4. Discriminaciones
prenatales
Fernando Pascual
Mientras en numerosas naciones se trabaja intensamente
por superar discriminaciones de tipo cultural, racial, socioeconómico,
etc., el útero de la madre se ha convertido en una especie de “paraíso
discriminatorio”, en un lugar peligroso.
Se trata de una situación extraña y compleja.
Continuamente se aplican nuevas normas para insertar a los discapacitados
en la vida ordinaria. Se pide que los edificios tengan rampas para las
sillas de rueda, que los colegios acojan a niños minusválidos y los traten
con normalidad, que haya cuotas de alumnos provenientes de clases sociales
más desfavorecidas en las universidades, que se supriman barreras raciales
que marginen a grupos humanos.
Mientras, toda una industria de la discriminación
permite y, a veces, exige el realizar diagnósticos prenatales que buscan,
fundamentalmente, descubrir deformaciones o enfermedades en los embriones
y fetos. Si un ser humano no nacido tiene algún tipo de discapacidad, su
eliminación está permitida. No faltan los casos en los que se presiona
explícitamente a las mujeres para que lo aborten.
Todo ello no es sino el resultado de una mentalidad
discriminatoria, quizá de la máxima expresión de la misma. En estos casos
no se aísla o margina a quien sufre alguna enfermedad o no goza de ciertas
cualidades deseadas por los padres, sino que simplemente se suprime su
vida, a veces con dinero estatal.
Algunos países no dudan en promover leyes para
eliminar, por ejemplo, embriones y fetos que morirían poco tiempo después
de nacer (no faltará quienes alarguen este criterio a algunos meses o
años), como si esto fuese un bien para la sociedad. Según este criterio,
sólo sería protegido en el seno materno el hijo que tuviese buena salud.
Los demás son discriminados, condenados a un aborto mal llamado
“terapéutico”.
En este contexto se coloca una observación importante:
algunos diagnósticos prenatales conllevan un cierto porcentaje de error.
Esto significa que el test declara sano un embrión o feto que sería
enfermo, lo cual sería permitir el nacimiento de un individuo no deseado.
Otras veces, por error, se declararía enfermo a un embrión o feto sano, y
así sería abortado quien podría haber nacido con aquellas cualidades que
la sociedad exige para “otorgar” el derecho a nacer.
Esta observación, sin embargo, es marginal. El centro
de la cuestión no está en que “estamos eliminando fetos sanos” o “se nos
están escapando fetos enfermos”. La pregunta que no podemos rehuir es
esta: este individuo humano, este hijo, ¿vale menos porque no reúne las
condiciones de perfección que imponen algunos adultos?
Los defensores de los derechos humanos tienen un campo
de trabajo enorme para superar esta situación de injusticia. Ninguna
nación progresista puede permitir la discriminación de seres humanos que
sufran alguna discapacidad. Ni fuera ni dentro del útero materno. Los
médicos, a su vez, llamados a ser promotores de la salud, no pueden
dedicarse sólo a curar a los adultos minusválidos y enfermos y permitir,
al mismo tiempo, la muerte de embriones y fetos “inferiores”. Cualquier
discriminación, en ese sentido, demuestra la degradación ética de un
pueblo que mide el valor de los individuos humanos según cualidades
externas socialmente reconocidas: quienes no alcanzan un mínimo de
perfección estarían condenados, si están todavía en el útero de sus
madres, a su eliminación.
Superar la mentalidad eugenésica exigirá un trabajo
serio, profundo, por defender la dignidad de cada ser humano. Nadie puede
ser eliminado por no ser perfecto, por estar enfermo, o porque va a morir
más temprano o más tarde.
La vida es un tesoro frágil que exige respeto y apoyo.
Sólo desde ese respeto tendremos una medicina digna de un mundo más justo
y más abierto a los débiles, a los marginados, a los enfermos, a todos los
hombres y mujeres sin distinciones o prejuicios discriminatorios.
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