2. Sacrilegio
Sebastián Sánchez
La cristofobia y la mariofobia adquieren hoy rasgos
alarmantes, hasta el punto en que parecen convertirse en política de
Estado. ¿Dónde están los que blasonan de defensores del pueblo? Ante el
ataque sacrílego a la Iglesia es hora de que nosotros, los católicos
fieles al Papa, demostremos que la ofensa a lo Sagrado nos importa.
El 8 de octubre pasado, en el programa de
televisión "Gasalla en pantalla" el cómico homónimo realizó una gravísima
afrenta a Nuestra Señora, la Virgen María. No vale la pena recalcar en qué
consistió el agravio, sólo cabe mencionar que la materia prima que se
utilizó fue materia fecal con lo cual el sacrilegio llegó a niveles
insospechados.
No puede sorprendernos
el ataque del pervertido de marras en una época en la que la ofensa
sacrílega es una costumbre en quienes manejan los medios de comunicación y
de cultura en general. Bien sabemos que por todos lados se encuentran
esbirros bien dispuestos al ejercicio de "pegarle al católico", práctica
ésta políticamente correcta y siempre bien remunerada. De hecho, ya
estamos tristemente acostumbrados a la inquina contra la Iglesia
manifestada en forma de agravio, blasfemia, calumnia o simple mendacidad.
Porque la cristofobia y la mariofobia adquieren hoy rasgos
alarmantes, hasta el punto en que parecen convertirse en política de
Estado.
Por ello, y más allá
de este acto despreciable, vale preguntarse: ¿dónde están los que blasonan
de defensores del pueblo? ¿Dónde los periodistas siempre dispuestos a
denunciar a los corrompidos? ¿Dónde los fiscales y jueces
independientes? ¿Dónde los organismos de derechos humanos? ¿Es que
acaso no se han enterado? ¿O esto no les parece materia de ofensa para la
mayoría del pueblo argentino?
Del mismo
modo, y con mayor preocupación, cabe preguntarse por los del silencio
cómplice, aquellos que solucionan todo dialogando y miran para otro
lado mientras el pueblo fiel ve como se mancillan los símbolos y signos de
la fe. Ante el ataque sacrílego a la Iglesia, éstos prefieren
contemporizar, propiciando más diálogo en un irenismo (la paz a
toda costa) redondamente anticristiano. A ellos se dirige la admonición de
San Pablo: "Y si la trompeta emite un sonido confuso, ¿quién se lanzará al
combate? (1° Cor. 14,8).
Mientras se llenan la boca con confusos
mensajes sobre los excluidos sociales, el Enemigo avanza sobre la Iglesia
de Cristo, procurando apropiarse de todas las almas que quedan excluidas
del cuidado pastoral. Por eso, al pueblo argentino no le hacen falta
dialoguistas contemporizadores con el Enemigo. Le hacen falta capitanes,
no tibios gerentes eclesiásticos. Necesita soldados, no curas piqueteriles.
Requiere santos y héroes, no militantes sociales. Es necesario obedecer a
Juan Pablo II que nos reclama "vigilar como vigila el soldado, para que no
se pierda nada de lo que es cristiano en esta tierra".
Pero si la reacción no viene de quienes
por jerarquía deben tenerla, es hora de que nosotros, los católicos fieles
al Papa, demostremos que la ofensa a lo Sagrado nos importa más que los
vaivenes de la partidocracia o las falaces fluctuaciones de la política
económica. Santificar el mundo es nuestra vocación, restaurar a Cristo en
todas las cosas, nuestra bandera. De una vez por todas, armémonos de
cristiano valor y combatamos el Buen Combate.
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