4. Paciencia y barajar
Víctor Corcoba Herrero
Una casta de cretinos, porque se creen dioses, se
ha puesto a legislar contra natura, como si fuesen los dueños de nuestro
andar. También hoy, bajo la sombra demócrata, se esconden tipos
autoritarios, tan mezquinos como los dictadores, que se cierran a escuchar
propuestas que no sean las dictadas por su propio clan, con
discriminaciones aberrantes y partidismos inconcebibles...
Hay un dicho que aparece tanto en el
Quijote como en el Guzmán de Alfarache, que nos recomienda sobrellevar los
pesares con serenidad, pero sin mengua de coraje. Reconozco la dificultad
de abrir hoy las rejas del mundo, cuando éste es la mayor prisión, pero
nada es irrealizable. Quizás tendríamos que responder con la huida del
verso, ante la necia y persistente guinchada de dictatoriales, que nos
someten al imperio oscuro de la destrucción, para goce de sus maniáticas
noches y alborozo de amaneceres. Envejecer con el alma herida, empapada de
traiciones y abandonos, comienza a ser una ardua tarea para la ciencia,
incapaz de dar vida cuando el corazón está muerto. Es el efecto de un
mundo helado, donde nadie conoce a nadie y todo se resquebraja, el
comienzo de un naufragio que hemos de contener.
Una casta de cretinos, porque se creen
dioses, se ha puesto a legislar contra natura, como si fuesen los dueños
de nuestro andar. A su aire, como leones en circo, bailan los asalariados
de la política que reniegan (y niegan) las raíces de sus pueblos, para
imponer el pensamiento único a cualquier precio. Para ellos, somos un
objeto más, sin libertad para ser uno mismo como quiera serlo, siempre que
no perjudique a los demás. La orquesta suele tocar a los caprichos del
poderoso de turno, fruto del egoísmo endiosado y de la ausente búsqueda de
libertades, por lo que va siendo necesario enderezar las palabras torcidas
con respuestas derechas. Esta euforia de ventas y compras, que alcanza
todas las cimas de los buenos modales, hay que ponerle freno, si no
queremos caer en el caos abismal con el que algunos prepotentes, desde su
pedestal de señores, se obstinan en robarnos como si la vida nuestra fuese
de ellos, volviéndonos adictos a su farsante forma de vivir, siempre en
continua dependencia de máquinas y de sumisión al falso goce de cuerpos
sin alma.
Más que nunca hace falta alzar la palabra
y pedir la voz de los sin voz. Que ellos digan y que los poderosos
escuchen, por una vez, a los que han desterrado al silencio. Sin el
intercambio de verbos, entre la diversidad de corazones vivos, es
imposible conjugar el amor en todos los tiempos y para todas las edades.
Se precisan, pues, lenguajes independientes, con urgencia, capaces de
desautorizar autoridades corruptas. La historia nos dice que lo primero
que hace un gobierno dictatorial es exiliar, recluir o matar a los
cultivadores de la verdad, porque sabe algo que nosotros olvidamos con
frecuencia, y es que la palabra, cuando es auténtica, siempre acaba
espigando. También hoy, bajo la sombra demócrata, se esconden tipos
autoritarios, tan mezquinos como los dictadores, que se cierran a escuchar
propuestas que no sean las dictadas por su propio clan, con
discriminaciones aberrantes y partidismos inconcebibles, ahuyentando otras
sensibilidades científicas, artísticas o de pensamiento.
Olvidamos que la cultura hispánica tiene
un patrimonio maravilloso que ha de hacerse valer en el mundo, una
lingüística que es poesía viva y trascendencia pura. Su belleza invita al
diálogo compartido, pero hace falta conciencia y creencia en lo nuestro,
menos guerras de lenguas en casa y más citarse con los clásicos que
duermen en los museos y bibliotecas. Desarraigarse de la historia como
algún gobierno proyecta, anteponiendo sus intereses y el de los
privilegiados, por encima del bien de la generalidad, conlleva pérdidas
irreparables para la convivencia, como es la justicia y la libertad. Si
los hechos nos dicen que algunos católicos les puede más la identidad
partidista e ideológica que la identidad eclesial y cristiana, no menos
verdad es la hipoteca que han de pagar algunos intelectuales que han de
servir al poder, para saldar la deuda contraída, antes que a la verdad.
Con este clima de contrariedades gestadas, inyectadas o pactadas, sólo una
efectiva y transparente concordia cultural, en el que nadie quede
excluido, puede reanimarnos y animarnos el verso que vive en la vida y que
no vemos, porque nos lo han sustraído de la mirada, los dueños de la nada.
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