4. Monseñor Peñalosa
Jaime Septién
Recordando a monseñor Joaquín Antonio Peñalosa,
periodista y escritor mexicano.
Por estas fechas, desde su muerte hace
cinco años, me suelo acordar de monseñor Joaquín Antonio Peñalosa.
Llegando el frío de la última etapa de otoño, solía mandarme un sobre
personal, siempre bajo la leyenda de «señor director», en la que me
incluía un par de colaboraciones que, invariablemente, publicaba en la
primera plana de El Observador.
Eran colaboraciones maravillosas.
Sencillas y profundas, como todo lo que escribió monseñor Peñalosa (a
quien mi amigo, el padre Darío Pedroza, llamaba, familiarmente, «monse»).
Como tantas cuestiones buenas de mi trabajo como periodista católico, fue
el hoy arzobispo emérito de San Luis Potosí, don Arturo Szymanski Ramírez,
quien me lo presentó. Ya he contado en otra ocasión que monseñor Peñalosa
en una junta de julio de 1995 me auguró, lo más, cinco números del
periódico. Lo hizo de buena fe. Gracias a Dios (y a los lectores) se
equivocó.
Hace poco volví a toparme con el padre
Peñalosa. Ahora la culpa la tuvo nuestro colaborador Juan Jesús Priego,
sacerdote potosino, nacido en Tamazunchale, y (nadie me lo va a quitar de
la cabeza) sucesor en artes y letras (no sé si escriba poesía, seguramente
lo hará) de «monse» Peñalosa. Priego me ha mandado un par de textos de
historia que preparó Peñalosa a cual más de interesantes: el primero, un
estudio sobre «los alrededores» de sor Juan Inés de la Cruz que echa por
la borda todas las especulaciones de que nuestra máxima poetisa entró al
convento o huyendo de un amor mal correspondido o a regañadientes, «para
que la dejaran estar sola con sus libros». Nada de eso: al publicar (por
vez primera) la regla, las costumbres, los votos que hacían las monjas
jerónimas en el siglo 17, a nadie (en sus cabales) le cabría la idea de
que esa disciplina era «más soportable» que las delicias del mundo y de la
Corte. Por Dios...
El segundo es una investigación histórica
espléndida sobre las prácticas religiosas en el México del siglo 16, es
decir, el siglo de la conquista militar y de la conquista espiritual de la
nación. Ambos van a ser editados en una empresa que, si Dios quiere,
iniciará su andadura dentro de dos semanas, cuando El Observador y el
Instituto Emmanuel Mounier firmen, en Madrid, el convenio de edición del
fondo que se llamará Dos Mundos (el de Europa y el de América, unidos por
la fe cristiana).
No podía, de otra manera, rendirle un
homenaje a Peñalosa sino rescatando libros suyos que fueron editados y
olvidados hace tiempo. Es imposible no querer perpetuar la memoria de
alguien que escribió:
«Yo, de profesión poeta, / en el uso de
mis facultades líricas / y bajo el impulso divino de la inspiración, /
dejo a mis lectores las poesías que compuse / inéditas todas, /
refulgentes las rimas de eco y las metáforas, / violetas, golondrinas,
suspiros, arroyuelos / y una que otra amada inmóvil, / dejo mis deudas a
mis queridos deudos, / que la poesía tiene también su prosa».
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