cuántas
veces hemos oído que el derecho, a juzgar por sentencias dispares, no se
aplica por igual a todos? Esto habría que atajarlo de raíz. Está en juego
la seguridad jurídica, la paz misma, que no es tanto el fruto de la
victoria del adinerado sobre el pobre, sino más bien el fruto de la
victoria de la justicia sobre inmunidades injustas. Persisten todavía
comportamientos deplorables en el ámbito moral, poco demócratas, como
puede ser la búsqueda del dinero a cualquier precio, el poder y la imagen
pública como servicio para sí, dejando a un lado el sentido del servicio a
la comunidad, especialmente hacia los que menos tienen. No olvidemos la
corrupción considerable que se presenta bajo muy distintas formas, más
veces de las debidas, en los distintos ámbitos territoriales españoles,
donde aún viven chavales en chabolas, y contra la cual hemos de luchar con
tesón y eficacia, si queremos que el desarrollo económico llegue a todos,
sin excepción alguna.
Sería bueno considerar el ascendiente
social más por la ética que por la riqueza, por el hecho de ser persona,
más que por el estar jerárquicamente. Nos separan demasiados lenguajes sin
sentido, dones y excelencias inmerecidas. Este desafío incluye una mejor
comprensión de las semánticas que nos distancian. La ONU apuesta por el
Deporte y el Ejercicio Físico, asegurando que los atletas son los mejores
mensajeros para promover la educación, la salud, el desarrollo y la paz.
“Lo mejor del deporte es que reúne a las personas sin importar sus
orígenes, creencias religiosas y nivel económico. Cuando los jóvenes
participan en el deporte o tienen una educación física, pueden
experimentar la euforia del trabajo en equipo y la tolerancia”, dijo Kofi
Annan. Pienso que España debe apostar, también, por esa misma línea de
afianzar en el deporte (como recreo más que como negocio), en el arte
(como estética más que como ganancia) y en sus propias raíces culturales
(como identidad más que como discordancia), a fin de que las nuevas
generaciones puedan experimentar el buen hacer del trabajo en equipo y la
tolerancia del buen decir en verdad, sin la falsa moneda como cambio.
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